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El misterio de los túneles coloniales de Buenos Aires
Nadie se ha puesto de acuerdo sobre el significado de los túneles coloniales
que recorren buena parte de la zona sur y céntrica de Buenos Aires.
Proliferan las explicaciones y ninguna de ellas alcanza a descartar a las
demás con la fuerza de lo demostrado. La historia quiere documentos. Y en
esta cuestión de túneles, que por eso mismo, quizá, es tan oscura como
oscuros e impenetrables a la luz son los pasadizos que corren bajo tierra,
nadie ha encontrado todavía el ignorado manuscrito que ilumine una penumbra
que tiene ya una larga proyección de tres siglos.
Por Jorge Larroca*
Acaba de crearse una comisión municipal permanente que deberá estudiar las
condiciones de seguridad que ofrece el subsuelo de la ciudad, especialmente
el de la zona sur, donde está la parte más vieja de Buenos Aires. La preside
el ingeniero Carlos L. Krieger, de la Dirección de Servicios Públicos, y
está integrada por los señores Juan C. Del Cerro, Carlos A. Giannoni, Carlos
Sandullo todos ellos de organismos comunales y Jorge M. Santas, director del
Museo de Arte Hispano Americano. La frecuente aparición de túneles y de
recintos subterráneos como consecuencia de derrumbamientos o construcciones
ha determinado que un grupo de especialistas se ocupe, por primera vez
oficialmente, de todos los aspectos relacionados con su existencia. Se trata
de establecer, en primer lugar, qué inconvenientes pueden crear a la
población y, además, de considerar esas construcciones bajo nivel desde un
punto de vista eminentemente histórico, proponiendo las soluciones más
adecuadas. El ingeniero Krieger que viene investigando el tema desde hace
mucho tiempo- nos dijo que consideraba apresurado adelantar detalles sobre
la mecánica de la tarea que aguarda a la comisión. En nuestra búsqueda de
antecedentes hablamos con el arquitecto Héctor Greslebin, tal vez el primero
que se ocupó de estas cuestiones con metodología científica y autor de una
obra que publicará próximamente; declinó formular cualquier tipo de
referencias, aunque admitió haber hecho entrega al ingeniero Krieger, a
pedido de éste y cuando se iniciaban las tareas de la comisión, de gran
parte de su archivo sobre la materia. No ha pasado inadvertido que las
autoridades encargadas de designar a los miembros del organismo oficial
hayan olvidado el nombre del arquitecto Greslebin, alta autoridad en túneles
coloniales.
A la espera del funcionamiento de la comisión comunal y de la publicación
del trabajo mencionado haremos una reseña de los hallazgos más importantes
que se dieron a conocer, periodísticamente, desde el 1900 a la actualidad.
Insistimos: ahora, en junio de 1967, todavía no se ha publicado libro alguno
sobre el tema. El ex director del Museo Etnográfico, señor F. F. Outes,
anunció en 1928 la inminente aparición de una obra suya. Si así fue, nadie
se enteró. El primer libro sobre túneles coloniales de Buenos Aires será el
de Greslebin. Tampoco se han hallado documentos en los archivos. Queda,
pues, el testio periodístico, motivado por la aparición, en distintas
épocas y lugares, de estas sorprendentes manifestaciones de la arquitectura
de las primeras épocas de Buenos Aires.
Resulta curioso comprobar que pasara tanto tiempo sin que alguien escribiese
sobre las galerías subterráneas. ¿Eran, acaso, un tema tabú? Se cree que los
primeros subterráneos datan de fines del 1600, es decir, un siglo después de
la fundación de la ciudad por Garay. Durante todo el 1700 y la mayor parte
del 1800, ni una sola mención cuya existencia sea pública y notoria.
