Carlos Macagno: Estoy tratando de escribir una pequeña Historia del barrio

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Un Abrazo a todos y en especial a QUIQUE Vitale, que vivió en Catamarca al 1200. Yo viví entre 1936 y 1962 en Catamarca 1351, donde mi padre tenía su consultorio médico. En 1962 me mudé a San Juan 2838, donde sigo viviendo. Casi 75 años en la misma manzana! Encontré esta página buscando en Internet información porque estoy tratando de escribir una pequeña Historia del barrio, del lapso 1970 -2010. Demasiadas cosas vivió el barrio desde esa fecha, que cambiaron su fisonomía. La autopista, casi lo destruyó, partiéndolo al medio. En 2006, publiqué un libro de poemas y relatos cortos sobre San Cristóbal titulado » Sueños y Realidades » desde  San Cristóbal, en uno de cuyos capítulos hago una descripción de la cuadra de Catamarca, al 1300, que la viví como pibe, adolescente, joven y adulto. Les incluyo el relató porque sé que a algunos de Uds. les traerá desde el fondo de su memoria dulces recuerdos de esos tiempos y de esos amigos y personajes.

Escríbanme, y relaten sus recuerdos. Si llego a concretar mi proyecto, les envío el libro. Solo soy un escritor aficionado, que habiendo transcurrido toda mi vida en este barrio, lo quiero, no lo cambio por ninguno, y las vivencias acumuladas en un largo lapso, me motivan a escribir.

Quique; Nosotros junto con El Pelado Pordelanne, Félix (un atorrante simpático) mi hermano Jorge y otros, también vivimos los apuros que provocaba la aparición del autito para secuestrar la pelota que no siempre era de goma, sino de papel comprimido en una media vieja de las madres, empapada en el agua del cordón, con la cual arruinabamos los frentes de los domicilios de la cuadra). Secuestro inocente, comparado con los que nos tocó años después

Carlos Macagno
San Juan 2838.
[email protected]

A la Autopista

Puñal definitivo de cemento,
sin piedad clavado en este barrio
acunado por risas y lamentos
de tangos y sueños proletarios.
¡Maldita mil veces, autopista!
Absurdo mamotreto del progreso,
borraste prepotente de mi vista
un cálido mundo al que regreso
cada noche, en mis sueños sin consuelo.
Y no sé si es lo que anhelo,
revivir de mi madre dulces besos,
 ver correr nuevamente por tu suelo,
sintiendo por su vista el embeleso
 alegres niñas, al viento el pelo.
¿Dónde están, autopista, los árboles de mi calle,
con sus flores perfumadas y gorriones?
¿Dónde es posible que halle
mis veredas con arrullos de malvones,
mil veces entre afectos transitadas,
 para siempre con furor sacrificadas?
¡Cuánto dolor por tu presencia!
¡Cuánta tristeza por tanta ausencia!
El mágico mundo de mi infancia,
el cálido entorno de familia,
del primer amor, suave fragancia,
el solidario gesto del vecino,
compartiendo  crueldades del destino,
todo eso albergaron las casitas,
pletóricas de vida, y también de muerte,
destruidas  para que la  máquina inerte
 transite, ignorando tanto afanes como cuitas.
¡Maldita, mil veces, autopista!

