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«La amada del bandoneón y el guapo»: un amor del arrabal porteño en los años 40

"La amada del bandoneón y el guapo": un amor del arrabal porteño en los años 40El escritor Ricardo Lopa regresa a Barriada después de más de un año de ausencia, con un relato ambientado en el Boedo de los años cuarenta. «La amada del bandoneón y el guapo» sigue a Sabino, estudiante de piano en la Cortada de San Ignacio, cuyo amor por una joven bandoneonista quedó suspendido para siempre el día que ella desapareció del barrio sin dejar rastro.

 

Era un pibe del arrabal al sur de la ciudad. La vida transcurría relativamente apacible por los años cuarenta. La barrita de la esquina había dejado los picados con la pulpo los adoquines como cancha. Sabino, era uno de esos malabaristas, escolaseaba la de goma de prima; no faltaron consejos de probarse en algún club. Mamá, ama de casa, papá carniza, ex laburante cuando jovencito, del matadero que existió en el actual Parque de los Patricios. Para “sacar de la calle al nene”, lo mandaron a estudiar piano con una profe barrial, cuando hubo cumplimentado los necesarios primeros pasos musicales, vino la primera enseñanza formal en el Conservatorio Musical, ubicado en los altos de la Cortada de San Ignacio y Boedo. Como la mayoría comenzó con el piano. La profe era buena mina hasta ahí, pues lo envolvía en la teoría clásica alejándose del gusto musical del pibe, que era el tango. Rebelde Sabino, cuando podía y la profe no lo fichaba, se mandaba con esfuerzo algún 2 x 4 de moda. El Conservatorio era integral, es así que un día, que no olvidará, hizo su aparición el bandoneón. Lo más extraño que el fueye lo encabalgaba una dama, Mabel, siempre acompañada por la madre. Era, la única alumna del no fácil instrumento, generalmente de hombres.

Con el correr de los días, a Sabino le empezó a interesar los rubios cabellos de Mabel. Eran saludos y nada más, a ella y su mamá.

En los años cuarenta reinaba el tango, Boedo era el baluarte. Por ahí andaban componiendo maravillas, Cátulo Castillo, Homero Manzi, Julián Centeya, cobijados por el Patriarca, José González Castillo. Un día, de esos que no se empardan, el titular del Conservatorio, anuncia que Sebastián Piana y Pedro Maffia, piano y bandoneón, van a hacer una presentación en la Casa Balear de Colombres con vista al Pasaje. Sabino, vio la ocasión, invitó a Mabel a la actuación, total era un bono contribución. Fue una revelación, pues recién ahí tomó la dimensión del piano en el tango. Lo que fue confirmación, la madre custodiando a Mabel, resultado no pudo intimar, fue un “hola, cómo te va”, y no mucho más.

Pero, un día se le dio, la vieja faltó. Resfrío, agradecido. Invitación aceptada, la confitería de San Juan y Boedo, es cómplice dos jóvenes empezándose a conocer. Buscan intimar, en el reservado los ubica el mozo. Fue una primera aproximación, tomada de manos, charla y café para el cuadro completar.

A partir del acercamiento, la pareja fue incrementando su relación. El Conservatorio era el lugar de chamuyo. Mabel no ocultaba admiración al estilo de Maffia, como Sabino, con Francisco De Caro, estilo a seguir.

El tema de la música era muy lindo, pero a los aprendices de músicos la realidad iba, mayormente, por otro lado. Con excepción del encuentro en la confitería de Boedo, nunca pudieron estar solos, y decirse las cosas que los jóvenes quieren expresar, escuchar y hacer.

Es domingo, la primavera acaricia el sur de la ciudad, Sabino invita a la compañera a pasear. Es el Parque de los Patricios, el lugar elegido para disfrutar, previo permiso de mamá, los jóvenes pasean por el histórico lugar. Sabino comenta el laburo del padre en los antiguos corrales, antecedente del parque, las tenidas bravas, los malevos de lengue y cuchillo, tenidas bravas. Duelos que en su fileteo, asemejan al baile del tango. Mabel, que no se quedaba atrás, le comenta del antiguo zoológico existente en el lugar. Todo es pasado, al igual que los combates del ‘80, por la federalización de la ciudad, en la meseta de los corrales.

