La Catalepsia y Rufina Cambaceres por Mabel Crego

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Rufina Cambaceres - Cementerio de la Recoleta - Buenos AiresTodos los barrios tienen historias fascinantes y encantadoras pero algunas han quedado más impregnadas en la historia oral de los vecinos.

Son variadas las versiones que, de generación en generación fueron transmitiendo los vecinos del barrio sobre la historia o leyenda, de la trágica muerte de esta jovencita de Barracas.
 
En una distinguida y hermosa casona de Barracas, frente a lo que hoy es la Casa Cuna, vivía la familia Cambaceres.

Eugenio Cambaceres heredero de una regular fortuna, fue abogado, graduado en la facultad de derecho, elegido diputado por la legislatura porteña en 1871, donde presenta un proyecto de separación de Iglesia y Estado, que produce un gran escándalo en la sociedad de la época.

En 1876 se dedica a escribir, logrando poner ante los ojos de todos, la hipocresía de la santurrona alta sociedad  porteña de fines de siglo XIX con sus urticantes obras.

La irrupción de la teoría naturista en Argentina se da conjuntamente con la llamada “generación del 80”. Entre otros, Lucio V. Masilla, Florencio Sánchez pero Eugenio Cambaceres fue su representante máximo, incluso se ha considerado por la critica como el iniciador de este proceso a partir de su obra Pot-Pourri hasta llegar a su ultima novela “En la sangre”.

En uno de sus viajes a Europa conoce a Luisa Baccichi, una bailadora italiana con la cual se casa y regresa a Buenos Aires.

El 31 de mayo de 1883 como único fruto de este matrimonio nace Rufina, nombre en honor a su abuela paterna, una niña preciosa muy introvertida y tímida, que sufre la reprobación de la moralista sociedad porteña igual que su madre.

Rufina fue creciendo solitaria y delicada de salud, cuando cumplió los cuatro años, muere su padre en uno de sus viajes a Paris, victima de tuberculosis, esto provoca en la niña más aislamiento e introversión.

Luisa y ella quedaron solas en el palacete de Av. Montes de Oca y recibieron como  herencia  las tierras bonaerenses de la estancia “El Quemado”, que pertenecían a su abuelo paterno.
Un par de años después  de la muerte de su padre, Luisa, apodada “La bachicha” por la moralista sociedad porteña pasó a convertirse en “la querida” del que en un futuro sería presidente de la Nación, Hipólito Yrigoyen.

Unos años más tarde, nace Luis Hernán hijo de Yrigoyen y Luisa, que a su mayoría de edad solicitó autorización para el cambio de la “Y” por la “i” en su apellido anteponiéndolo al de su madre, lo que fue aceptado por la justicia, aunque no era nada común en la época.

Este medio hermano de Rufina  creció junto a ella a pesar que ella no tenía claro como era su parentesco, como era la costumbre en la sociedad de fines de siglo, se preservaba a las jovencitas de “ciertos temas” .

Un libro reciente “La Escondida”  la bautizó así, porque Luisa Baccichi estuvo en silencio junto a Yrigoyen desde la primera presidencia sin tomar estado público oficial.

Para entonces Rufina había cumplido catorce años, dicen que era muy bonita, de dulces y distinguidos modales y gran cantidad de mozos rondaban la hermosa residencia de Barracas, sin obtener respuesta de la enigmática damita, pues ella  sabía quien era el dueño de su corazón y lo amaba con ese silencio que la caracterizaba.

El día 31 de mayo de 1902 Rufina cumplía 19 años, la casona de la calle Montes de Oca se llenó de luces y manjares para festejar el cumpleaños de la jovencita más bonita de la época.

Su madre realizó una gran celebración, para terminar luego la noche en el Teatro para escuchar música lírica, que era uno de los placeres de Rufina.

Una amiga íntima le confiesa un secreto guardado hace tiempo, pero que no se atrevía a develar por la delicada salud de Rufina.

El destino movió los hilos a su antojo, desencadenando los hechos  que siguen.

La amiga, que no sabemos su identidad, decide romper el silencio y contarle la verdad a Rufina, su novio en secreto ¡era el amante de su madre!