¿Existiría una especie de tácita censura acerca de estas cuestiones?... Lo
cierto es que la primera noticia data de 1865, o sea, una fecha dos siglos
posterior a la que se presume que se construyeron las galerías del subsuelo
porteño. Doscientos años durante los cuales muy pocos habrán tenido
conocimiento de esa red oculta y vedada. Quienes la conocieron, o supieron
de su existencia, no demostraron interés en dejarlo documentado. De esa
circunstancia deriva, probablemente, el halo de misterio, la sensación de
sobre lacrado que ha rodeado siempre toda referencia sobre el tema. Por eso,
cuando una excavación deja a la vista un trozo de túnel o vestigios de un
subterráneo arco abovedado comienzan a tejerse las historias más
fantásticas; la curiosidad agolpa leyendas con detalles cambiantes de
acuerdo con la imaginación de los testigos. Por otra parte, es sabido que
muchos profesionales de la construcción ocultan eventuales descubrimientos
de túneles en la creencia de que una intervención oficial ante el hallazgo
provocaría retrasos en los plazos de construcción y el consiguiente
encarecimiento de la obra. Prefieren no dar aviso y hacer desaparecer la
galería (con más sentido práctico que conciencia histórica) borrando cada
vez más la posibilidad de precisar el verdadero alcance y extensión de los
subterráneos coloniales porteños.
Y ahora iniciemos el descenso a las catacumbas de Buenos Aires. El jueves 19
de agosto de 1909 el diario "La Nación" publicaba un artículo titulado "Los
subterráneos de Buenos Aires", en torno a los hallazgos hechos por el
ingeniero Carlos E. Martínez en el curso de trabajos de saneamiento del
subsuelo ciudadano dispuestos por la Asistencia Pública. "Se sabía por
antigua tradición dice la nota que debajo del ‘mercado viejo’ (Alsina y
Perú) existían subterráneos, afirmándose que ellos formaban parte de las
comunicaciones misteriosas que en la época colonial servían entre convento y
convento, así como con algunos templos. Algo más había, como dato preciso,
pues cuando hace muchos años, en 1865, se construyó la puerta de entrada al
mercado, al excavar para fundar cimientos de los pilares, los obreros
encontraron una ¡bayoneta y cabellos de mujer!".
Imaginemos la conmoción que habrán producido, en aquel Buenos Aires que aún
conservaba las características provincianas de su época de Gran Aldea, esos
cabellos de mujer en un recinto subterráneo. ¿Y por qué se aseguraba que
eran de mujer? ¿Tal vez para otorgarle al hallazgo un matiz novelesco o
sensacionalista? Nada de eso. De mujer, se dijo, porque los largos manojos
de cabello aún conservaban el trenzado a que habían sido sometidos para
mejor lucimiento de sus hebras. ¡Trenzas junto a una bayoneta en una galería
subterránea! Durante largo tiempo se imaginaron historias, se urdieron
caprichosas explicaciones. Mucho después alguien daría con la verdad, en un
trabajo deductivo apoyado en la herrumbrosa bayoneta encontrada junto a las
trenzas en un oculto socavón del subsuelo del viejo Buenos Aires. Pero no
nos apresuremos y volvamos a los trabaos del ingeniero Martínez, relatados
por "La Nación". Se dice en esa nota que el doctor Penna, de la Asistencia
Pública, había indicado el Mercado del Centro como uno de los primeros
puntos a atacar en el trabajo de saneamiento. Justamente, aquel recordado
mercado del año 65. Y describe que al hacerse la perforación pudo
reconocerse la entrada a una vasta cámara abovedada, obstruida a esa altura
por gruesas vigas. "No se trataba expresa el cronista de un subterráneo
reducido. A los 14 metros de profundidad había una sala enorme con bóveda y
muros gruesos, aunque en mal estado. ¿Qué había allí? Basura, despojos de
toda clase y trenzas de cabello en gran cantidad..."
Las famosas trenzas que un cuarto de siglo antes habían dado tanto que
hablar, volvían a aparecer. Pero en esa ocasión ya no provocarían el mismo
asombro provinciano de entonces. Porque alguien, cuyo nombre no fue recogido
por la historia de los hechos menudos, ya había descubierto el enigma. Esas
trenzas eran las mismas que el general Belgrano había hecho cortar, el 7 de
noviembre de 1811, a los soldados del regimiento de Patricios, cuyo cuartel
se había establecido precisamente sobre ese mismo sitio en los años
iniciales de la Revolución. El artículo informa, además, que se hallaron
hasta seis cámaras con distintas galerías más estrechas. Una de ellas "en
tan buen estado que después de saneada hoy se aprovecha como depósito,
hallándose situada debajo del puesto de frutas de los señores Camuyrano". Se
encontraron varias cámaras, con medidas aproximadas a los 12 metros de largo
por 8 de ancho y situadas a unos catorce metros de profundidad. Nada había
en ellas que pudiera dar indicios acerca del objetivo para el que fueron
construidas. Apenas "¡un esqueleto de perro, una aceitera, un pito, un
estuche una jeringa y una calavera de gato!". Agregábase que con las
máquinas perforadoras se llegó por debajo de tierra hasta la calle Perú pero
"no se hallaron las comunicaciones que se sospechaban con el convento de los
jesuitas (se refiere al de San Ignacio, en Bolívar y Alsina) como tampoco
las perforaciones hechas hacia la calle Chacabuco nada indicaron de
comunicaciones con la iglesia de San Juan" (Alsina y Piedras).
