Ricardo Tarnofky Contacto:
12/06/2010
"Juegos Callejeros"
-Abu,
quiero que me cuentes: ¿A qué jugabas cuando eras chico como nosotros?- le
pregunta la nieta, mientras su hermanito mellizo juega con la computadora,
concentrado, intentando ganarle a un adversario virtual. -¡Aaah!... todo era
muy diferente: no había televisión, la compu era una máquina de ficción,
¿Internet? ¡Ni soñar con Internet!, nada de e-mail, nada de jueguitos
electrónicos, nada de chatear con los amigos, nada de mensajes de texto... Como
se darán cuenta, era muuuuuy pero muy diferente a como juegan ustdes: ¡El juego
estaba en la calle! La calle era el lugar de todos los días para encontrarse con
los amiguitos y poder charlar, bromear, pasarla bien... jugar. El nieto, que
parecía estar abstraído en lo suyo, interrumpe su cliqueo sobre el teclado y
dice: -Está bien, abue. Pero, queremos detalles: ¿Qué hacías?, ¿Cómo te
divertías? -En el año 45,... del siglo pasado ¿verdad?, era común que
los chicos nos encontráramos en la calle del barrio para jugar. La calle no
tenía los peligros y riesgos de hoy: Los vecinos se conocían, pasaba un auto
cada tanto, despacio, alertando con la bocina, con cuidado. Aparte de patear
una pelota de goma y de divertirnos con el yo-yo, el balero y el barrilete, que
ustedes conocen, teníamos otros juegos que hoy prácticamente desaparecieron.
Así, los varones jugábamos en la vereda a “las figuritas”. No todos las pegaban
en álbumes para tratar de ganar una pelota de fútbol. Las arrojábamos, parados
detrás de una línea imaginaria cercana al cordón de la vereda, haciéndolas girar
con un enérgico movimiento de la mano para aproximarlas lo más cerca posible a
la pared, y el mejor posicionado las revoleaba bien alto para quedarse con las
que, al descansar sobre el piso, mostraran la “cara” hacia arriba.
“¡Espejito!” gritaba el que la dejaba recostada contra la pared y se ganaba
todas las figuritas en juego. También jugábamos a “las bolitas”, sobre
tierra apisonada, con un hoyo para embocar. Había que alejar del hoyo a las
bolitas de los otros chicos con certeros impactos de la bolita propia y, a pura
destreza, hacer ”hoyo” para ganar las de los competidores. Además, hacíamos
torneos de “trompos” donde los mini trompos que cada jugador hacía girar al
mismo tiempo dentro de un círculo marcado con tiza en el piso pasaban a poder de
quien, al impactarlo con su mejor trompo, lograba expulsarlos del límite
circular. Para conducir rodando “el aro”, que generalmente era la llanta de
algún triciclo en desuso, se utilizaba una horqueta construida con un alambre
grueso al que le dábamos la forma apropiada doblándolo con nuestras manos. Se
requería una práctica paciente para aprender a trasladarlo con habilidad por
caminos difíciles, como ser sobre el cordón de la vereda, esquivar o saltar
obstáculos en carrera, subir y bajar desniveles abruptos como el cordón de la
vereda. Pero, el juego excluyente en los meses de verano era sin duda
la “caza de mariposas”. Y esto no sucedía en una zona poco poblada o
suburbana sino en pleno barrio de Caballito. Los veranos, en esos años, eran
uniformemente calurosos. Eran un estímulo para pasar muchas horas afuera de
nuestras casas, al aire libre. La calle Valle, entre Centenera y Cachimayo,
era el territorio donde tenía lugar el instinto de la caza. Las mariposas, a
veces en bandadas y otras veces aisladas, se desplazaban volando de oeste a
este, erráticas, pero siempre en la misma dirección, como si tuvieran un destino
común al cual llegar. Las había de distintos colores y tamaños, las fáciles de
capturar y las difíciles, las más abundantes y las excepcionales, esas que no
aparecían a menudo. Las amarillas o anaranjadas eran las más frecuentes y no
tenían un nombre especial, pero a las blancas, que eran menos frecuentes, se las
llamaba “lecheras”. Las de tamaño mediano aparecían menos: los “galerones” de
vuelo cadencioso, de color naranja intenso con puntos y ribetes negros, y las
hermosas “siete colores” muy difíciles de apresar por su vuelo imprevisible. Por
último, el “limonero”, la más grande de las mariposas que se aventuraban a
revolotear por Caballito, enorme, de fondo negro con manchas amarillas, la que
no se veía casi nunca, de vuelo lento, nervioso, errático, pero de reflejos
rápidos para evitar ser atrapada. Capturar un “limonero” era el premio mayor que
todos queríamos lograr, pero difícilmente lo lográbamos. En aquella
época, ninguno de los chicos cazadores sabíamos algo más sobre las mariposas que
lo que les acabo de contar. Ni siquiera conocíamos el proceso de metamorfosis
que da lugar a una mariposa, desde que una de ellas deposita sus huevos en la
hoja de un árbol o arbusto característico para cada especie, hasta convertirse
en larva, oruga, crisálida y, por último, emerger transformada en una hermosa
mariposa. Tampoco sabíamos que la mariposa “galerón” es una prima de las
“monarcas” que en el hemisferio norte recorren 4.500 kilómetros desde el norte
de Estados Unidos y Canadá hasta el sudoeste de México para reproducirse cada
año. Nuestras “monarcas” vuelan sólo 1.500 kilómetros desde la zona de Magdalena
y Punta Lara, pasando por Buenos Aires, Rosario, Santa Fe y Córdoba, para
arribar a Salta en busca de mejor clima para su desarrollo. Al “limonero”
-papilio thoas en latín-, asimismo se lo llama “mariposa del naranjo”. En
realidad se me ocurre que podría llamarse “mariposa de los cítricos”, porque
también se aloja entre los pomeleros y los mandarinos.
-La caza no se hacía con redes, era más primitiva. Como “arma” para
cazar debíamos buscar alguna rama de árbol que sirviera, la mejor entre los
paraísos de las calles del barrio, y entonces cortarla y deshojarla manteniendo
intactos los filamentos. Después, rama en mano, esperar,... observar,... estar
atentos,... correr por las veredas y por la calzada a lo largo y a lo ancho de
la cuadra en pendiente y cazar derribando con certeros movimientos de nuestra
rama-arma, sin herir, sin lastimar, sin matar. Enseguida, guardar a las
frágiles presas en un frasco de vidrio con su tapa perforada con un clavo “para
que respiren” y alguna flor en su interior “para que se alimenten”. Al día
siguiente, si asomaba el sol, había que prepararse otra vez para satisfacer al
instinto cazador que provenía desde el fondo de los tiempos,…y continuar la
cacería de las indefensas mariposas. Y el abuelo finaliza:
-Así es como jugaba yo cuando tenía la edad de ustedes. Seguramente,
cuando sean abuelos, les contarán a sus nietos como jugaban, de chicos,...con la
compu y la “play station”. Y sus nietos les van a preguntar: -Perdón, abue,
la “play station ¿qué era? Buenos Aires,
junio2010
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