Babel y Five O’ Clock Tea

Nos mudamos en 1936, a la casa de Catamarca 1351, donde mi padre instaló su consultorio. Estaba ubicada en el mismo predio que hoy ocupa la comisaría 20, en esa cuadra tan particular donde Catamarca cae en picada hacia el valle del Riachuelo.
Era una casa recién construida, de dos plantas. Ocupamos la planta baja y en el primer piso se instalaron dos matrimonios de judíos polacos que huían de una Europa convulsionada por la Segunda Guerra Mundial y las persecuciones raciales. Tenían conversaciones y discusiones estentóreas, en  idish, polaco y alemán, que despertaban nuestra curiosidad infantil.
En la esquina de Catamarca y Cochabamba, donde hoy hay un bazar, se encontraba un garage, regenteado por el alemán Walter, con quien mi padre, que había estudiado el idioma en el Nacional Buenos Aires, tenía pequeños diálogos en el idioma de   Goethe.
 Al alemán lo ayudaba un empleado portugués, circunspecto y muy trabajador, a quien siempre se lo veía bombeando manualmente la nafta en el surtidor de aquellos tiempos. Nos hablaba en  portugués.
 A ambos lados de nuestro domicilio vivían familias italianas, que tenían negocios en los mercados Italiano y Crovetto, y que se expresaban en italiano.
En la vereda de enfrente, en la esquina de Cochabamba estaba el almacén del barrio, propiedad de un matrimonio de gallegos.
A mitad de cuadra, vivía un matrimonio de catalanes expulsados por la Guerra Civil Española. Ella permanentemente asomada al balcón, observando el ir y venir de los vecinos, quizá para paliar el hastío del exilio, y acompañada por un simpático lorito, que ¡OH maravillas de la cultura avícola!  también hablaba en catalán.
Enfrente, en una casa de inquilinato, administrada por una pareja española de Castilla, vivían napolitanos y a su izquierda residían tres deliciosas niñas, hijas de un matrimonio compuesto por un descendiente de ingleses y una rusa bella y distinguida.
En la esquina de Catamarca y Constitución un matrimonio árabe, criaba a sus hijos argentinos pero entre ellos hablaban su idioma.
Por la mañana llegaba  en su ágil carrito, el lechero, un vasco de boina y acento inconfundiblemente vascuence.
Mi madre compraba productos de mercería a dos vendedores ambulantes, uno turco y otro polaco que para huir de la leva militar y no ser enviado a pelear contra los rusos, se  perforó los dos tímpanos y quedó hipoacúsico.
Y por si todo eso fuera poco, mis padres dispusieron que debíamos aprender inglés, y contrataron una profesora que concurría a nuestra casa lunes, miércoles y viernes de 14 a 17 horas, sometiéndonos a mi hermanito y a mí a una férrea disciplina  para aprender el idioma de Shakespeare. Pero ella no era inglesa. ¡Era Irlandesa!
Miss Ann  resumía en su persona el arquetipo de la mujer anglo-sajona de esa época. Alta, rubia tirando a pelirroja, pecosa, austera, seca, duramente disciplinada, cumplía estrictamente los horarios y no toleraba la menor distracción. Autoritaria y exigente, le estoy eternamente agradecido por haberme enseñado un idioma que me sirve hasta la actualidad en el ejercicio de mi profesión.
Vestía permanentemente traje sastre y apenas coloreaba sus mejillas. No se pintaba las uñas.
 Los cuatro años que nos tuvo a su cargo, exigió que a las 5 de la tarde, ni un minuto antes, ni un minuto después se le sirviera la merienda al estilo inglés, el famoso five o¨clock tea, en una ceremonia que nuestra empleada, la correntina Antonia cumplía con un temor reverencial, despotricando en guaraní.
Mi hermano se liberó de la tortura, mediante un acto heroico. Una tarde se escondió bajo la mesa y cuando miss Ann se sentó para comenzar la clase, le mordió una pantorrilla. Fue definitivamente expulsado del paraíso anglosajón.
Llegando a este punto del relato, puede alguien preguntarse como era posible que en esa cuadra de Catamarca al 1300, donde se afincó tanto cosmopolitismo cultural, y donde se hablaba alemán, portugués, idish, ruso, polaco, inglés, italiano, turco, vascuence,  gallego, guaraní, árabe, castellano con dejo castizo, y por supuesto el castellano porteño con giros arrabaleros, y donde había un loro que hablaba en catalán con su dueña, nadie hablara el melifluo idioma de Descartes, Verlaine, Rimbaud, Sartre,  Flaubert .y tantos otros genios de la literatura universal.
No os apuréis.
Estaba doña Bertha. Una viejecita desdentada, que habiendo sido desplazada de los burdeles por la edad y las secuelas de una cruel enfermedad profesional, se ganaba la vida haciendo trabajos a domicilio. Y cuando entraba a nuestra casa, recordando quizá sus orígenes parisinos, saludaba con su aguda voz, con un ¡bonjour mes amies!

Carlos Macagno.
5/3/06