Acción Congelada por Guillermo Barrantes

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 de Recuerdos de Buenos Aires, Guillermo E.Barrantes
de Recuerdos de Buenos Aires, Guillermo E.Barrantes

El arquero no solo atajó el taponazo con que Cacho lo fusiló desde menos de seis metros, sino que se apuró a sacar al notar que Hugo y Pilo estaban bastante adelantados y podían mandarse un lindo contragolpe.                                  

Hugo lo captó también y al ver que la pelota iba dirigida a los pies de Pilo se cruzó y desde allí solicitó su turno a los gritos.
 
Pasala!!!… daleee cheee!!! Comilón pasala!!!… – y Pilo, a pesar de ser efectivamente un comilón, viendo que varios se le venían encima y a la carrera intentó cruzarse para llegar al área y habilitar a Huguito.
 
Autoooo!!!. Gritó entonces Clarete , y todos los jugadores obedeciendo  un estricto reglamento nunca escrito se detuvieron en el lugar que se encontraban al instante de escucharse el aviso.
 
Claro que Pilo pisando la pelota acomodó un poco su perfil tratando de aparecer como que estaba quieto, pensando que tal vez, después de todo sería mejor no pasársela a Hugo  e intentar shotear él mismo al arco.
 
Un Chevrolet pesado y negro pasó ronroneante por el campo de juego- la calle- donde el mismo Clarete se iba a encargar de dar la orden de seguir finiquitando de ese modo la estática de los jugadores.
 
Listo!!!. Se oyó gritar a Clarete cuando él mismo iniciaba su carrera y Pilo descubrió que Cachito se le había ido acercando disimuladamente en el período de supuesta quietud, y antes que pudiera patear le sacó la pelota por detrás, y la mandó afuera.
 
Córner! Se apuró entonces a marcar el mismo Cachito quien prefirió esa salvada antes que tener que repetir toda la acción desde el descongelamiento por reclamos de los adversarios.
 
Comilón!!! Morfón!!! Te dije que estaba solo!. No me viste? Le recriminaba Hugo a Pilo.
 
Pero antes de sacar el córner hubo que repetir esa imitación de carencia de movimientos porque desde el mismo fondo del arco de Pepe, la señora de la farmacia, junto a su hermana ingresaron al área empujando un changuito de compras.
 
Genteeeee!!!, fue esta vez el grito que al unísono profirieron el arquero y Hugo, y todos volvieron a detenerse.
 
Esta vez con mayor impaciencia. Tanta que la acción se reanudó cuando todavía doña Fermina y la otra mujer no habían llegado a atravesar todas las veredas que conformaban la cancha.
 
El partido iba ahora seis a cuatro, y estaba pactado a diez goles.
 
Pero llevaban más de una hora ininterrumpida de juego y el mediodía había pasado hacía bastante.
 
Cachittttooooo!!!…  se escuchó entonces claramente el grito con que su mamá lo llamaba a almorzar, y este, quien primero intentó demorar su comida con un «ya voy pará un poquito que ya voy», salió corriendo sin siquiera despedirse de los demás jugadores al ver que junto a su madre estaba ahora su papá, quien en pantalón pijamas celeste y camiseta sin mangas simplemente lo observaba serio con sus brazos cruzados sobre el pecho… 
 
…  qué bueno sería si en nuestra vida adulta también fuese válido y aceptado detener las acciones humanas con aquél sencillo grito dado a tiempo, congelando -en algunos casos in eternum- tantas situaciones que sin ser adivinos podemos fácilmente conjeturar adonde llevan…

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Guillermo E. Barrantes [email protected]
Recuerdos de Buenos Aires

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