El barrio Villa Santa Rita por Ricardo Tarnofky

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ORÍGEN

mara del barrio Villa Santa Rita Cuando ya estamos finalizando la primera década del Siglo Veintiuno, el nombre del barrio Villa Santa Rita, les resulta desconocido a la mayoría de los habitantes de la Ciudad de Buenos Aires. A mediados del siglo pasado, entre 1945 y 1955, les ocurría lo mismo a los residentes permanentes de esa zona. No había unanimidad respecto al nombre del barrio.
Algunos estaban convencidos que vivían en Flores ¿Flores “Norte”?, otros afirmaban que eran de Villa del Parque ¿Villa del Parque “Sur”? Los menos pretenciosos del status barrial afirmaban que habitaban en Villa General Mitre.  Floresta, el barrio vecino al oeste, no se mencionaba, tal vez porque aun dentro de los límites del mismo barrio vivíamos alejados de esa frontera.
Para poder entender este desconocimiento o confusión es necesario hacer un recorrido retrospectivo:

a denominación Villa Santa Rita se decretó oficialmente recién en 1972. Hasta esa fecha, toda esa zona pertenecía al barrio de Villa Gral. Mitre. Por lo tanto, quienes afirmaban vivir en ese barrio, en aquel entonces, estaban en lo cierto. El nombre de Villa Gral. Mitre data de 1908.
La disyuntiva de pertenecer a Flores o Villa del Parque era lo que más prevalecía. Los centros comerciales, los cines, los corsos durante los carnavales, eran los polos de atracción para grandes y chicos.
Otra fecha clave para esclarecer este punto es 1949, año en que se inauguró la Parroquia Santa Rita. A partir de entonces, hubo vecinos que comenzaron a denominarlo Villa Santa Rita, pero, no había una aceptación generalizada. No era el nombre oficial del barrio.
etrocediendo en el tiempo 60 años más, hasta 1889, se podrá encontrar, en actas notariales de la época, la denominación de Paraje Villa Santa Rita para la chacra que comenzó a lotear la Constructora San José de Flores.  Esto es, 11 años después de haber fallecido la última dueña de esas tierras, María Josefa NIcolasa del Corazón de Jesús Rodríguez Ramos de Garmendia y Alsina, quien había levantado un oratorio en su propiedad dedicado a Santa Rita, la Patrona de los Imposibles. Ese lugar fue durante muchos años centro de peregrinaje de muchos seguidores de Santa Rita.
De ahí el origen del nombre de la chacra, luego del paraje, después -entre 1989 y 1909- del nuevo barrio, y, finalmente -desde 1972- del barrio actual. O sea, que entre 1909 y 1972, por consiguiente, los habitantes de ese territorio tenían (teníamos) una confusión fenomenal. 

LA TRAZA URBANA

Barrio Villa Santa Rita - Trazado de sus callesEn el trazado urbano de Villa Santa Rita predomina una cuadrícula de amanzanamiento bastante regular. Recorriendo sus calles, no resultan muy notables las ligeras alteraciones a la retícula ortogonal circulatoria en una superficie de unas 130 hectáreas.
Las calles Concordia y Campana, contiguas entre sí, nacen en la Avenida Rivadavia y se mantienen paralelas hasta que ingresan al barrio a través de la frontera sur, la Avenida Gaona. A partir de ahí comienzan a distanciarse conformando una cuña, un trapecio, en la traza urbana que modifica, en ese sector, la regularidad de las calles ortogonales, lo que da lugar a nuevas calles y pasajes intermedios. Al cruzar el límite norte, que en ese tramo es la calle Miranda, continúan más o menos paralelas, aunque más distanciadas una de otra, atravesando Villa del Parque y continuando más allá.
El límite norte del barrio lo demarca la Avenida Álvarez Jonte y la calle Miranda que, en su quebrada continuidad, no respetan el paralelismo de la red general.
Lo anterior determina que el perímetro de Villa Santa Rita sea un pentágono irregular, casi imperceptible al recorrer el barrio a nivel del suelo.
El sector noroeste, con el fraccionamiento de las manzanas regulares en dos, tres y cuatro franjas, con calles y veredas angostas, ofrecen una característica muy particular identificatoria de ese área.  En su origen edilicio, allá por la década de 1920, a este sector se lo denominaba “las casas baratas”, viviendas en dos plantas en predios pequeños de frentes angostos: un barrio dentro de un barrio.
Sólo hay dos avenidas que se cruzan en el “interior” del barrio: la Avenida Nazca, que corre en dirección norte-sur, y la Avenida Juan B. Justo, que fracciona a la ciudad en dos, en su recorrido errático noreste-oeste.
Esta última avenida merece una consideración especial. Por haber sido construida sobre el arroyo Maldonado, entubado en toda su extensión dentro de la Ciudad, no se corresponde en absoluto con la cuadrícula de amanzanamiento que atraviesa. Sigue la traza del curso natural del antiguo arroyo que, aunque en tramos rectificados, parece una gigantesca serpiente que deja, cada tanto, a ambos lados de su recorrido, retazos triangulares que en muchos casos generaron pequeñas plazoletas. La Av. Juan B. Justo es una de las más importantes vías de comunicación vehicular de toda la Ciudad, con tránsito ligero. Se denominó así en honor del médico y político fundador del Partido Socialista en Argentina. En consecuencia, originariamente, simbólicamente, sus veredas se embaldosaron de color rojo, color que identifica a ese partido político. Lamentablemente, desde hace un tiempo, esta norma parece que no es de aplicación obligatoria o sencillamente no se aplica. Esta avenida constituye, sin duda, una verdadera impronta a escala geográfica: por su extensión, por su anchura, y por su recorrido sinuoso que atraviesa, y por tramos limita, los barrios de Liniers, Versailles, Villa Luro, Vélez Sarsfield, Floresta, Villa Santa Rita, Villa Gral. Mitre, Caballito, Villa Crespo y Palermo.
La historia de esta avenida comienza desde el momento mismo en que se decide sepultar al antiguo arroyo, hace unos 80 años, pero la leyenda que acompaña al indomable curso de agua soterrado nació a fines de la década de 1530, durante la primera expedición española que hizo pie en estas tierras, casi 480 años atrás.

