Los Carnavales en mi querido Barracas por Mabel Crego

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Los Carnavales en mi querido BarracasEl carnaval fue perdiendo su encanto, cuando yo era chica, una semana antes de los carnavales, andábamos todos los chicos buscando en los placares, algún sombrero, pollera o con suerte, algún disfraz que hayamos usado para alguna fiesta de la escuela del año anterior, para acondicionarlo utilizando toda nuestra inventiva y la ayuda de una mano adulta, que nos cosiera o arreglara la prenda.  Otros chicos del barrio, tenían la suerte que ya tenían comprado su disfraz, para vestirse ese día.

Para los días de carnaval recuerdo que siempre hacia calor y a la siesta se armaban unas “peleas”  de agua que disfrutábamos  todos, chicos y grandes…

Muchos vecinos desde las azoteas tiraban agua a los desprevenidos que andaban por la calle y a la vuelta de mi casa, en el pasaje Jenner (que era muy angosto) recuerdo que entre vecinos, se tiraban agua a baldazos de una casa a la de enfrente, o de terraza a terraza,  inundando los zaguanes  y mojándolo todo, madres, padres, niños y hasta las tías viejas y las abuelas salían empapadas.

Nosotros los chicos, después de almorzar comenzábamos a llenar bombitas, pero no una, sino muchísimas y de todos colores, teníamos nuestro “arsenal “ guardado en los zaguanes dentro de baldes y palanganas para que no se rompieran. Para cuando vinieran a atacarnos, tendríamos muchas bombitas de agua para contraatacar y defendernos. Generalmente jugábamos las chicas contra los varones, así que hacíamos “trincheras” en la casa de alguna de las chicas del barrio y allí llevábamos nuestro tesoro, las palanganas y baldes repletas de bombitas de colores, tratando de que no vieran los varones, en donde estábamos.

Teníamos escondido nuestro arsenal de bombitas detrás de la puerta cancel y cuando venían  los chicos, los bombardeábamos sin piedad!  Se armaban unas luchas feroces!  como dolían las bombitas cuando explotaban en el cuerpo!.

Terminábamos todos mojados pero muy contentos, a los resbalones entrabamos, patinando por los zaguanes y los pasillos de las casas, a guarecernos de los bombazos de los chicos, que sin duda, tenían mejor puntería que nosotras.

Como recuerdo, las risas en las caritas de mis amigas del barrio, la ropa pegada al cuerpo y los pelos chorreando el agua!  Resbalando aquí y patinando allá!  Que divertido era!

Después de unas horas de juego,  venía el momento de la limpieza y un batallón de secadores y escobas, mujeres hombres, chicos y grandes,  entre sonrisas y carcajadas, iban escurriendo el agua en todas las casas!

El adoquinado de las calles  quedaba lustroso y con lunares de colores, de la cantidad de bombitas estalladas. El agua se escurría en torrentes por los  cordones de las veredas.

Era un espectáculo mágico ! … Luego todo volvía a su calma habitual.

Después,  a la tardecita nos disfrazábamos, nos pintábamos y salíamos a la vereda a encontrarnos con otros chicos vecinos. Que satisfacción era pasearnos con nuestros disfraces por la calle!!!

Los vecinos fumaban, sentados en sus sillones de mimbre, charlando de vereda a vereda con el vecino de enfrente, disfrutando del fresco de la tarde. Nosotros los chicos, pasábamos  todos disfrazados en grupitos, y  saludábamos a los mayores con picardía, porque sabíamos que nos preguntarían de qué, estábamos disfrazados.

Por la noche, recuerdo que papá nos llevaba a toda la familia a comer pizza en la pizzería San Miguel y luego seguíamos caminando por Olavarría hasta el corso de La Boca, donde comparsas y murgas desfilaban con bombos,  pitos y matracas.

Que estridente me parecía la música! Que iluminada estaba  la calle por la que pasaban las carrozas. Mi hermano y yo que seguíamos disfrazados,  llevábamos papel picado y los pomos, para tirar chorritos de agua a las mascaritas que pasaban en el corso.

Que distinto se vivía en esa época, era muy diferente a los carnavales de hoy.
El Barrio daba un contexto de camaradería y contención, los vecinos eran parte de la familia, todos conocían a todos!.

Las personas vivían mucho tiempo en las mismas casas. Las familias eran más unidas y los ancianos compartían las viviendas con hermanos, sus hijos y sus nietos.

Los tiempos han cambiado, la vida hoy nos lleva en su vorágine, sin darnos tiempo a detenernos a pensar y a recordar. Por eso quise plasmar este momento de mi vida, para compartirlo con el lector y como una anécdota que contaré a mis nietos. 

Mabel Alicia Crego email
Vecina de Barracas
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