El impacto que produjo esta confidencia ocasionó en la niña tan profundo dolor,  que su corazón literalmente se destrozó y le provocó la muerte en el acto, su amiga y la mucama que la estaba vistiendo  para la gala del teatro, trataron de reanimarla pero no lo lograron. Los gritos  acercaron a su madre a la alcoba, quien encontró a Rufina tendida al borde de la cama inmóvil, pálida y rígida… ¡muerta!.

Uno de los médicos presentes en la celebración diagnosticó, síncope.

Más tarde tres médicos diagnosticaron y certificaron su muerte.

El presidente Hipólito Yrigoyen se cuidó de acompañar a Luisa e inhumar los restos de su hija (en la cripta de su tío Antonio Cambaceres, estanciero de gran fortuna y director del Banco provincia de Buenos Aires y del ferrocarril) en la Recoleta, donde también estaban los restos de su padre.

Sin embargo esta terrible historia no había acabado, el espanto recién comenzaba.

Unos días después del sepelio, el cuidador de la bóveda de los Cambaceres avisó a la madre un macabro hallazgo, el féretro de Rufina derribado  y con la tapa quebrada.

Con horror, los presentes pudieron ver los arañazos que la pobre niña presa del pánico había marcado sobre su rostro y las paredes del cajón de madera, las manos amoratadas por los golpes que Rufina al despertar en su propia tumba le diera a su ataúd, y luego morir por segunda vez de asfixia y desesperación.

La versión oficial de la familia manifestó que la tumba había sido saqueada porque la joven fue sepultada con todas sus joyas, pero Luisa vivió el resto de su vida con el remordimiento y certidumbre que su hija había padecido un ataque de catalepsia y  ¡fue sepultada viva!.

La catalepsia es un estado catatónico, donde la respiración muy débil, pulso y latidos casi imperceptibles, rigidez y palidez se confunden con la muerte. Puede durar desde unas horas a semanas, es una consecuencia de la esquizofrenia, epilepsia, narcolepsia y puede ser provocada por consumo de cocaína.

La catalepsia era confundida por la muerte en el pasado, pero las legislaciones vigentes hoy en todos los países exigen, un periodo de tiempo prudencial para asegurarse que el sujeto este realmente muerto.
 
Su madre mando construir, vecina a la bóveda familiar, un nuevo sepulcro para su hija, un importante monumento art-Noveau con estilización de líneas curvas y gran profusión de tallos, hojas y flores, obra del alemán Richard Aigner, representando a Rufina de  pié frente a la puerta tomando el pomo como para abrirla y salir.

Esta representación artística sumada a las circunstancias de su sorpresiva muerte, dieron lugar a que se tejieran diferentes leyendas en la critica sociedad porteña de la época.

Hay otras versiones que dicen que el cadáver fue revisado gracias a la insistencia de su abuela europea, que al enterarse de la muerte de su nieta, cruzó el océano y desconfiada exigió ver con sus propios ojos el cuerpo de la niña.

Dicen también que su madre, que mantenía relaciones con el novio de Rufina, la sedaba, cada vez que  se encontraba con el muchacho, pero la noche de la tragedia se excedió en la dosis del calmante.

Otra versión dice que Rufina logro salir del ataúd y al encontrarse en plena noche vagando por el cementerio un infarto le arrebató la vida.
 
Sea cual sea la verdad, la doble muerte de Rufina Cambaceres fue considerada verídica por muchos habitantes de Barracas, y aún hoy es repetida por los guías del cementerio de la Recoleta.

Es simplemente una de esas historias tan trágica de amores y censuras que marcaron una sociedad y una época, que en definitiva no importan si son ciertas o no, nadie duda que merecen serlo. ¿verdad?

Mabel Alicia Crego  email

Fuentes:

  • HISTORIA DE LA CALLE LARGA   de Enrique Puccia
  • ARCHIVO DE ESTUDIOS HISTORICOS DE BARRACAS FUNDACION FRAGA
  • MILA DOLEG-RACK
  • WIKIPEDIA.org /Catalepsy
  • HISTORIAS DE LA RECOLETA  Cuadernillo de Buenos Aires nos cuenta 

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