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La semana pasada surgió de mi teléfono un pedazo de mi
infancia, a través de la voz del Sr. Roberto Orlando, presidente del
querido Club Fulgor de Villa Crespo. Me colmó de alegría recibir la
invitación para un aniversario más del club de nuestros viejos. Sentí como
que de alguna manera, en ese instante, por medio de ese diálogo telefónico,
mi papá y mis tíos estaban llamándome a volver a revisar el álbum de la
bohemia familiar, el cual forma parte de mi historia. Entonces, cuando dejé
el teléfono, comencé a evocar: “Y ¿por qué Fulgor?
Así lo bautizó Luis Guaglianone, porque lo vislumbró con la luz centellante
de los luceros, o acaso inspirado en la marca de su cuaderno de
estudiante.” ( “Y Comenzó en una Esquina...”, Ernesto M. Guaglianone,
1979). Así, continué escuchando con el alma las
palabras escritas de papá, tal como cuando estábamos en en casa:
“1933: Serrano 925 era un antiguo caserón que ocupa mi familia con nuestro
tío Abel Naddeo, quien alquilaba el inmueble. En el fondo existía un galpón
que utilizaba para la fabricación de muebles (...) y que la barra vio (...)
cuando mis hermanos consiguieron el permiso del tío. Por consiguiente, el
“Club Atlético Fulgor” tuvo su primer secretaría en nuestra casa, en el
aireado corredor con glicinas y canteros que pisoteábamos, y tablones que
servían de asientos en las reuniones, por supuesto informales (...) a esta
suerte acompañó la noticia festejada por los muchachos cuando se
enteraron que los Guaglianone nos mudábamos a Castillo 694, esquina
Gurruchaga, y que nuestro padre, a cambio de la promesa de buen
comportamiento, conducta y orden, cedía gentilmente un cuartito de
“arriba”, en lo alto de la vivienda. La puerta del cuartito exhibía el
cartel de Secretaría que confirmaba el texto del primer sello que aún
permanece en el club: “Club Atlético Fulgor. Secretaría, Castillo 694”
(...) 1938: Loyola y Serrano (...) Algunos estábamos próximos a estrenar
“los largos” (pantalones) (...) Juan Baggetta, aquel hombre que bien podría
haber sido nuestro padre, receptó la manifestación latente de aquellos
aspirantes a futbolistas y con la vehemencia y la fuerza que desprendía de
su personalidad, que más adelante veremos, nos convocamos en su domicilio
de Loyola 815. Fue así que al concretarse aquella primera, e histórica
reunión, ni siquiera pasó por la mente de los presentes, que en esos
instantes, se estaba fundando en un rincón de Villa Crespo, una cofradía de
Amistad que perdudaría, y los perpetuaría a través de las generaciones que
los sucederían en el afiebrado y abrazador ideal que se denominaría
“Fulgor”: Ideario, esculpido en el pragmático y profético crisol,
amalgamado con los sueños y las manos artífices de sus Socios fundadores,
que son: Sres. Don Juan Baggetta, Victorio y Oscar Pollola, Salvador
Colordo, Alberto y Moisés Louza, Santiago Atilio, Isaac y Vicente Baidach,
David Epelbaun, Luis, Humberto y Ernesto Guaglianone, Luis Litvak y Héctor
Pérgola ¿ Destino, enigma o tal vez premonición? Convergen de ese
conglomerado, la integración de Amigos y Hermanos en su mayoría; un hito de
orientación profética que jalona la Familiaridad que se vigoriza a través
de medio siglo.” ( “Y Comenzó en una Esquina...” Ernesto M. Guaglianone,
1979. Después, como agregándose al relato, la voz del Tío
Luis devino de una revista, desde un reportaje en el que había sido
protagonista: “ Justamente en esa época que le estaba
contando, en la Escuela Comercial Joaquín V. González de Barracas, donde yo
concurría, se hacía una revista que se llamaba Fulgor y que tenía una
estrella que refulgaba. Cuando sugerí el mismo nombre para el Club, todos
lo aceptaron. (...) Alrededor de 1938 se nauguró la pista con una velada
danzante donde concurrió el maestro Osvaldo Pugliese con su orquesta y como
primer bandoneón Enrique Alessio. Pugliese apareció por primera vez
en el 38, para inaugurar la pista de baile.” ( Revista “Días de Barrio”,
noviembre de 1998. Luis V. Guaglianone). Por lo tanto, luego
de haber charlado con papá y el tío con el lenguage eterno de los afectos
heredados, de percibir sonrisas emocionadas en los rostros de los tres
hermanos Guaglianone desde un entrañable rincón de mi niñez, yo, Susana B.
Guaglianone decidí que en honor al sueño de ellos y por respeto a mis
propios orígenes, el próximo octubre estaré presente con los míos en la
celebración número setenta y siete del club de los viejos.
Seguramente brotarán de las paredes y del piso dibujado por muchos tangos,
alguno de los que cantaba Coco Guaglianone, mi viejo, y entre los
míos que me acompañarán, estarán también mis abuelos, mis tíos, mis
padres, y mis hermanitos, perpetuamente jóvenes... porque el motivo que nos
convoca está latente en nuestra sangre, como legado de familia.
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