Los descubrimientos de 1885 y la aventura vivida por un soldado inglés en
1887 -dijo haber recorrido una galería subterránea desde la iglesia del
Socorro hasta la Recoleta, unos 1.300 metros en línea recta (1) constituyen
los más antiguos antecedentes, conocidos, acerca de la existencia de túneles
en Buenos Aires. Y antes del mencionada artículo de "La Nación", en el
número de "Caras y Caretas" correspondiente al 26 de marzo de 1904, un señor
que firma Blas Vidal había publicado "Una excursión por los subterráneos de
Buenos Aires". Actualmente, este título no llamaría la atención: todos los
días, centenares de miles de habitantes de esta ciudad recorren kilómetros
por debajo del nivel de la calle. Pero una excursión por subterráneos a
principios de 1904 debe haber maravillado a loa lectores de la publicación
porteña. Por considerar interesante la experiencia transcribiremos algunos
párrafos de la nota de Vidal: "Hemos comprobado la existencia de pasajes
subterráneos, cuyo fin no deja de ser sugestivo, puesto que obedecen a un
plan general de comunicaciones entre los conventos que datan de la época
colonial. No debe suponer que hayan servido para el desagüe de la ciudad,
pues esos subterráneos nada tienen que ver con los "terceros" que en aquella
época hicieron oficio de cloacas, siendo el principal de ellos el que va de
la calle Chacabuco a la de Chile y que mide cuatro metros de ancho por dos y
medio de alto, mientras que los subterráneos en cuestión tienen de ocho a
diez metros de alto por siete de ancho, capacidad exageradísima que impide
admitir hayan sido construidos para el desagüe. Uno de ellos va de la calle
Piedras y Alsina, donde está el convento de San Juan, hasta la calle
Defensa, atravesando el Museo Nacional, la Facultad de Ingeniería y las
iglesias de San Ignacio y San Francisco. Sucesivos hundimientos en el
Mercado del Centro y en la esquina de Perú y Alsina prueban la existencia de
su comunicación, de nueve metros de alto por siete de ancho, can el techo
abovedado".
Agrega, en apoyo de sus aseveraciones, "las autorizadas opiniones de los
señores Agustín J. Péndola, secretario del Museo Nacional; ingeniero Con¡,
secretario de la Facultad citada; José Mariño, bedel de la misma desde hace
treinta años y Federico Burmeister", quien había bajado a ese mismo túnel en
1893 y levantado sobre el terreno un plano que se reproduce en la nota.
Sigamos el itinerario de Vidal: "Este mismo camino corta en ángulo recto can
la iglesia de San Francisco, atraviesa por la calle Victoria entre Defensa y
Bolívar y sigue en dirección a la calle Viamonte; y es posible que por el
sur tenga otra comunicación que una el citado convento con el de Santo
Domingo, que dista dos cuadras" (Belgrano y Defensa). Relata a continuación
parte del recorrido que pudo hacer por esas galerías durante tanto tiempo
ignoradas y dice que pudo comprobar "que esa comunicación se extiende por el
oeste, partiendo de Piedras y Alsina en dirección al convento del Salvador
(Callao y Tucumán); siguiendo de allí por la esquina de Río Bomba y Paraguay
hasta el antiguo convento de las irlandesas. Cuando quemaron el Salvador
(2), el doctor Antelo libró de la muerte a cuatro frailes que salieron de
entre los cimientos del edificio por una puerta solamente por ellos
conocida". Aquí conviene hacer una aclaración: en las páginas 81 a 107 del
II tomo de la "Historia del Colegio del Salvador", del R. P. Guillermo
Furlong, puede leerse una minuciosa descripción del asalto e incendio del
Colegio, hecha por testigos oculares de ese bárbaro episodio. En ningún
momento se alude a puertas secretas ni túneles aptos para una eventual
escapatoria. Si en verdad hubiese habido alguna galería subterránea los
jesuitas hubieran podido evitar el encuentro con la muchedumbre enardecida
que los castigó cruelmente cuando intentaban escapar saltando algunos muros
o ventanas. De manera que el relato de Blas Vidal tiene, por lo menos en
este punto, un valor muy discutible.
