Aldo Angrigiani: La Calesita de Triunvirato y Plaza

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Desde casa escuchábamos el llamado de las notas del organillo de la calesita,  que repetía con tozudez un par de canciones infantiles. Estuvo durante mucho tiempo en la esquina de Triunvirato y una calle Plaza todavía sin pavimentar.
Era una típica calesita de barrio de esa época, con aviones, autitos, cisnes y caballos fijos,  originariamente impulsada por un resignado equino, con los ojos vendados, que  seguramente  esperó tener una vejez menos monótona y esforzada. La pintura  desteñida y las oscilaciones al subir o bajar, denotaban que nuestra calesita había tenido tiempos mejores.
Al promediar “la vuelta”, el calesitero se ubicaba junto a un poste del que pendía una bocha de madera con una clavija extraíble, la apreciada “sortija”.
Mientras la calesita daba vueltas acercaba la bocha a las manos de los niños y aquel que lograba sacar la “sortija” tenía una vuelta gratis de recompensa. Los más grandes y experimentados, afirmándose con las piernas a los parantes y sacando medio cuerpo fuera de la calesita, pegaban manotazos vigorosos a la bocha, pero el calesitero hacía rápidos movimientos con la mano para evitar que ellos sacaran la sortija que, en cambio, ofrecía suavemente a los más pequeños.
Las calesitas han sufrido el embate del tiempo pero aún permanecen  en las plazas, su último reducto,  fascinando a los pequeños  que, alegremente en ella, siguen dando vueltas y vueltas sin avanzar nunca.

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