Ricardo Tarnofky Contacto:
26/12/2010
"La llama de la leyenda"
El comienzo
Los europeos llegaron a estas tierras allá por el Siglo XVI procedentes
de España.
Vinieron en el año 1536, al mando de Don Pedro de Mendoza. Más
de 1.200 personas cruzaron el océano Atlántico en 14 navíos con la
intención de asentarse en estas costas, y así lo hicieron. Llegaron
marineros y soldados, religiosos y médicos, aventureros y delincuentes,
artesanos y algunas mujeres. Construyeron un caserío, más bien precario.
Comenzaron relaciones con los aborígenes querandíes, con quienes
intercambiaron objetos por alimentos. Esta situación amistosa no duró
mucho tiempo. Los españoles querían imponer su fuerza a costa de las
buenas relaciones. Los querandíes comenzaron a hostigarlos para que se
fueran; los colonizadores levantaron una empalizada para protegerse. El
caserío se transformó en Fuerte y lo bautizaron con el nombre “Real de
Nuestra Señora Santa María del Buen Ayre”.
Sus armas de fuego marcaron el límite de acercamiento de los
hostigadores. Este aislamiento provocó un problema muy serio: la escasez
de alimentos, el aumento de las enfermedades y, también, de muertes.
Un hecho insólito generó, quizá, la primera leyenda relacionada con
nuestra Ciudad de Buenos Aires.
Entre los pobladores del Fuerte, se encontraba una joven española a
quien llamaban “la Maldonado”. Ella no estaba dispuesta a morir de
inanición por respetar la prohibición estricta a abandonar el sitio.
Al inicio del crepúsculo, en un descuido de la guardia, huyó
con destino incierto.
A poco de andar, se precipitó una lluvia torrencial. Continuó escapando,
a pesar de las fuertes ráfagas de viento. Así, empapada, llegó al borde
de un arroyo que, alimentado por la lluvia, amenazaba escaparse de sus
márgenes, y, de persistir la intensa lluvia, lo lograría. Intentó cruzar
el arroyo, no pudo, se detuvo, avanzó por la orilla, evitando ser
arrastrada por la correntada. La lluvia sólo le sirvió para atenuar la
sed. Por fin, encontró un refugio, una cueva abierta sobre la brusca y
prolongada pendiente de contención del cauce del Arroyo. Entró en
cuclillas, se desplomó, hambrienta, y se durmió. Esa cueva era
territorio de un enorme puma hembra que apareció sigilosamente husmeando
y olfateando a la intrusa. Satisfecha de tanto comer, dejó caer, al lado
de la mujer, un trozo de carne que le había sobrado de su cacería.
Cuando la Maldonado despertó, comió lo que encontró sin
interesarle su procedencia. Poco después, escuchó un rugido desgarrador
desde la entrada de la cueva. Descubrió a la puma que estaba echada, a
punto de parir. La Maldonado, se acercó, la acarició, le habló,
hasta que, finalmente, la puma lamió con su lengua áspera a los dos
cachorros recién nacidos. La felina convirtió sus estremecedores rugidos
en mansos rezongos. La mujer se alegró y rió.
Al amanecer, los indios querandíes que merodeaban a lo largo
del Arroyo vieron, sorprendidos, a la mujer, la puma y sus crías
paseando juntas (y de inmediato sintieron un gran respeto por esa mujer
que no le temía a las fieras). Cuando los animales se alejaron, llevaron
a la mujer a la toldería, y la cuidaron. A partir de entonces el hambre
y las enfermedades ya no fueron problemas.
Un día la Maldonado que caminaba sola por los alrededores, fue
sorprendida por una patrulla de soldados españoles que andaba en busca
de alimentos.
Al regresar al Fuerte, la enjuiciaron a la Maldonado por
desobedecer las órdenes y la condenaron a muerte. La ataron a un árbol
cercano al arroyo donde fuera encontrada, y la dejaron a disposición de
las fieras y las alimañas.
Cuando llegó la noche, un rugido estruendoso, estremeció la
soledad que la rodeaba, presagiando un final trágico. Vio dos
fieras trabadas en lucha. Poco después, la vencedora, se le acercó con
sus ojos llameantes y gruñó suavemente, luego, le lamió los pies.
Cuando los soldados regresaron la mujer seguía atada, la puma que
no se movía de su lado lanzó un rugido amenazante. Pero varios disparos
al aire, hicieron que la puma y sus cachorros se apartaran del lugar,
manteniéndose alejados de los humanos.
Finalmente, los soldados llegaron al Fuerte y contaron lo sucedido, la
condena quedó sin efecto. “Las fieras no la atacan; al contrario, la
protegen”, se escuchaba murmurar entre los pobladores. “Nosotros no
podemos actuar en contra de la voluntad del Creador ¡La Maldonado queda
absuelta!”, dictaminaron las autoridades del Fuerte.
