Negras y Mulatas en Buenos Aires Colonial por Mabel Crego

1914

esclavaEl ingreso sistemático de esclavos africanos en la Ciudad de Buenos Aires, comienza poco después de la segunda fundación 1580, primero se introdujeron varones y luego mujeres, que a fines de 1778 superaron en número a los varones, lo que favoreció el mestizaje y el lento camino desde la esclavitud a la libertad.

La población de origen africano fue muy significativa tanto por su número como por su función económica.

En la actualidad en raro ver negros en las calles de Buenos Aires, (una ciudad que siempre miró hacia Europa), han desaparecido del imaginario y muchos argentinos niegan su existencia histórica. Las mujeres afro porteñas son ubicadas en el último peldaño de la pirámide social, tanto por su sexo como por  su raza y condición jurídica.

Una vez asentada la población en Buenos Aires (en 1600 aproximadamente) se otorgaron numerosos permisos para traer esclavos negros, desde África.

Engrillados de a dos, eran colocados en las bodegas de barcos negreros para que cupieran entre 300 y 400 africanos, viajaban durante largas semanas, enfermos del vaivén y llagas de los grillos, asqueados por el olor de sus propios vómitos y desechos. Los que  llegaban vivos eran “palmeados” (medida palmo = 21 cm.) se los clasificaba por tamaño.

El mayor horror no era esta clasificación ganadera de seres humanos, sino “la carimba”, (de origen portugués, como casi todos los términos esclaveros) significaba el hierro candente para marcar esclavos con las iniciales de sus amos.

En 1715 la Compañía de Guinea pasa en concesión a manos de  la Compañía Inglesa de los mares del Sur, que construyó un depósito de esclavos en Retiro, donde hoy se encuentra el edificio Cavannagh, en 1731 se trasladó cerca del actual Parque Lezama, entre Bolívar y Defensa, muy cerca del Río que bañaba las barracas del parque por Av. Paseo Colón.

Con la colonización llegarían al Río de la Plata las mujeres negras, primeras esclavas destinadas a tareas domésticas y artesanales, pero también a la necesidad de dar satisfacción a la sexualidad de los esclavos negros para que no siguieran atacando a las indias y para “fijarlos a la tierra”. Las esclavas negras no solo se unieron en matrimonio, siguiendo los ritos católicos de los jesuitas, mercedarios y dominicos, sino que también estaban a disposición sexual de sus amos y de los hijos y parientes de sus amos, dando así origen a una numerosa población “mulata”  (que se despreciaba mas que a los negros).  La palabra mulato viene de “mula” considerada un híbrido.
El término  mulato era usado como insulto. El mulato era doblemente sancionado  por la sociedad colonial por ser producto de una  mezcla y por su bastardía ya que rara vez era reconocido por su padre.
La posesión de un esclavo en el Río de la Plata era considerada una muestra de prosperidad y riqueza,  porque su precio era altísimo y su rendimiento económico nulo. Según José Antonio Wilde “había casas en las que había mas de una docena de esclavos, qué clase de ocupación podía dársele a tantos”.
Las mujeres esclavas que estaban preñadas se vendían a menor valor, esto sorprende  porque el propietario de la madre también lo sería del fruto de su vientre, pero el riesgo de muerte por parto era tan alto que la preñez era considerada una tacha y no un beneficio.
Tuvieron que soportar de todo. Tenían límites y prohibiciones variadas, Ej.: usaban harapos o ropas viejas de sus amos, (no podían usar sedas ni joyas), les estaba vedado el entierro en ataúdes, no tenían lugares para el entierro de sus muertos, comían lo que podían, cuenta Esteban Echeverría en “El matadero” que las negras peleaban por las tripas que los matarifes tiraban a los buitres,  no podían asistir a  las misas en las iglesias, solo iban a llevarles las alfombras para que las damas se sentaran a rezar.
Entre otros, el destino mas cruel estaba reservado para las nenas, las rapaban y solo le dejaban un mechón de cabello largo, las negritas debían acompañar a las señoritas todo el tiempo, cebarles mate (a veces de rodillas)  y atender cuanta orden y capricho se les ocurriera, debían permanecer siempre cerca, a fin de estar disponibles para recibir pellizcos o “el coscorrón”, tironeaban del cabello a las pequeñas para descargar sus  nervios y frustraciones.
Para el año 1810 casi la cuarta parte de la población negra era libre (aunque de edad muy avanzada) porque habían podido comprar su libertad ahorrando durante años. Cuando la asamblea de 1813 decreta la libertad de vientres, los hijos de los esclavos pasan a ser libertos aunque debían permanecer en las casa de sus amos hasta la mayoría de edad o hasta que se casaran. Esta particular forma de libertad tenía una cláusula perversa, desde los 15 años hasta su liberación definitiva, debían continuar sirviendo como de costumbre a sus amos y pagarles un peso por mes.
Se produce un brusco descenso en la población negra relacionada con las guerras de la independencia. Los negros desempeñaron  un heroico papel de “carne de cañón” que ayudó a muchos triunfos. Cuando San Martín estaba organizando la campaña libertadora a Chile y Perú,  muchas familias de la elite mendocina donaban a sus esclavos para el ejército (para no desprenderse de otros bienes materiales). De los 2200 negros que partieron solo regresaron 143.
Sin embargo en tiempos de paz todavía se veían negros en la ciudad.
Durante la gran epidemia de fiebre amarilla de 1871, fueron ellos los encargados de quedarse a cuidar las enormes mansiones de Barracas y San Telmo, mientras sus patrones huían escapando de la enfermedad, a lugares alejados, sus quintas de Olivos, San Isidro y Flores, diezmando su número.
Otro motivo de la disminución del grupo negro fue la tasa de mortalidad infantil, muy superior  a la población blanca. Woodbine Parish cuenta que en 1825 la mayoría de las lavanderas de la ciudad eran negras, mujeres fuertes que soportaban las peores inclemencias del invierno, con solo unos mates calientes que preparaban encendiendo fuego en los espacios verdes de la ribera, llevaban a sus hijos recién nacidos y los dejaban sobre cueros, mientras ellas realizaban sus tareas. Los bebés morían a menudo del llamado “mal de los siete días”.
Cuando moría un niño era una fiesta porque pensaban que era un ángel que se iba al cielo (quizá era la forma de resistir tantas muertes de niños causadas por pestes y enfermedades).
El velatorio del angelito era anunciado con repiques y cohetes y los finaditos eran vestidos del modo más original, de pastorcitos, indiecitos o angelitos. Cuenta Mariquita Sánchez de Thompson que una vez fue a un velorio de una familia  acomodada, en la que habían muerto de la misma enfermedad un niño blanco y otro negro. No tuvieron mejor idea que vestir al blanco de San Miguel y al negro de diablo. La madre lloró y suplicó, pero como era esclava tuvo que callar. Algún alma bondadosa fue a dar parte del hecho y vino con una orden de autoridad para sacar al pobre negrito y enterrarlo como cristiano.