La índole un tanto sensacionalista de la nota es atenuada por el mismo autor
al anotar lo siguiente: "Dícese que en el hundimiento que hubo hace unos
veinte años (es decir, en 1884, aproximadamente) frente al convento de San
Juan (Alsina y Piedras) se encontró una vía subterránea y unos huesos
humanos dentro de ella; dícese que en el boquete que hicieron en la esquina
de Perú y Alsina, el general Nazar encontró unas trenzas de mujer; dícense
muchas cosas que no asentamos nosotros por no haberlas podido verificar". Y
agrega otra noticia: "En la calle Ecuador entre Paraguay y Mansilla se
produjo un derrumbe en el año 1873 y su dueño, señor Colombo, vió un
subterráneo que quedó al descubierto".
La breve descripción que hace de su viaje por una de las galerías nos ha
parecido interesante: "La brújula señalaba el NNE, suponiendo que iba en
camino de la calle San Martín, cortando transversalmente la Plaza de Mayo.
Quizá pasáramos por debajo de la Catedral. Bajamos después a la cripta de la
capilla de San Lorenzo y a la catacumba de San Francisco (Alsina y Defensa)
en la que se conservan las momias de la señora viuda del virrey del Pino y
del general chileno Mackenna muerto en duelo a pistola por el coronel
Carrera, también chileno que yacen encerradas en dos arcas de las que se
usaban para guardar caudales en tiempos del virreinato".
Varios grabados ilustran la nota de Vidal: 1) Subterráneo en casa de la
calle Victoria (Hipólito Yrigoyen) entre Bolívar y Defensa; 2) Subterráneo
que pasa por la calle Belgrano entre Bolívar y Defensa; 3) Catacumba en el
subsuelo del convento de San Francisco; 4) Cripta colocada debajo de la
capilla de San Lorenzo; 5) Retrato de Federico Burmeister (autor de los
croquis antes mencionados); 6) Croquis de la bajada a la bóveda cónica de la
calle Victoria que da acceso a una galería de antigua construcción; 7) Plano
de los subterráneos existentes debajo del Museo Nacional (entonces de la
calle Perú, entre Alsina y Moreno) y 8) Plano de la zona sur de la ciudad
por donde pasaba el antiguo ‘terceros municipal’, el principal de los
antiguos conductos de desagüe.
Mucho más atendible, desde el punto de vista de la seriedad histórica, nos
pareció el testio publicado por "La Nación" el 30 de noviembre de 1908.
Alude al templo de San Ignacio y dice: "Los que allí están no sospechan que
debajo de tierra, a cinco metros de profundidad, bajo sus plantas o sus
rodillas, hay hombres que trabajan abriendo túneles, galerías estrechas...
hombres que bajo dirección técnica competente recorren !os viejos
subterráneos tradicionales o abren nuevas vías para registrar y conocer
nuestro subsuelo con el objeto de realizar la obra de higiene y saneamiento
a que está, desde hace mucho tiempo, dedicada la Asistencia Pública. En el
Colegio Nacional Central al lado de San Ignacio, por Bolívar pasa otro
tanto".
Añade que los pozos que se practicaron en el Mercado Central buscando el
subterráneo que unía San Ignacio con San Juan llevaron a los obreros hasta
debajo de la Facultad de Ciencias Fisíco Naturales (Perú y Alsina); se pasó
bajo el Museo de Historia Natural y la línea proyectada debió desviarse algo
pues el vetusto edificio que hace tantos años amenaza derrumbarse empezó a
resentirse de una manera alarmante. Señalemos que a pesar del tiempo
transcurrido desde entonces, aún continúa en uso activo.