Los pobladores recibieron la decisión con júbilo, y el arroyo,
que fue escenario de sus aventuras y desventuras, fue bautizado, desde
entonces, “Arroyo de la Maldonado”.
Existen algunas versiones de la leyenda con un final trágico.
El autor prefiere el final relatado.
Hoy, cuatrocientos setenta años después, podemos afirmar que lo
que también perdurará para siempre es la “Leyenda de la Maldonado”.
La primera fundación de “Buenos Aires” fue efímera. Después de 5 años de
permanencia, los españoles se retiraron.
Cuarenta años después volvería una nueva expedición española,
no atravesando los mares como la anterior, sino, desde Asunción del
Paraguay, conducida por Don Juan de Garay, esta vez para quedarse para
siempre.
La leyenda continúa – 1
Desde las primeras décadas del siglo pasado, los habitantes de
Buenos Aires han realizado inmensos esfuerzos para dominar el ímpetu
natural del Arroyo. Construyeron puentes y vados con variado éxito.
Después, decidieron entubarlo, dejándole cierta libertad de movimiento,
de expansión. Decir “entubarlo” es en forma figurada. En realidad,
se construyó un túnel de 17 metros de ancho por 5 metros de altura, con
robustas columnas alineadas en todo su trayecto. Fue una obra de
ingeniería descomunal. Lo taparon. Construyeron una gran Avenida sobre
su traza serpenteante, con varios tramos rectificados, atravesando toda
la ciudad desde el noreste en el barrio de Palermo, hasta el oeste en
Liniers. A su paso, cruza o en algún caso limita los barrios de Villa
Crespo, Caballito, Villa General Mitre, Villa Santa Rita, Floresta,
Vélez Sarsfield, Villa Luro, Versailles. Recorre 10 barrios relacionados
con el pasado, el presente y el futuro del indómito Arroyo.
A la Avenida la nombraron Juan B. Justo, en honor a quien
fuera destacado médico y político argentino, y, también, fundador del
Partido Socialista en la Argentina. El color que identifica a ese
Partido político es el rojo y es por eso que las veredas se embaldosaron
de ese color. Es verdaderamente inaceptable que hoy día sólo queden
algunos tramos con el color original y no se cumpla la norma que le dio
origen.
Pavimentaron los carriles externos con adoquines pequeños de
granito –denominado “granitullo”, distribuidos en semicírculos
concéntricos- para el tránsito pesado y los otros con carpetas
asfálticas para los vehículos más livianos.
Todo estaba bien mientras no lloviera. Cuando ocurría, es más,
cuando hoy mismo llueve, ya entrado el siglo XXI…, el Arroyo se
agita y se rebela, se asoma vivo a la superficie y produce serios
problemas por las inundaciones que genera.
Es entonces cuando la antigua leyenda cobra actualidad.
La leyenda continúa – 2
Cuando los vehículos urbanos se desplazan rodando sobre el
pavimento asfáltico mojado por la lluvia, producen un sonido
característico que es debido al efecto combinado de la rodadura de sus
cubiertas de goma en contacto con la superficie lisa de la calzada y el
agua desplazada velozmente entre los vericuetos de sus dibujos
bajorrelieve. ¿Tiene un nombre particular este sonido? Tal vez. En todo
caso, pareciera ser la conjunción, en forma irregular, superpuesta o
alternada, de siseos, silbidos y chasquidos. Pero, a este sonido
complejo por sí mismo, nunca se lo escucha aislado.
Generalmente, superpuesto, puede distinguirse el goteo múltiple
de la propia lluvia sobre el pavimento, sobre los vehículos y sobre los
árboles cercanos.
Si la tormenta viene acompañada por fuertes vientos de
superficie, se producen silbidos ululantes que se suman al concierto
improvisado. Y si el viento se desplaza en ráfagas, tal vez sea mejor no
estar presente en ese escenario.
Envueltos por este cúmulo de múltiples
sonidos variados, discordantes, desacompasados, altisonantes, muy pocos
se han aventurado a aproximarse a alguna de las tantas bocas de registro
ubicadas cada tanto sobre la calzada, a lo largo del extenso trayecto
del Arroyo canalizado bajo el pavimento, para escuchar el sonido que
emerge por las ranuras de ventilación de las pesadas tapas de hierro.
Algunos relatos resultan estremecedores: “... las aguas del
arroyo, avanzan impetuosamente con su caudal creciente y arrollador a
medida que corren hacia su destino final para derramarse en el Río de la
Plata. Esto provoca un ruido ensordecedor como resultado del efecto de
amplificación que produce la propia estructura envolvente del túnel. Y
como si fuera poco, se agrega la multiplicidad sonora del entorno:
lluvia intensa, ráfagas de viento, el rodar de los vehículos con sus
esporádicas frenadas y bocinazos, truenos y descargas eléctricas desde
las alturas”. Este relato es común escucharlo en Floresta, Villa Santa
Rita, Villa Gral. Mitre, Villa Crespo o Palermo.
