|
18/08/2008 Susana
Guaglianone Club Fulgor de Villa Crespo
Revista Barriada,
En respuesta a una señora que por medio de la revista pidió información
sobre los orígenes del Club Fulgor de Villa Crespo, situado en Loyola y
Serrano, y en respuesta a una versión errónea que acabo de leer envío los
siguientes datos fidedignos y reales.
El club nació en los altillos de Castillo 694, la casa de mi abuelito,
para trasladarse en el año 1933 al actual domicilio donde se halla la sede.
El club es el resultado del impulso de un grupo de pibes, entre ellos
Ernesto, Luis y Humberto Guaglianone, y el apoyo comprometido de adultos
como don Ernesto Guaglianone padre, don Juan Baggetta, don Cayetano Perrone
y don Enrique Mórtola, entre otros. Todos estos apellidos, así como estos
antecedentes históricos no suenan rimbombantes, pero pertenecen a la
sencilla historia de la fundación. No caben dudas de la visita al club de
ciudadanos ilustres y de figuras simbólicas del tango, pero el club se creó
por el espíritu propio de la época, surgió del mismo modo que la gran
mayoría de los clubes barriales, que brotaban de los sueños de la juventud
de los hijos de los inmigrantes en las décadas del 20 al 50. Por respeto a
los fundadores y por reivindicación de los hechos auténticos pido -tal vez
con poca esperanza- que estas líneas sean publicadas. Los actores
principales no han sido FAMOSOS, pero han dejado plasmada la esencia del
proyecto de lo que hoy es el club, y es justo reconocerlo. Y podría
presentirse que dormitan los fantasmas del tango de los bailes, que se
desplegaban en los patios de las instalaciones de los viejos tiempos, para
despertarse en la realidad de los bailarines de hoy. Esos bailarines que
desconocen que en esos escenarios otra generación lejana, construía el
refugio de sus inquietudes juveniles y resguardaba la bohemia de la poesía
del empedrado, para transformarse con los años en el reducto familiar donde
estos soñadores reunían a todas sus familias para compartir fiestas, tangos
y milongas. Estos soñadores, los socios fundadores, fueron partiendo a la
eternidad y por eso no pueden gritar que ellos fueron parte de la lírica
historia de la Buenos Aires de los clubes de aquellas "barras de la
esquina". No pueden gritar ni con la voz física, ni con la voz de los
apellidos reconocidos; pero aún pueden reaccionar a través de la memoria del
afecto que supieron legar a quienes heredaron el cariño a ese pedacito de
Villa Crespo, esos herederos que también dejaron en esas baldosas las
huellas de su propia infancia. Por la memoria de mi papá, Ernesto
Guaglianone(hijo), de mis tíos Luis y Humberto Guaglianone, de Ernesto
Guaglianone (padre), mi abuelo y de aquellos nombres que aún resuenan en mis
oídos como el de los Pollola, los Atilio, los Baldach, los Louza, los
Colordo, los Epelbaum, los Litvak -la primera comisión con Baggetta como
presidente- aunque no sea de interés general, hago conocer esta simple
reseña de los principios de un club de barrio, que cobijara la juventud de
todos esos pibes que no son evocados a la hora de hablar de la historia del
Fulgor. En lo que a mí respecta, estoy convencida que en las paredes de ese
espacio la voz de un cantor de barrio que se llamó Ernesto "Coco"
Guaglianone todavía sigue latiendo, mientras exista algún memorioso que no
deje morir aquella página romántica escrita por aquellos adolescentes:
Fulgor de Villa Crespo. Y a pesar de la distancia y del tiempo este nombre
significa un pedazo del hogar de mis padres y de mi propia caminata, aunque
hoy este muy lejos.
Susana Guaglianone
P.D..Ojalá estas líneas fueran publicadas, solamente por justicia.
|
|
26/09/2007 Alberto
Subiela Un fantasma recorre Villa Crespo
Hace unos días se publicó la siguiente noticia: un grupo de empresarios
del rubro inmobiliario habían decidido “rebautizar” el barrio porteño de
Villa Crespo como “Palermo Queens”. La maniobra tenía como objetivo hacer
más apetecibles a los nuevos ricos porteños las propiedades en la zona,
elevando así las cotizaciones. Pero esta vez ganaron los buenos, la
asociación de vecinos de Villa Crespo realizó protestas formales ante el
gobierno de la ciudad y Villa Crespo sigue siendo Villa Crespo. La noticia
pasó desapercibida para casi todo el mundo, salvo para dos segmentos de la
población argentina: 1.- los habitantes de Villa Crespo 2.- los que leyeron la novela “Adán Buenosayres”, de Leopoldo Marechal. No soy habitante de Villa Crespo y creo que nunca pisé sus calles, por lo
que la opción que queda para mi interés en la noticia es ser parte del
segundo de estos segmentos de opinión.
