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El Chalet de los Díaz - Sarmiento 1113 en el barrio de San Nicolás

 

 

El Chalet de los Díaz

 

El chalet en la cima de un edificio

Nota de Evangelina Himitian publicada en el diario La Nación

 

Está situado sobre una mole de diez pisos, en Sarmiento 1113, con vista al Obelisco

 

Don Rafael Díaz nunca imaginó que su esfuerzo iba a traducirse en un sueño realizado. Terminaba el siglo XIX. El tenía 15 años, era vendedor en una mercería de la calle Chacabuco y a la noche dormía sobre el mostrador del negocio. Su empleador, ante el empeño de Díaz, le auguró: "Usted va a ir al Paraíso, Rafael, usted tiene un chalecito reservado en el cielo".
Ese fue el origen del chalet que se levanta en la cima del edificio de Sarmiento 1113, que se asoma sobre la 9 de Julio y que tiene como vecina la mismísima punta del Obelisco.
Ahora está casi escondido bajo carteles publicitarios. Son pocos los ángulos desde los que se lo ve. Cada tanto, algún peatón que cruza la gran avenida cree descubrirlo. "¿Y eso? ¿Qué loco hizo un chalet ahí arriba? ¿Quién vivirá ahí?" Y no. Vivir ya no vive nadie. Ahora funcionan oficinas. Pero hace muchos años sí... /p>
La idea de tener una casita en el cielo obsesionó a don Rafael. Y no quiso esperar hasta la otra vida. Un día él iba a tener un edificio de diez pisos -en el que sólo se vendieran muebles-, coronado por un chalet normando como uno que había visto en Mar del Plata.
En 1927 terminó de construir su sueño. Inauguró Muebles Díaz, que se convirtió en una de las grandes tiendas de Buenos Aires. Todo el mundo la conocía como la mueblería del chalecito. Mónica Abal de Schiavon, su bisnieta, cuenta que el hombre decidió hacerse una sucursal de la casa./p>
Vivía en Banfield. No podía volver a almorzar: entonces, creó allí un segundo hogar. Comía en la primera planta. Hacía una siestita, ni muy corta ni muy larga, y volvía a trabajar.
Su chalet no sólo rascaba la panza al cielo. En días claros, permitía ver la costa del Uruguay. Le gustaba mirar la ciudad. Desde esas ventanas, el señor Díaz vio, bloque por bloque, cómo levantaron el Obelisco en 1936. También fue testigo de la apertura de la 9 de Julio. Nada de eso estaba cuando él llegó.
De hecho, el señor Díaz sabía que la publicidad era la clave del negocio. Pero no quería pagar por ella. Y supuso que el chalecito era la mejor publicidad. Pero cuando él edificó, la calle era muy angosta y no había ángulo desde el cual divisar la casita. Tuvo suerte. O ayuda desde lo alto. Porque pronto se abrió la 9 de Julio. Y el chalecito pasó a ser parte de la típica postal de Buenos Aires, una ciudad en la que todavía corrían los tranvías.
Hoy, para llegar al chalet hay que subir por ascensor. En la planta baja funciona la administración del edificio, y en el primer piso, oficinas con alfombra gris y muebles modernos. El techo es de teja francesa. El comedor conserva el bow window con vitrales. Sobrevivieron las baldosas con arabescos del baño.
Al último piso se llega por una escalerita de caracol. Está vacío. Pero mantiene la esencia de la casa. Los ventanales enmarcan una vista única. Es posible estar bajo el techo a dos aguas de un altillo y mirar cara a cara, la punta del Obelisco.
En la terraza se mantiene una decena de maceteros repletos de flores, una pincelada de cómo se vería cuando don Rafael la convirtió en un jardín donde se exponían muebles de exterior.
Cuentan los nietos que en los años 40 y 50 el negocio fue una de las mayores mueblerías de América latina. La decadencia llegó cuando las grandes tiendas por departamento dejaron de ser iconos de Buenos Aires.
Don Rafael falleció en 1968. El negocio quedó en manos de sus hijos y, hacia fines de los años 70, los pisos se alquilaron para otros usos. Y con el auge de los carteles lumínicos, el pequeño gran chalet, el símbolo del sueño del señor Díaz, quedó tapado.
Por años estuvo abandonado. Y oculto. Fue sede de una agencia de modelos y el laboratorio de un fotógrafo.
Y así fue como los porteños terminaron desconociendo la historia de aquella casita. Cada tanto, alguno se sorprende: ¿quién habrá sido el loco que se hizo semejante chalet en la punta de un edificio y asomándose a la 9 de Julio?

Nota de Evangelina Himitian publicada en el diario La Nación

 

Radio Díaz

Fuente: http://www.rivadavia.com.ar/la-radio/index.html&id=1

A fines de la década del 20, la casa Muebles Díaz era una de las anunciadoras fuertes que con más frecuencia utilizaba el sistema radiofónico para promocionarse. Debido a eso, en 1928 solicitó la explotación de una onda propia para publicitar sus productos de manera directa. Nació así la L.O.K. Radio Muebles Díaz, que estableció sus estudios en el primer piso del negocio situado en Sarmiento 1117.

Al año siguiente los propietarios de la firma le vendieron la emisora a los señores Antonio Devoto y Benjamín Gade quienes la bautizaron Radio Estación Rivadavia y, un año más tarde, el Gobierno se hizo cargo de las estaciones y cambió las siglas; de esta manera la radio comenzó a llamarse LS5 Estación Rivadavia.

En 1934 apareció el “Folleto de instrucciones sobre Radiotelefonía”, en el cual se indicaba que las estaciones debían utilizar obligatoriamente la palabra “radio”. De esta manera, LS5 Estación Rivadavia tomó definitivamente el nombre de LS5 Radio Rivadavia.

A mediados de la década del 30 comenzó a producirse el boom de los radioteatros y Rivadavia, como no podía ser de otra forma, contó con uno de enorme éxito: “Sandokán, el Tigre de la Malasia”, adaptación de la novela de Emilio Salgari, se escuchaba de lunes a sábados a las 18.

En 1933 arrancó lo que en un primer momento se llamó solamente “Oral Deportiva”, un programa de fútbol realizado en la redacción del diario Crítica. Edmundo Campagnale y Eduardo “Lalo” Pelicciari se consagraron como las voces futbolísticas de aquella década.

Fuente: http://www.rivadavia.com.ar/la-radio/index.html&id=1

 

 

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