Desde allí los trabajos de excavación continuaron "hasta el antiguo convento
de los jesuitas, lo que es hoy el Colegio Nacional Central (actualmente,
Nacional Buenos Aires) y debajo de una de las aulas de 4° y 2° año se halló
el amplio subterráneo, como de tres metros y medio de ancho por igual de
alto, construido en ladrillo y con sus bóvedas sólidas. Es desde ahí de
donde avanza el subterráneo nuevo que se está construyendo y que hoy llega
hasta el altar mayor de San Ignacio, es decir, a cinco metros de profundidad
debajo de aquél". Acatemos que esto parece echar por tierra mucho de lo
dicho acerca de la antigüedad de los túneles que pasan por debajo de San
Ignacio, en la famosa "Manzana de las Luces". Si no interpretamos mal,
varias galerías mencionadas sólo tendrían poco más de sesenta años de
antigüedad y, por lo tanto, carecerían de la tradición que se le asigna
generalmente. Pero ya volveremos sobre estas galerías de San Ignacio.
Aunque parezca insistente la cita periodística, tenemos que seguir
recurriendo a ella, porque hasta hoy es casi la única fuente de información
de que se dispone con excepción de un articulo publicado por el señor
Vicente Nadal Mora en la revista "Historia", que citaremos más adelante. "La
Nación" del 17 de agosto de 1909 informa sobre unos subterráneos en casa del
señor Aguirre, en Bolívar 102, esquina Victoria, donde hoy nace la diagonal
Sur. Trancribamos el relato del cronista, ya ubicado dentro del recinto, a
seis metros bajo tierra: "La impresión de soledad se impuso sin rumores y
dentro de una construcción de otra época que parecía hablarnos con sus
líneas y sus silencios, nos sentimos como transportados a «aquel entonces».
Todo nuestro horizonte era ese cuadro con sus muros gruesos y elevados, sus
bóvedas y sus nichos misteriosos, sus revoques perfectamente conservados,
parte de sus pinturas y algo extraño y nuevo sorprendía: la luz no irradiaba
allí". (Esto último, posiblemente, como consecuencia del aire enrarecido del
ambiente). Y más adelante anota una afirmación para tener en cuenta:
"Subterráneos aislados sí, se han hallado muchos y curiosísimos; pero red de
comunicaciones, no". Y con referencia al recinto descripto, agrega: "Se han
practicado perforaciones en todo sentido buscando comunicaciones, pero como
en otros casos nada se ha hallado. Son obras aisladas, no sucediendo así,
según se cree, con los sótanos que existen debajo del Museo de Historia
Natural, los que por ahora no pueden tocarse pues esa parte del edificio se
derrumbarla: esos sótanos deben comunicar con la casa situada en la esquina
de Perú y Alsina, antiguo seminario de los jesuitas, ligado por un
subterráneo con el convento de San Ignacio".
Interesada en los trabajos que realizaba el ingeniero Carlos Martínez, la
revista "Caras y Caretas" se ocupa nuevamente de los subterráneos de Buenos
Aires el 28 de agosto de 1909. Y entre otras noticias indica que el
mencionado profesional informó que bajo la antigua casa de Rosas (Moreno y
Bolívar) se halló un amplio sótano con recintos y varios pozos, de unos
quince metros de profundidad cada uno. Pero en todo ese ámbito sólo se
encontró un trozo de bayoneta y un plato con el retrato de Napoleón
Bonaparte. Un plano del sótano y fotografías de los objetos hallados
ilustran la nota.
Retornemos, ahora, a los túneles de San Ignacio. Vicente Nadal Mora, en el
número 8 de la revista "Historia" (abril/junio 1957, páginas 132/137),
publicó un trabajo sobre las galerías subterráneas "que, intercomunicadas
entre sí, se extendían bajo la parte céntrica de antaño". Luego de aludir al
entubamtento del antiguo zanjón de Granados, una especie de arroyo que se
iniciaba en vecindades de la actual plaza Constitución y desembocaba en el
río por la calle Chile, recuerda que mientras se construía el actual Colegio
Nacional Central descubrió un pequeño hoyo junto a la puerta de servicio que
hoy lleva el número 233 de la calle Bolívar. Relata cómo se deslizó por la
pendiente hasta encontrarse en una galería subterránea y todos los
pormenores de su cuidadoso avance por túneles que de tanto en tanto se
bifurcan en distintas direcciones. La descripción es apasionante, aunque por
razones de espacio no nos es posible reproducirla textualmente. Nadal Mora
presume haber llegado hasta debajo de la iglesia de San Francisco o aun
quizá más allá, hacia el Cabildo. Y dice después: "Durante los años
transcurridos desde entonces, en diversas construcciones modernas se han
descubierto partes de dicha red subterránea; ella debe haber quedado
destruida y seccionada de tal modo de ser difícil verificar su continuidad.