Villa Santa Rita es uno de los pocos barrios de la Ciudad que carece de plaza. La variedad de especies arbóreas que habitan en sus calles no son un paliativo a esa falta. Una plaza es el espacio público de intercambio social y cultural que, lamentablemente, Villa Santa Rita nunca tuvo y, tal vez, nunca tendrá.
De todos modos, tal vez se pueda imaginar alguna opción aceptable en ese sentido. Por ejemplo, que la Avenida Nazca tenga, como ya la tuvo en épocas pasadas, una franja de separación de las manos de circulación vehicular, parquizada con la vegetación adecuada de césped, arbustos y árboles, con áreas secas, y bancos, y esculturas; con una adecuada iluminación, con una denominación y algún elemento distintivo que identifique cada tramo entre calle y calle, con el mantenimiento imprescindible para que perdure dignamente en el tiempo. Esta propuesta no involucraría a los barrios vecinos de Flores y Villa del Parque. En ellos hay plazas. La idea es que esta propuesta se desarrolle entre las avenidas Gaona y Álvarez Jonte, límites del barrio. El eje verde, con una extensión de unas 12 cuadras, resultaría muy beneficioso para todos los habitantes del barrio. Para quienes sólo circulen por la Av. Nazca no les resultaría indiferente.
Tal vez, haya otras propuestas interesantes, como vitalizar las plazoletas sobre la Av. Juan B. Justo, o activar para el uso público terrenos baldíos mientras sus propietarios no los utilicen.
odo esto y otras propuestas seguramente serán bien recibidas, aceptadas, y disfrutadas por todos los vecinos de este barrio sin plaza.
Sería interesante convocar a todos los “Santarritenses” para que propongan ideas con el fin de que el barrio salga de su anonimato ciudadano y sea protagonista de la Ciudad.
Si su denominación surge en honor a la santa venerada por la propietaria de esas tierras a mediados del siglo XIX, ¿Por qué no elegir una de las tantas calles internas del barrio para que tenga el nombre de esa mujer? Sus múltiples nombres y apellidos serían de por sí un factor distintivo, único en la ciudad: “María Josefa NIcolasa del Corazón de Jesús Rodríguez Ramos de Garmendia y Alsina”. Sin abreviaturas, en un cartel de acuerdo a las normas gráficas de señalización de las calles de la Ciudad, desarrollado en dos líneas, tendría una longitud de: ¡1,80 metros! Una calle corta con el nombre más largo de la Ciudad. Y, tal vez, del País.