La pareja después de la recreación histórica, requiere otros temas. Ahora caminan tomados de la mano, buscando un banco, para charlar mejor. Pero, parece que el permiso a Mabel se le agotó, pues a la distancia asoma mamá guardián. El picado de los pibes no parece molestar, Sabino trata de volea alcanzar  la pelota que traviesa irrumpe sin invitación, quiere imitar a su ídolo, Herminio, pero el empilche de jetra incomoda, le pega mal, se le cae el funyi, lo que origina la risa de Mabel. La charla, fue conversación y ahí quedó, porque de “casualidad” mamá pasaba por el lugar, no tuvieron tiempo de intimar, fue tomada de mano y nada más.

A la pareja ni se les pasó por la mente, que ese paseo inicial con permiso oficial fue la despedida de una relación temporal. El conservatorio es testigo mudo de un hombre mirando el piano sin motivación, buscando la explicación que nadie le puede dar. La nostalgia lo invade “el piano está mudo, sus ágiles manos, no tocan el tango tristón» “De todo te olvidas” – Cadícamo.

¿Qué había pasado? La familia con la joven bandoneonista, sin aviso previo, había abandonado el barrio.

Los años malvados pasan sin prisa y sin pausa. Sabino es profesor en el conservatorio, rebuscándosela animando con el piano en el boliche barrial. Para remedar su nostalgia busca refugio en la música, en el bandoneón ve la figura de Mabel su amada ausente. Ya no es más el muchacho soñador. Aspecto de hombre maduro, pese a su juventud en años, carácter osco. Del empilche de jetra cruzado de muchos botones, lompa apaisanado, chambergo grone, lengue blanco con sus iniciales en rojo, S F (Sabino Fuentes), filo en la altura de la cintura por la espalda. Es que nuestro hombre se había hecho famoso por un lance que pudo superar. En el estaño se lo podía encontrar con un vaso de ginebra para entonar su actuación en el piano del lugar.

En el boliche “La Paz”, era respetado y adquirido fama de guapo, que paso a contar. Solían parar en dicho antro un par de señoritas, que el tuerto Mendizábal, el fiolo, las maltrataba y explotaba. Un día de esos que no se empardan, el totuer ebrio entró a fajar a Estercita, todo bajo la presencia y mirada de los parroquianos, inclusive Sabino. Al tuerto nadie se le animaba, pues tenía un par de secuaces que lo bancaban. Esta vez era distinto, pues estaba Sabino que dejó de lado la pasividad encarando al vividor. Éste sacó el bufoso apuntando al pianista, que sin amedrentarse lo encaró diciéndole “tirá si sos guapo”, mostrándole el pecho mientras se le acercaba. Los compinches de Mendizábal sorprendidos, no reaccionaron ante la firmeza del pianista. El presunto guapo sudaba con el dedo en el gatillo. Sabino se acercaba, cuando lo tuvo al alcance le propinó dos cachetazos y le sacó el revólver. Ante el hecho el rufián, que resultó ser un guapo de boquilla, abandonó el boliche y el oficio. A partir de ese evento Sabino ganó fama de guapo y empezó a calzar el cuchiyo.

Cuentan los parroquianos del lugar, que Sabino tuvo muchas relaciones femeninas circunstanciales, nunca una pareja estable con cama adentro. Desde el evento con el que desbancó al tuerto, tuvo unos cuantos entreveros con presuntos guapos que buscaban fama. Se comenta que nostálgico de la amada ausente, la muerte era un bálsamo buscado por el hombre enamorado con el alma en orsai che bandoneón.

“El duende de tu son, che, bandoneón
Se apiada del dolor de los demás,
Y al estrujar tu fueye dormilón
Se arrima al corazón que sufre más.

Bandoneón…Bandoneón…
¿Para qué nombrarla tanto?
¿No ves que está de olvido el corazón?
Y ella vuelve, noche a noche, como un canto
En las notas de tu llanto,
Che, bandoneón…
Si el alma está en “orsai”, che, bandoneón.

“Che Bandoneón”, tango autor Homero Manzi


Ricardo Lopa
contacto: [email protected]
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