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«Si despiden a uno solo, yo renuncio»: quién fue Enrique Shaw el empresario argentino que será beatificado

Enrique Shaw el empresario argentino que será beatificado
La Ciudad de Buenos Aires rindió un sentido homenaje a Enrique Ernesto Shaw, el empresario argentino que está a un paso de su beatificación. En un acto que transcurrió entre recuerdos familiares y el compromiso de Shaw por la dignidad del trabajador, referentes de la Iglesia y el ámbito corporativo celebraron el legado de un hombre que demostró que la santidad no es un ideal lejano, sino una forma de gestionar con el corazón puesto en las personas. De la eficiencia en la fábrica al amor incondicional en el hogar, su figura emerge hoy como una meta de ética y esperanza para el liderazgo del siglo XXI.

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En un emotivo acto celebrado en el Cementerio de la Recoleta, familiares, autoridades de la Ciudad, representantes de la Iglesia y la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresa (ACDE) se reunieron para honrar la memoria y el legado de Enrique Ernesto Shaw. El homenaje cobra una relevancia histórica, ya que la figura de Shaw avanza firmemente hacia la beatificación, tras la aprobación unánime de sus virtudes por parte de la Comisión de Teólogos.

El reconocimiento puso de relieve una gestión empresarial disruptiva para su época y profundamente actual: una visión basada en la Doctrina Social de la Iglesia y un enfoque humanista del trabajo. Shaw no solo buscaba la rentabilidad, sino el bienestar integral de su comunidad laboral.

«Consideraba que una empresa debía preguntarse cuál es el mínimo que se puede ganar y no el máximo a costa de la salud de los trabajadores. Buscaba armonizar los fines empresariales con el bien común» expresó su nieta, Sara Critto, rescatando la esencia de su filosofía productiva. Uno de los momentos más inspiradores recordados durante el acto fue su postura en 1961: estando ya enfermo de cáncer, Shaw defendió la fuente de trabajo de sus empleados en la cristalería Rigolleau con una firmeza inquebrantable: «Si despedían a un solo trabajador, él iba a renunciar«, logrando convencer al directorio mediante la optimización de balances y tecnología en lugar de recortes humanos.

También intervino Ana Pico, directora de la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresa. “Cada vez que miramos su vida encontramos una faceta distinta de una persona extraordinaria”, dijo. Y resaltó que la entidad, siguiendo su legado, lleva los valores cristianos al mundo de la empresa. “Él dio testimonio vivo, desde Rigolleau, de lo que es ser un empresario cristiano”, recordó. 

Más allá del directivo, el homenaje permitió asomarse a la intimidad del hombre. Su hija, Elsa Shaw, compartió recuerdos que humanizan al futuro beato: un padre «siempre sonriente» y un esposo «especialmente cariñoso» que buscaba resolver los conflictos familiares con paciencia, viendo en el caos de un hogar con nueve hijos una oportunidad para crecer espiritualmente.

El padre Gastón Lorenzo, párroco de la Basílica Nuestra Señora del Pilar, explicó el significado de este proceso. “Un beato es un don que Dios nos da. Todos somos un gran don de Dios para los demás, pero un beato es alguien reconocido por una comunidad, donde los cercanos descubren la huella que Dios quiere dejar en el mundo como signo de su presencia. Se recogen testimonios, se presenta la causa ante un obispo y luego se eleva a la Santa Sede. Allí se espera un signo, un milagro, y una junta de cardenales presenta el estudio al Papa, que firma el decreto”, detalló el párroco. Y adelantó: “La ceremonia de beatificación se dará próximamente; después podrá ser declarado santo”.

El evento, que contó con la presencia de funcionarios del Gobierno de la Ciudad como Guadalupe Rossi e Ignacio Salaberri, concluyó con la música del Coro Rendezvous, celebrando la vida de un hombre que demostró que es posible ser un empresario exitoso y un santo de lo cotidiano al mismo tiempo.

Enrique Ernesto Shaw (1921-1962): El «santo» de la Cristalería

https://www.enriqueshaw.com/

Nacido en París y criado en Argentina, Enrique Shaw fue un hombre que logró unificar dos mundos que a menudo parecen distantes: la alta gerencia corporativa y la santidad cristiana. Su vida es el testimonio de que la rentabilidad de una empresa no debe estar reñida con la dignidad del trabajador. 

Shaw inició su camino en la Escuela Naval Militar, donde se destacó por su disciplina y valores. Pero, tras la Segunda Guerra Mundial, sintió que su verdadera misión estaba en el mundo civil, específicamente en las empresas, a las que consideraba «células de la sociedad» que debían ser transformadas desde adentro.

Como Director General de la cristalería Rigolleau, Shaw implementó una gestión revolucionaria para la década del 50 basando su gestión en humanismo, cercanía y ética:

  • Humanismo: Estableció asignaciones familiares, servicios médicos y fondos de ayuda para sus empleados.
  • Cercanía: Se lo conocía por recorrer la planta, saludar a los obreros por su nombre y conocer las necesidades de sus familias.
  • Ética: En momentos de dificultad económica para la empresa, prefirió vender bienes personales o recortar sus propios beneficios antes que despedir a un solo trabajador.

En 1952, fue el principal impulsor de la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresa (ACDE), convencido de que los empresarios tenían la responsabilidad moral de aplicar la Doctrina Social de la Iglesia. Además, fue un miembro activo de la Acción Católica y colaboró en la fundación de la Universidad Católica Argentina (UCA).

A los 37 años fue diagnosticado con un cáncer óseo avanzado. Afrontó la enfermedad con una entereza que conmovió a sus allegados. Un episodio que define su vida ocurrió poco antes de morir: ante la necesidad de transfusiones de sangre, cientos de obreros de su fábrica hicieron fila para donar por él. Shaw, conmovido, dijo: «Ahora estoy feliz porque por mis venas corre sangre obrera».

Falleció el 27 de agosto de 1962, a los 41 años. En 2021, el Papa Francisco lo declaró Venerable, reconociendo que vivió las virtudes cristianas de manera heroica. Hoy, su causa de beatificación es seguida con esperanza por miles de trabajadores y empresarios en todo el mundo.

La figura del empresario Enrique Shaw no debería considerarse como algo del pasado, sino que debe rescatarse es una respuesta urgente a los interrogantes del mundo del trabajo actual en el cual los tantos trabajadores viven angustias y destratos al momento de sostener su fuente de trabajo. En tiempos donde la eficiencia suele medirse únicamente en hojas de cálculo y algoritmos, su ascenso a los altares nos recuerda que la verdadera rentabilidad de una empresa se mide en la dignidad de quienes la integran. Su vida demuestra que el éxito corporativo y la compasión no son caminos opuestos, sino complementarios.

Al honrar su memoria en la Recoleta, la sociedad argentina no solo celebra a un futuro beato, sino que recupera un modelo de liderazgo: el del dirigente que entiende que su mayor logro no es el balance de fin de año, sino el bienestar de las familias que confían en su conducción. Como él mismo sostenía, la empresa es una comunidad de vida, y su santidad consistió, precisamente, en humanizar el mundo de la producción.

Shaw no fue un empresario «bueno» a pesar de sus negocios, sino un empresario excepcional gracias a sus valores. Logró lo que hoy muchas organizaciones todavía persiguen: una cultura del encuentro donde el capital humano es, verdaderamente, el capital más sagrado.

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