TRANVÍAS

Tranvía A mediados de la década de 1940 nos mudamos a Villa Santa Rita, sobre la Avenida Nazca, a pocos metros de la calle Tres Arroyos. Nunca antes había vivido frente a una avenida transitada por todo tipo de vehículos, entre los que se incluían tranvías.
Con mis casi diez años de edad, la mudanza en sí misma, fue todo un acontecimiento. Saltaba de alegría: la casa era amplia, mas espaciosa que la anterior, con varias habitaciones alineadas conectadas entre sí, todas ellas con expansión a un patio de generosas dimensiones, una terraza muy grande y un local destinado a instalar un comercio para el sustento familiar.
Esa alegría me duró muy poco: desde que llegamos al medio día hasta la noche. Al acostarme para dormir, esa primera noche, en el silencio nocturno, se podía percibir nítidamente la aproximación de un tranvía ¿el 83? ¿el 84? y el particular traqueteo rítmico: ¡traca-trammm!…¡traca-trammm!!!…, con un nivel sonoro que aumentaba progresivamente hasta tornarse insoportable.
A continuación, el ruido ensordecedor disminuía gradualmente hasta silenciarse. Pero… ¡Ni hablar cuando coincidían dos tranvías circulando en ambos sentidos! O bien,… ¡Uno acelerando en una dirección… y el otro, en sentido contrario, frenando, o, también acelerando! Los traca-trammm se sumaban al sonido metálico del rodamiento de ruedas sobre rieles y a los chirridos del rozamiento del hierro sobre el hierro.
stas nuevas percepciones sonoras, que en principio se asemejaron a torturas, poco a poco, noche tras noche, se fueron transformando hasta convertirse en algo parecido a un arrorró. ¿Habrá sido consecuencia de la capacidad del ser humano de adaptarse al entorno aunque éste fuera agresivo?
Un tiempo después, cuando en algunas oportunidades tenía que dormir fuera de casa, me costaba conciliar el sueño durante la noche. Aguzaba el oído y… ¡nada! Extrañaba los ¡traca-trammm!!!…

Cabe agregar que, poco tiempo después, el tranvía, que tanto odié durante mis primeros tiempos en Villa Santa Rita, llegó a ser mi medio de transporte urbano preferido.

“A TOMAR LA LECHE”

La importancia de la leche en los años 1950 Los días de semana, en período escolar, la rutina era muy simple: de mañana temprano, desayuno y caminata por la Av. Nazca y luego la calle Gral. César Díaz hasta la Escuela “Quintino Bocayuva”; al mediodía, almuerzo en casa; en horas de la tarde, juegos…tareas escolares… merienda… juegos; y, al llegar la noche, cena…escuchar la radio en familia: el “Reporter ESSO” de las ocho y media, “Los Pérez García”, a veces algo más,…y a dormir. ¡Sí! ¡Acertaron!: La televisión todavía no había aparecido por estas tierras. Nos íbamos a dormir temprano.

Dicho así, no se advierte nada especial respecto al programa rutinario de todos los chicos en edad escolar, que vivíamos en la ciudad de Buenos Aires y alrededores, a fines de la década de 1940.

Pero, hay un punto que merece la atención, que lo distingue especialmente de los demás: la hora de la merienda. En esa época no se concebía una merienda sin su componente inevitable… ¡Leche!: Café con leche, mate cocido con leche, leche “chocolatada”, té con leche, leche sola…, ¡Siempre leche!

“La leche es el alimento básico y fundamental para todos los chicos”, y también, “La leche tiene calcio y el calcio se necesita para que los huesos y los dientes crezcan fuertes”, escuchábamos decir a los mayores y, en general, obedecíamos. Para estas afirmaciones no había oposición; la leche no tenía contraindicaciones, ni efectos colaterales. Entonces,… ¡Tomábamos “la” leche!

El barrio de Villa Santa Rita nos ofrecía, respecto a esta “obligación”, un privilegio poco común: promediando la tarde, podía escucharse, cada vez más cerca, el repiqueteo acompasado de campanas de bronce producido por el lento andar de una vaca, blanca y negra, una holando argentina, acompañada por su ternero, conducidos ambos por su dueño: el tambero. Este trío pintoresco provenía de un tambo cercano, sobreviviente de aquellos existentes en los alrededores de la ciudad desde un siglo antes para proveer a la población en constante aumento.

Recordemos que, a mediados del siglo diecinueve, cien años antes, la ciudad terminaba en el Camino Límite, las calles que hoy se denominan Medrano-Castro Barros, y el barrio del que estamos hablando se encontraba en el Partido de San José de Flores,  Provincia de Buenos Aires.

 Habitualmente, a la vez del tañido de las campanas, se escuchaba un potente mugido. Salíamos corriendo a la calle, con una enorme lechera enlozada en mano, para que el tambero la llene ordeñando la leche tibia y espumosa que esperábamos ansiosos cada tarde y, así, disfrutábamos de una merienda muy especial, tal vez insólita para gran parte de quienes habitábamos en la Gran Ciudad.