Al hacer obras en el Cabildo fue hallado el tramo de otro túnel, del cual se
hizo un relevamiento que consta en el plano N° 50 de dicha obra, archivado
en el ministerio de Obras Públicas - Dirección Nacional de Arquitectura; en
dicho plano puede verse que la dirección del túnel es continuidad del tramo
Sur Norte por el que no pude continuar a causa de obstáculos caídos debajo o
después de San Ignacio; según tal documento, el túnel, luego de venir
perpendicularmente a través de la calle Hipólito Yrigoyen, antes Victoria,
dobla a 45° y coincide con el eje transversal del Cabildo, debajo de su
vestíbulo de entrada, y antes de llegar a la recova dobla de nuevo en ángulo
recto hacia el Norte, hacia la calle San Martín. El ancho de esta galería
subterránea se consigna en dicho plano en 1.50 metros no habiendo sido
posible verificar la altura por hallarse el suelo con escombros; la bóveda
tiene su punto máximo a un metro bajo el piso del vestíbulo de la casa
capitular".
En este punto creemos oportuno citar el testio del arquitecto Héctor
Greslebin, publicado por "La Prensa" el 9 de diciembre de 1964. Ya hemos
dicho que este profesional ha estudiado el tema con verdadero tesón
científico. Siendo estudiante, en 1912, se produjo un hundimiento en el
antiguo edificio de la Facultad de Arquitectura, en Perú entre Alsina y
Moreno. El fue uno de los que bajaron a reconocer "un túnel de bien
delineados contornos" así descubierto. Recuerda que en 1915 el ingeniero E.
Toperberg realizó un relevamiento parcial de esas galerías y sobre su
croquis, archivado bajo el N° 261 en la Dirección General de Arquitectura
del Ministerio de Obras Públicas, comenzó su investigación. En sus
descensos, allá por 1917 y 1918, utilizaba dos entradas: una ubicada en los
sótanos del Colegio Nacional Buenos Aires y otra, hoy tapiada, en los
sótanos del antiguo Museo de Historia Natural, Perú 208. En síntesis:
descubrió y recorrió tres galerías principales y varias de menor importancia
o extensión por debajo de la célebre "Manzana de las Luces". Una, de sur a
norte, atravesaba el colegio, la iglesia de San Ignacio y quedaba
interrumpida, bajo la calle Alsina, debido a un derrumbamiento. Otra, desde
el sudoeste hacia el norte, desde la calzada de Perú, muy cerca de Moreno,
hasta concluir en un trazado paralelo a la acera, unos 6 o 7 metros de ésta,
donde desemboca otro túnel. La tercera galería avanza de oeste a este,
atravesando la primera de las mencionadas y desde ella surge, además, otro
túnel en dirección a la calle Alsina.
Nosotros no hemos tenido oportunidad de tomar contacto directo con estas
catacumbas porteñas. Por eso insistimos en remitirnos a la palabra de los
estudiosos. Por respeto al lector y a nosotros mismos no nos es permitido
disfrazar desconocimientos con el ropaje de una más o menos novelesca
imaginación. Podríamos repetir para darle color a este trabajo, algunas
historias truculentas, inducir a la creencia de pasadizos secretos entre
conventos y claustros monjiles, presentar los detalles de inviolables
cámaras donde se torturaba a la manera de la inquisición o se ocultaban
armas para secretas conspiraciones. Hemos visto mucho de eso a través de
nuestra búsqueda sobre el terna. Ningún autor serio no sólo no las repite,
ni siquiera se da por enterado. Por eso, a riesgo de aparecer áridos
preferimos ajustarnos a la palabra de los peritos.