Si se aguza el oído se podrían distinguir las diferentes
frecuencias sonoras: los sonidos más graves, los más agudos, los
externos, y los provenientes de las profundidades oscuras de las aguas
revueltas, y así, hasta lograr reducirlas al nivel sonoro de un
murmullo.
Quien logre esto último, escuchará con absoluta claridad un
rugido desgarrador, el que surge de las entrañas del antiguo Arroyo,
como un recordatorio del episodio vivido por “la Maldonado”. ¿Qué duda
cabe? Es el rugido del puma hembra acompañado por el dúo de gruñidos y
maullidos chillones de sus dos cachorros.
La llama de la leyenda
Al correr la década del ’60, los “Refutadores de Leyendas, una
abominable secta racionalista de Villa del Parque, se hacían contar
viejas historias para luego mostrar su falsedad”. Así lo asevera
Alejandro Dolina en su “Crónicas del Ángel Gris” (1). La
antigua “Leyenda de la Maldonado” no escapó a los ataques
descalificadores de los Refutadores de Leyendas que divulgaban una
versión muy diferente de la original. Así, se relata en las mismas
Crónicas, la existencia de una gran serpiente que habita en el Arroyo
soterrado, ocupando toda su extensión, que comete acciones horrorosas.
Sin duda esa era una intención perversa para crear en la gente el
desconcierto y la incredulidad. Con el correr del tiempo, perderían
fuerza ambas leyendas hasta que fueran definitivamente olvidadas. Tal
era su finalidad.
Este grupo fundamentalista contaba con el apoyo de “Los Amigos
del Olvido”, pequeña organización de Caballito, “quienes patrocinan la
abolición del recuerdo, según dicen, porque duele”, y no se cansan de
enunciar que “todo recuerdo es triste”. Este apoyo era más retórico que
práctico. Por su propia idiosincrasia, estaban condenados al fracaso.
Prometían apoyarlos y poco tiempo después la promesa caía en el olvido.
Por esto último, los Hombres Sensibles de Flores, nunca llegaron a
inquietarse. Sus verdaderos oponentes eran los “Refutadores de
Leyendas”.
Los Hombres Sensibles sabían que no sería fácil, pero estaban
dispuestos a luchar por sus ideales. Ellos mantendrían viva la llama de
los mitos y leyendas que alimentan el espíritu. Estaban convencidos de
que, día a día, se engrosarían sus filas, porque aseguraban que “muchas
personas son Hombres Sensibles sin siquiera sospecharlo”.
Es indudable que, la nueva agrupación de las “Mujeres Sensibles
de Villa Santa Rita”, tuvo una fuerte influencia en “Los Hombres
Sensibles de Flores”.
Como no tenían local propio, se reunían en el Bar de la esquina
de Nazca y Gaona, en el límite con el barrio de Flores. Allí se
encontraban, proponían ideas, discutían, buscaban como promover su
filosofía de vida. Rápidamente, esta noticia llegó a conocimiento de
“Los Hombres Sensibles de Flores”, sus vecinos de barrio, quienes no
tardaron en cruzar la frontera norte para conocer a sus émulas
santarritenses y así relatarse
sus experiencias,… y acercar sus “sensibilidades”.
Los Hombres Sensibles, bien lo sabemos, se enamoran para
siempre. Ahora sí, podían dejar atrás los infortunios causados por las
señoritas “Amigas del Olvido” que se paseaban por el barrio de Flores,
enamorándolos, y luego “se olvidaban rápidamente de ellos sin el menor
remordimiento”.
No está demás agregar que, con el correr del tiempo, se formaron
parejas de Hombres y Mujeres Sensibles, quienes en las noches
tormentosas salen del Bar y caminan juntos por Terrada o Artigas hasta
la Av. Juan B. Justo, se acercan sigilosamente a las bocas de
ventilación del arroyo y aguzan sus oídos para escuchar los
estremecedores rugidos de la puma y sus cachorros. Ellos y ellas pueden
hacerlo, y se sienten felices.
No está demás agregar que, con el correr del tiempo, se
formaron parejas de Hombres y Mujeres Sensibles, y, también,
matrimonios que procrearon Niños y Niñas Sensibles.
Desde entonces, han pasado más de 50 años. Hoy, finalizando la
primera década del Siglo Veintiuno, podemos afirmar con alegría que,
mientras los Refutadores de Leyendas son cada vez menos, los Hombres y
Mujeres Sensibles somos cada vez más. Por esto último, podemos confiar
en que la Leyenda de la Madonado permanecerá.
(1) DOLINA Alejandro –
Crónicas del Ángel Gris – Ediciones de la Urraca, 1988.
Ricardo Tarnofky
Buenos Aires, junio de 2009 /
Modificado: diciembre de 2010
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