La vaca, el ternero y el tambero, recorriendo su circuito de rutina por la calle Tres Arroyos con rumbo hacia el este, avanzaban parsimoniosamente ofreciendo su producto vital.
Al día siguiente, al promediar la tarde, estaríamos atentos al repiqueteo de las campanas para volver a encontrarnos varios vecinos, jarra en mano, con el tambero, la vaca y su ternero, en la misma esquina de la calle Tres Arroyos y la Avenida Nazca. 

CICLISTAS

El grupo de amigos de la cuadra no era muy numeroso, ocho o nueve, no más. No nos era fácil reunir once para desafiar a otro equipo a jugar al fútbol en cancha grande. Por suerte, no sólo nos convocaba el hecho de patear una pelota.

Cada uno tenía su propia bicicleta. No eran bicicletas de paseo, tampoco de carrera. Se las denominaba “de media carrera”: relativamente livianas -comparadas con las bicicletas de paseo-: manubrio volcado, asiento de cuero blando -o los ablandábamos embadurnándolos con manteca del lado interior y exponiéndolos al sol-, con cambio de piñones para minimizar el esfuerzo, algunas con cámara y cubierta y otras con tubos neumáticos como las bicicletas de carrera.

Ninguno pretendía correr en el flamante Velódromo de Palermo, pero a todos nos entusiasmaba emprender largos recorridos en los que lo más importante era la resistencia física y no la velocidad.

Verano de 1950. Sábado caluroso a las seis de la tarde. Como lo hacíamos habitualmente nos reuníamos, cada cual con su bicicleta resplandeciente al sol, estacionándonos para charlar y pasar el tiempo en la plazoleta sin nombre, sin césped ni árbol alguno, limitada por la Av. Juan B. Justo y las calles Terrada y Tres Arroyos. Una diminuta islita triangular pavimentada con asfalto, con sólo dos bancos rectangulares planos de piedra reconstituida.

En esos tiempos, la Avenida tenía un refugio peatonal que dividía los sentidos de circulación vehicular a lo largo de la calzada, entre calle y calle.

A la hora de la tarde en que el sol acelera su declinación, era un acto reflejo mirar por la JBJ hacia el oeste hasta divisar, acercándose, a un pelotón de ciclistas con sus coloridos atuendos característicos -cascos, guantes y calzados especiales-, que esperábamos ver pasar semana tras semana. Eran nuestros ídolos sobre ruedas. En los días siguientes, con algunos de ellos, seguramente charlaríamos de carreras y bicicletas.

Eran ciclistas de verdad. Es decir, corredores súper entrenados que podían demostrar sus habilidades en el flamante Velódromo de Palermo o en carreras de largo aliento. Los esperábamos para saludarlos al pasar y ellos nos devolvían el saludo. Algunos soltaban el manubrio, se incorporaban para distender los músculos de las espaldas y aprovechaban para refrescarse bebiendo de sus caramañolas de aluminio. Ahí iban, algunos conocidos por ser del barrio y otros por haberlos visto en las fotografías de la revista El Gráfico. El “tano” Gentile, que tenía en el barrio un taller de reparaciones de bicicletas, generalmente encabezaba el pelotón, y también era fácilmente visible por su corpulencia el hijo del tambero, el mismo que nos proveía la leche  ordeñada “en vivo” en su trayecto callejero durante los días de semana.

Ya pasaron. Recién entonces, salíamos en grupo, pedaleando lentamente, a recorrer el barrio. Más tarde, nos pondríamos de acuerdo para el domingo. Si lloviera o no hubiera sol, tal vez iríamos al cine. Si el día amanecía soleado, ya lo teníamos planeado: iríamos a pescar, pedaleando nuestras bicicletas, por la Juan B. Justo, rumbo a la Costanera Norte.

IMPERIO JUNIORS

Club Imperio JuniorsEl Club Imperio Juniors, ubicado en la calle Gral. César Díaz, cumplía una función muy importante para el barrio en aquellos años, a mediados de 1950. Era muy concurrido por grandes y chicos. Todos encontraban allí alguna actividad de su interés, ya sea social, deportiva o de simple entretenimiento.

Lo que puedo recordar, con una imagen muy nítida, es la actividad que convocaba por igual a grandes y chicos, en horas nocturnas, todos los veranos, un fantástico espectáculo de movimiento, luces y música.

Durante varios días se desarrollaba un concurso para elegir a la mejor pareja danzando sobre patines. Un gran número de participantes se sucedía noche tras noche mostrando sus habilidades artísticas, danzando sobre ruedas, deslizándose sobre el piso de mosaicos de la cancha de básquet al aire libre. El barrio entero se daba cita, noche tras noche, rebalsando las instalaciones del Club Imperio para disfrutar de un espectáculo diferente: patinaje artístico sobre ruedas. 

Ricardo Tarnofky
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