En distintos relatos que no parecen obedecer a fuentes "de muy buena tinta",
se asegura que existía todo un sistema de galerías que unían el Fuerte con
zonas estratégicas de la ciudad. Incluso se ha dicho que había ramales que
llegaban hasta lo que es hoy Villa Crespo, otros hasta Palermo y, por el
lado sur, casi hasta el Riachuelo. Nada de eso se ha demostrado. Se sabe,
eso sí, que en 1808, durante la primera invasión inglesa, el ingeniero
catalán Felipe Sentenach dispuso la construcción de una galería subterránea
desde la manzana de Balcarce, Defensa, Moreno y Belgrano hasta la Fortaleza,
entonces en manos de los ingleses, para hacerla volar con explosivos. La
obra no llegó a completarse porque la lucha frontal dio la victoria a los
criollos.
Reiteradamente se ha dicho que los túneles donde se ha instalado el Museo de
la Casa de Gobierno tienen origen colonial. Parare que no es así. En 1942,
mientras se realizaba el tendido de un tubo colector que se prolonga desde
Núñez a la Boca y Barracas, el director de esos trabajos, ingeniero Sergio
Jatunzoff, descubrió, casualmente, un túnel a poca distancia de la esquina
sudeste de la Casa de Gobierno. Al reconocerlo vio que se trataba de una
cámara, con columnas abovedadas, situada a unos cuatro metros de
profundidad. El ingeniero Jotunzoff ruso, nacido en Sebastopol en 1889 nos
informó que fue testigo del hallazgo el señor Alfredo Villegas, entonces
funcionario de una repartición nacional y hoy subdirector del Archivo
General de la Nación, quien dio cuenta a la Comisión Nacional de Monumentos
y Lugares Históricos.
"Ocurrió así ratificó el señor Villegas , y anote que esa galería forma
parte de los restos de la antigua Aduana, situada detrás de la Casa de
Gobierno y ocupando una superficie casi igual a la de la actual Plaza Colón.
El río llegaba hasta esa zona, la cual fue rellenada y elevada de nivel
cuando se construyó el puerto. Esos trabajos ocultaron la mayor parte del
piso inferior de la Aduana y así las galerías quedaron bajo el nivel de la
calzada".
Si quedase alguna duda acerca de la magnitud de las tareas de rellenamiento
agreguemos otro testio del ingeniero Jotunzoff, quien halló bajo tierra,
en el Paseo Colón, un poco más hacia el sur, las vías del antiguo
ferrocarril de la Ensenada, que tenía su estación cerca del actual monumento
al almirante Brown. Bajo el asfalto del Paseo Colón duermen, pues, los
rieles de uno de los primeros ferrocarriles porteños. Creemos que se trata
de un dato casi inédito.
Interminable sería la lista de todos los hallazgos de túneles registrados en
Buenos Aires. Más útil nos parece anotar que la tantas veces mencionada red
de comunicaciones subterráneas que habría existido en gran parte del Buenos
Aires colonial, parece producto de meras suposiciones. Nadie ha podido
demostrarlo. Y cada día que pasa se aleja la posibilidad de que se consiga
descubrir la existencia de un plan orgánico de comunicaciones bajo nivel que
se nos antoja colosal para la época. Creemos que el objetivo de esas
construcciones habrá sido principalmente el de servir de refugio ante los
sorpresivos ataques a que estaba expuesta la ciudad. Nadal Mora (obra
citada) no arriesga opinión al decir que fueron "comunicaciones secretas con
un fin aún desconocido, cuya historia queda librada a las investigaciones
del pasado de la ciudad vieja". Y del arquitecto Héctor Greslebin tomamos,
como final de este trabajo, la siguiente expresión de deseos: "Los
subterráneos no deben destruirse. Son una parte esencial de la historia
argentina y de la vida secreta y antigua de Buenos Aires. Las autoridades
municipales y nacionales deberían procurar su mantenimiento y conservación,
aunque fuera parcial".
(1) Manuel Bilbado "Traducciones y recuerdos de Buenos Aires". 7954. Pág.
437.
(2) 28 de febrero de 1875.
* Este artículo fue publicado en la revista “Todo es historia” (N° 2, Junio
de 1967).
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