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Eran esos días de fantasía-realidad, cuando solamente las ilusiones se
apoderaban de nuestra imaginación.
Corría desmesuradamente la década del
60. Nosotros, allá, en esa vieja casona de Uriarte al 1700. Sentados en las
baldosas gastadas del patio mirábamos el cielo, intentando descubrir alguna
ranura que nos permitiese ver la aparición de Papá Noel entre las nubes,
mientras el sol se alejaba para darle lugar a la Noche Buena. Esperábamos
silenciosos y con ansiedad algún indicio, alguna señal que nos confirmara
la presencia de ese viejito panzón, muy abrigado con ropas rojas y pieles
blancas, que nos traería juguetes y golosinas.
Como el patio era amplio,
todos los chicos del barrio nos juntábamos a compartir la dilatada
llegada del abuelito universal. Entonces se acercaba el verdadero abuelo
nuestro, Don Ernesto Guaglianone, y se sentaba con nosotros para participar
de la reunión. Sacaba de los bolsillos de su pantalones azules, miles de
caramelos y los repartía para todos. Después, con su voz melodiosa empezaba
a contarnos historias de su pueblo, su Aquapezza natal, y nos recreaba
apasionadamente las anécdotas que había vivido en el “vapor” que lo había
traído de su “lontana” tierra. Era en ese instante cuando los ojos se le
llenaban de “la mar” que había traído de su viaje, y el rocío de diciembre
le humedecía la cara. Así, subitamente se ponía de pie, y con la misma
sonoridad que muchas veces se le oía cuando cantaba alguna canzonetta,
comenzaba a entonar una canción alegre que aún acaricia mis oídos:” Chau,
chau, chau, Mariatina, bella ,chau...”. Luego se iba caminando lentamente y
nos decía que cuando terminara de freir las “castañelas”, nos
convidaría a todos. El abuelo entraba a la cocina, y pronto nuestros ojos
se llenaban de miel y de grageas multicolor, y se endulzaba el paladar y el
corazón. Se sumaba a la alegría la voz de Luis Moreno, el solterón del
barrio, que a través de la pared medianera, nos llamaba :”¡Chicooos!”, y
sin dejarse ver, nos arrojaba juguetes para todos.
Al rato, mamá y papá nos
llamaban para “dar una vuelta” por el club, el de ellos, antes de cenar, y
los chicos vecinos se iban para sus casas.(¿Qué habrá sido de “la Titina”
que vivía en la esquina de casa?) De ese modo nos íbamos caminando con mamá
y papá , por Uriarte. Nos abrazaba Costa Rica..cruzábamos El Salvador...y
Honduras...y Gorriti... y Cabrera...y Niceto Vega...y Córdoba...y Jufré...y
nuestra familiar Castillo...y llegábamos a Loyola...y ahí doblábamos
... y pasábamos Thames...y al fin veíamos la esquina rosada de Serrano.
Entonces, entrábamos desaforadamente corriendo hasta el gran patio,
mientras mamá y papá se sentaban en el buffet a tomar una Bidú y un vermut
con Santiago y Arminda, mientras yo jugaba con “la Dianita”. Después se
acercaba Doña Juana con su marido Luis -que yo lo confundía con Glen Ford-
y con sus hijos, entre ellos Mirta, más o menos de mi edad, Bové con su
señora y sus hijos Ñato (quien me enseñó a caminar) y Tito, y otros amigos.
Mientras todos se deseaban Felices Fiestas, se escuchaban tangos , Los
Cinco Latinos y Billy Cafaro...En esa instancia, cuando Cafaro empezaba con
su” Pity, Pity, Pity, Pity, Pity, mi amor...”, Coco (papá), tanguero fiel,
le avisaba a Irma (mamá) que ya era hora de volver a casa. Al regreso
el abuelo nos esperaba con un tuco embriagante, que se comía con el
olfalto, para cubrir los canelones que mamá había dejado
preparados... y bebíamos Refrescola y ellos tomaban Talacasto, y luego el
postre de las vainillas, hasta que llegaran las doce...
Entonces se
escuchaban las sirenas, eran las doce... nos besábamos y mamá lloraba. Pero
la felicidad nos desbordaba cuando descubríamos el humilde y chiquito
arbolito repleto de pequeños regalos para todos...y enloquecidos nos íbamos
a la calle para encontrarnos con los vecinos, y festejar con pan
dulce y sidra, y sacudir algunas estrellitas. Ahí salía Don Pancracio y su
familia, toda la familia tana que alquilaba el mismo techo que alquilábamos
nosotros, y “la Lauriana”, y “la Bety”, y Doña Rosa, y la Gallega...
Todos en la calle hasta que vinieran los primeros bostezos.
Antes
de dormir, esa Noche Buena, yo leería las primeras páginas de Corazón, de
Edmundo D'Amicis, regalo de Papá Noel...Después, mucho después, supe que
Papá Noel había venido de Italia, que cantaba canzonettas, que no usaba
ropa roja y abrigada en verano... que tenía los bolsillos repletos de
caramelos, y la garganta se le llenaba de emoción cuando hablaba de su
pueblo natal, y los ojos se le cubrían de “la mar”cuando evocaba los días
de su temprana adolescencia, cuando llegó a Buenos Aires. Por eso, cuando
ya han pasado muchos años de esos días, yo les cuento a los chicos, entre
ellos a mi nieta, cuando se encuentran dudosos, que Papá Noel existe, yo lo
vi infinidades de veces, pero lo que absolutamente no es cierto es
que viaje en trineo, Papá Noel viaja en “vapor”, y a veces se deja ver en
Año Nuevo con los ojos del alma, cuando estamos todos juntos, como en en
aquellos tiempos...
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