Finalmente, y luego de un largo camino pude regresar a un
pedazo de mi infancia, cuando atravesé las puertas de Loyola 828. El Sr.
Roberto Orlando me recibió tal como un pariente espera a alguien de la
familia que hace mucho que no ve -eso me sorprendió gratamente. Allí
entrábamos mi marido y yo.
Mientras el tango se impregnaba en los pisos y en las paredes
del espacio, yo observaba en los recuerdos las figuras danzarinas de mis
padres, garabateando un cuatro por cuatro en el inmenso (y más inmenso aún
para mí en esos días de infancia), patio de la calle Serrano. El patio ya
no estaba, ni tampoco los viejos amigos de la familia que nos recibían con
un beso cálido con aroma a tallarines, o a paella, o a pastram, o a jalva,
o a fatay.
La esencia de la familia Infante, los Bonelli, los
Bové, los Atilio, los Mórtola, la Rosita y el Tongale, Roberto Orlando muy
joven parodiando con otro chico un aria del “Barbero de Sevilla “en alguna
fiesta de aniversario...todos, palpitaban en el suelo donde otro club se
erguía, para reafirmarme que la vida obligaba a mutaciones. Fulgor de Villa
Crespo ya no era el mismo.
En la entrada un señor mayor que se
encargaba de la recepción, conservaba los rasgos de aquel pibe que
acompañaba a Orlando en la parodia de “Figaro, Figaro, Figaro”. A pesar de
tantas décadas y décadas yo lo reconocí...El club de los viejos había
cambiado...
El club de los viejos había cambiado, pero en cada
pareja, desbordando tango, estaba el espíritu del sueño de aquellos pibes
que, ladrillo tras ladrillo, partido de fútbol tras partido de fútbol,
proyecto tras proyecto, plantaron las raíces de un árbol, tal vez hoy
podado, pero con un tronco que aún eleva sus ramas intentando llegar hasta
los cielos.
El club de los viejos no era el mismo, pero estaba
cargado de milonga. Vibraba en Villa Crespo tan vivo como en los años de mi
niñez...solamente había cambiado el modo de vibrar...el modo de mostrarse.
Guardaba la historia de sus fundadores , pero se presentaba al mundo como
una moderna pista de baile cubierta, dispuesta a recibir a cuanta
personalidad local o foránea que quiera ser convidada con tango y con un
bufet destellante de mesas intimistas.
El club de los viejos ya
era septuagenario, y este era el festejo de su cumpleaños número setenta y
siete.
Cuando la orquesta de vinilo detuvo su melodía, la voz del
presidente anunció la llegada de una festiva torta cuya luz irradiaba
fulgores dentro de la tenue iluminacón del espacio...Y nos invitó a Beba
Pugliese y a mí a apagar simbólicamente la bengala que oficiaba de vela.
Beba, hija de Osvaldo Pugliese, maestro del tango, quien inaugurara
alrededor del 38 (según Luis Guaglianone) la pista de baile en el club. Y
yo, hija de Ernesto Guaglianone, quien junto a sus hermanos y otros pibes,
escribiera las primeras letras de esta historia, que -como la luz de
bengala de la torta – destellaba fulgor en Villa Crespo.
Después
Orlando nos condujo a mi marido y a mí hacia la terraza , nos mostró la
placa con el nombre de mi padre e inevitablemente surgió la aspereza que el
mismo Roberto Orlando supo limar con sus palabras...cuando me explicó algo
similar al concepto de que Pugliese era el espíritu de esa milonga, pero
que los nombres de los socios fundadores figuraban impresos en una de las
paredes de la entrada de la casa y que siempre eran recordados con respeto.
Entonces me sentí llena de rosas rojas en un piano...y de yumbas... y de
canciones (“La vieja Serenata”) que entonaba mis padre...y de los ochos que
dibujaban los pies de mi madre... y ahí, en ese preciso instante fue cuando
le pedí a Orlando que me permitiese hacer un homenaje a una
significativa parte de la página fundacional de este pedazo de cultura
llamado Fulgor...a la memoria de mi viejo, de mis tíos y de mi abuelo, que
en cuya casa de la calle Castillo se empezaba a gestar la historia, la del
club de los viejos y la de mi propia vida.
Como un llamado
ancestral, y a pesar de las distancias espacio-temporales que hay entre el
barrio de mis orígenes y yo, siento que esa añoranza de infancia y el calor
de las tradiciones de la familia, atraen mis nostalgias hacia el querido
club. Sin fines de pertubar este ámbito distinto, sin intenciones
lucrativas, sin ánimos de perjuicio alguno, tal vez avasallando el tiempo
de hoy, que ya no es el de mi padre y de mis tíos... ahora, con el afán de
las memorias vivas, espero el acontecimiento, que sin duda reconfortará el
alma de ellos, que aún siguen estando en estos pisos, en estas paredes, y
en mi apellido.
( “ Eramos como una familia”, Chiche Infante, 23 de marzo
de 2011)
Susana Guaglianone
susanaguaglianone@yahoo.com.es
"La Junta
Barrial y de Estudios Históricos de Villa Crespo"
por
susana guaglianone

El 23 de marzo, fecha del 91 aniversario del natalicio de
Cayetano Francavilla, varios herederos del orgullo crespense fueron
reunidos para conformar la Comisión de Homenajes a Personalidades que
encendieron el calor local que caracteriza al barrio desde sus orígenes. El
espacio elegido para la celebración fue la Biblioteca Popular Alberdi. La
cordialidad de Hugo Tornese, Presidente de la Junta Barrial y de Estudios
Históricos de Villa Crespo, y de su cálida compañera Ana fue la convocante
que agasajó a cada uno de los invitados La convocación se vio representada
por el arte, la literatura, la música, el teatro, las obras y actividades
realizadas por aquellos vecinos que fueron quienes configuraron las formas
de lo que hoy aún intenta ser una pujante fuente cultural.
Los
descendientes de aquellos hacedores del barrio también representaron
naturalmente las distintas colectividades que constituyeron los pilares
históricos del barrio. Así, a manera de crisol de apellidos ilustres se
produjo una grata recreación, tal como si la hubiera proyectado Vaccarezza.
Allí se fusiono la esencia “tana” con la “gallega”, la “moishe” y la
“turca”. Y hubo otra proyección que atrajo la atención de todos los
presentes: un video exponiendo todo el recorrido de la Junta Barrial desde
su comienzo hasta nuestros días, que permitió apreciar todas las
actividades y logros efectuados por la Junta. Los aplausos que surgían
espontáneamente de los convocados expresaban felicitaciones por la tarea
cumplida.
Hubo donaciones de libros y reconocimientos a
personajes significativos en la historia del barrio, pero el matiz más
romántico fue el que pinceló la poética figura de Max Berliner. El sencillo
hecho de observarlo y escucharlo mientras habla induce el deseo de decir.
“A nuestra edad la vida es bella y maravillosa.”
En cuanto a
mí,creo que mi corazón estalló de emoción y de orgullo, cuando fuera
mencionado el nombre de mi padre, y entonces, el apellido Guaglianone
conjugó la presencia de mi abuelo inmigrante, de mis tíos y de mi papá
nombrado en la historia de la fundación del querido Club Fulgor de Villa
Crespo.
Infinitamente agradecida a la Junta Barrial e
Historiadora por la invitación al evento, y mi especial gratitud a Huguito
y Ana Tornese por el trato atento y familiar para todos los invitados, así
como el respeto igualitaro a cada uno de ellos.