Y es así nomás, no solo leí Adán Buenosayres, sino que creo que es la mayor
novela argentina. Marechal inventó en esas delirantes páginas una saga
porteña que hizo que Villa Crespo, Saavedra y los otros barrios nombrados,
se convirtieran en una tierra mítica de sueños, como esa Malasia de Sandokán,
o tal vez, más parecida al País de Nunca Jamás de Peter Pan. Todo lo que
pudiere decir de esta novela siento que es poco y que es una falta de
respeto ¿qué puedo decir? Que es la novela más feliz de nuestra literatura
(feliz en el sentido literal, es decir, no hay en ella tristeza, ni ironía,
ni perversión, solo la descripción bella de una ciudad y el cariño del autor
por todos esos pequeños personajes), que es la mejor descripción sociológica
de esa Buenos Aires llena de inmigrantes de todas las nacionalidades, a la
que llamaban crisol de razas, que es una reinvención de la argentinidad
(aunque no “al palo” del estilo patriotero nacional), que es una exploración
metafísica donde nosotros mismos nos encontramos en los personajes. Hay
muchísimo para decir y mucho se dijo. Aun así a los críticos literarios les
cuesta incluir a Marechal en sus cánones. Si bien ha sido reinvindicado
luego del exilio interior que vivió en los últimos años de su vida, esta
reinvindicación no llega al reconocimiento justo como nuestro mayor
novelista. Esto puede ser por su adscripción al peronismo, pero yo tengo
otra hipótesis: creo que a Marechal los grandes críticos literarios lo dejan
en segundo plano precisamente por la felicidad que trasmiten sus páginas. En
general para nuestros intelectuales, tiene más valor lo feo, sucio y malo,
que lo bello y feliz, supongo que en los “feos, sucios y malos” ven una
especie de resistencia a la autoridad. Aunque esta explicación tampoco me
convence. Creo que más bien, lo que odian los intelectuales es el humor.
Todos nuestros intelectuales son un poco como esos monjes de “El nombre de
la Rosa”, que consideraban a la risa el más terrible de los pecados. Para
nuestros monjes agnósticos la risa es un sacrilegio en el templo de la alta
cultura. Y la verdad es que cuando uno lee Adán Buenosayres, se ríe mucho de
verdad.
Pero en esta crónica no me quiero olvidar de estos cráneos del marketing
inmobiliario que quisieron bautizar “Palermo Queens”, a Villa Crespo.
“Tilingos” los llamaría Jauretche, también se los puede llamar estúpidos, al
caso. Pero el hecho es que ellos saben que entre los ricos existe esa
veleidad bobalicona de querer vivir en el “Primer mundo”. Y para ello
necesitan renegar de nuestra identidad, de nuestra cultura. Quieren ser New
York. Lo paradójico es que, si estos marketineros empresarios que tanto aman
todo lo neoyorkino, se hubieran tomado el trabajo de leer la “Trilogía de
Nueva York” de Paul Auster, se hubieran encontrado que, en ese Queens con
que ellos sueñan, en ese primer mundo tan perfecto, también hay soledades,
miedos metafísicos, perdedores y amantes desolados. En fin, también allá las
pobres almas buscan la felicidad en algo más que un piso de mil dólares el
metro. Viéndolo desde este punto, tal vez Villa Crespo y Queens estén más
hermanados de lo que creen estos giles que quieren vender departamentos. La
cuestión es que Villa Crespo, aunque las propiedades suban sus valores,
aunque se construyan brillantes torres llenas de empresarios exitosos, sigue
siendo Villa Crespo, y los fantasmas del astrólogo Shultze y Adán
Buenosayres, les seguirán recordando a sus habitantes terrenales que la
entrada del infierno está ahí nomás, atrás del viejo ombú. Publicado en
http://subiela.blogspot.com
|
|