Además de las tareas domésticas para lo cual eran comprados los negros, se les enseñaba un oficio para que los dueños pudieran obtener un dinero extra.
De esta forma hubo muchísimos negros carpinteros, cocineros, mucamos, herreros, cocheros, zapateros, barberos, músicos. Cuenta José A. Wilde que los negros tenían un excelente oído musical y se destacaron como profesores de piano, como los maestros Remigio Navarro y Roque Rivero.
Las mujeres negras además de trabajar en el campo o en las casas de la ciudad, educaban y enseñaban a los niños y se dedicaban a numerosas tareas para mantener a sus amos. 
Eran muy buenas cocineras, excelentes  “amas de cría”,  lavanderas y planchadoras.
Cuenta Ismael Bucich Escobar “un ejercito de lavanderas con sus pavas y sus atados de ropas ,se extendía sobre la costa del río a ambos lados del fuerte. Cada una en su “pileta”, cavada en la tosca trataba la ropa de sus amos sin ningún miramiento, a garrote limpio, saltando los botones y sacudiendo las prendas con tal fruición que parecía que golpeaban a sus propios dueños, resarciéndose así de castigos y malos tratos”.
Se sabe que algunas fumaban,  eran muy charlatanas y transmisoras de chismes que festejaban con grandes carcajadas, de allí el dicho “risa de lavandera”.
A partir de 1821 se constituyeron en Buenos Aires, con singular relevancia durante la época de Rosas, Sociedades o Naciones que agrupaban africanos según su lugar de origen (Congo, Angola, Mina, Mozambique, Kimbunda entre muchas otras)  con fines de ayudar a aquellos de la misma etnia a comprar su libertad, organizando fiestas,  bailes y procesiones a las que solía asistir el propio Gobernador y su  hija Manuelita.
A medida que fueron adquiriendo su libertad los negros residían en barrios de los suburbios, solo para familias de negros.
A estos barrios se los llamaba comúnmente del tambor, debido al estruendo de los tamboriles candomberos.
Cerca de las parroquias de San Pedro Telmo estaba “el mondongo” barrio de la nación Congo. También había barrios negros alrededor de las iglesias de Santa Lucía en Barracas, de Montserrat  y de la Concepción.
Alrededor de 1840 las Sociedades perdieron muchos hombres debido a que fueron reclutados para las guerras, esto permitió a las mujeres negras tomar un rol protagónico, recaudando cuotas, administrando bienes y llegando  a presidirlas.
En 1855 crearon sociedades africanas femeninas  específicamente dedicadas a actividades lúdicas, cosían sus propios trajes para las comparsas, enseñaban su  lengua de origen y  transmitían tradiciones culturales a las nuevas generaciones.
Podemos decir que comparativamente con las blancas tuvieron un espacio mucho mayor  en su grupo étnico.

Ojala nos  formemos una imagen más real del conjunto de esta sociedad, (que las simpáticas figuras que nos mostraron en nuestra niñez los libros de historia) y contribuyamos a dar voz a las que en su época no la tuvieron.  

Mabel Alicia Crego – Maestra Secretaria email
Docente JIC 4 d.e. 6º

FUENTES:

“ La población negra y mulata en Buenos Aires”  Marta Goldberg
“ La pequeña aldea”  Raquel Prestigiacomo y Fabián Uccello
“ Recuerdos del Buenos Aires Virreynal”  Mariquita Sánchez de Thompson
“ El Matadero”  Esteban Echeverría.
“ Buenos Aires de 70 años atrás”  José Antonio Wilde”
“ La libertad  en el discurso de amos y esclavos” Silvia Mallo 

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