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Sustancia Psicoactiva
por
Ricardo Lopa

29/05/2010
Te
busco en el lugar indicado, en la mesa de la
Esquina Sur que da por San Juan, al oeste de mi
Boedo natal.
Sorpresa, mesa aquerenciada, ocupada ¡vine
temprano! Pero, no, el bobo marca las 15
hs, lamentablemente, o para bien, el boliche,
está lleno, el morfi va y viene. Ah, la tele,
fiel compañera de todas las malas noticias,
clavada en su canal vitalicio, está muda, pero,
sus títulos, quieren decir mucho.
En un rincón medio olvidado, hay una mesa
vacía haciendo juego, que presto arrimo el
bochín. Mientras, el mozo canta “marche un
milanesa a caballo para la siete, y una de
muzzarella con morrones a la ocho” Muy achicado,
en vos baja, para no quemarme, “Negro, traeme lo
de siempre”.
Mientras espero, ahí nomás me ofrece el
diario, éste con sonido, como queriendo
prolongar el mal augurio televisivo, me resisto.
Al rato cantás presente, te acercás de la noma
de Manuel, mozo de moño del lugar. No te
achicás, para bien o para mal, siempre estás, y
me comenzás a chamuyar.
Y me contás que te bancaste las fulerías y
agotadoras tardes de invierno, de tan requerido
la compañía ofrecer. Y me tirás, que en verano
no te borrás. Ni hablar de la primavera que a
tayar comenzás, y del otoño la estación ideal.
Allá por marzo de 2009, Ella y Él,
estudiantes ellos y el final por rendir. Se
sentaron, inquieta Ella, más sereno Él. Aparecí,
me integré, y fui excusa, de poco estudio, y
chamuyo de Él, y sonrisa de Ella. A la hora,
repitieron y poco leyeron. Volví con más fuerza,
Él dejó el libro, suavemente la mano de Ella
acarició. Ésta, al roce la suya unió, me dejaron
en banda sin consumición, y de raje piantaron
buscando mejor satisfacción.
El mes de abril, preanuncia la anticipada
sudestada de llovizna duradera. Ella y una silla
vacía. Espera. Ansiedad, los eternos segundos se
van. Espera. Me da entrada, la veo preocupada.
Me revuelve sin cesar, como queriendo los
nervios calmar. Mira por la ventana llueve, ahí
viene, no, ansiedad. Sin prisa me consume, como
no queriendo terminar. Los segundos son minutos.
Agacha la cabeza me ficha, pidiéndome la
explicación que no le puedo dar. Sus labios me
saborean ayudando la angustia calmar. La mesa,
ella y una silla vacía, yo para acompañar; el
otoño con la lluvia parece llegar.
A otra mesa de muda miradas, suelo arrimar,
llovizna, charla que no dice nada, miradas que
dicen mucho. Final, me dejan enfriar, despedida,
palabras que no dicen nada, ojos que dicen mucho
("el valor de la mirada").
Los días que se hicieron meses, pasaron, y
Julio llegó. Y entraron dos tipos meta cabrón.
Sin que me pidieran, el mozo de fórmula me
acercó. A la mesa me integré. De una, la bronca
percibí. Hablaban un idioma, indescifrable hasta
ese momento para mí. Primero creía escuchar taka
taka, que pase acá, pase allá. Me asusté
¡volvieron! Enseguida me tranquilicé, al
escuchar, del arquero al tres, de éste al cinco,
luego al cuatro, vuelta al cinco y al ocho
después. La mitad de cancha quedó atrás, y el
diez la lleva sin chistar, elude a uno y al once
le alcanza la pelota, se la devuelva a puro
toque, y el gol está por llegar.
Al rato, comprendí, que de tiki tiki se
trataba y un estilo embellecido del fútbol
jugar, que generalmente sirve para ganar. Pero,
me enteré, que no fue el caso en la gran final,
la mano vino de choreo, según cantaban los
puntos al chamuyar. Fui la excusa, una vez más,
para la bronca descargar. El puño de uno la mesa
golpeó, me quedé vacío, pues al otro me volqué.
Casi ni me garpan, pero fue apronte por olvido
nomás. La función cumplida, y la bronca
desparramada. Hombros encogidos, solapa
levantada, manos en los bolsillos vacíos, los
puntos resignados, se alejan rumbo a Pompeya,
aliviados.
El frío empieza a piantar, la primavera se
hace notar, pues, los pájaros cantan sin cesar.
Un beso en la mejilla para empezar, como quienes
falta intimar. Mientras doy vuelta por el
mostrador, los ficho, acurrucados de cara, pero,
escondiendo la realidad. A pedido, y de la mano
de Manuel, comienzo a participar. Esto no
va andar, murmura Ella, mientras vacila al
hablar. Él se resiste a aceptar, y me saborea
despacito, como queriendo que el tiempo no
transcurra más. Soy cómplice mudo, de una
relación sin principio y con final. Él sabe que
me puede convocar una y mil veces y no le
fallaré, pero, Ella, piensa, ¡dónde estará!, por
eso me saborea despacito, como queriendo que el
tiempo no transcurra más.
El calor, perezoso se resiste a laburar.
Entonces, al hombre que está solo y no espera,
lo hube de bancar. Es el punto que no busca a
nadie para charlar. El que necesita consigo
mismo estar, pero no está solo, pues, lo he de
acompañar. Es el que mejor recibe y trata. No me
degrada al solicitar, jerarquizándome, pues el
mozo me trae sin preguntar. Me arrimo en
pocillo, me acaricia suavemente con la cuchara,
y comienza a leer. Ahí está, es mi primo
hermano, el libro, componente mudo de la
comparsa, que el hombre conmigo supo integrar.
Me endulza un poco, no mucho, haciéndome más
grato al paladar. Repito, no mucho, para no
empalagar, y así calor le pude suministrar.
Frío acondicionado del verano y él,
preocupado vestido de gris. El hombre espera en
una tarde sin fin ¿vendrá? Pide el diario, me
arrimo para la escena completar. Con un
movimiento de abrir y cerrar los dedos, corta mi
actuación. Una hoja y dos, la clavada se ve
venir, pero, soy sustancia psicoactiva, lo
empujo a combatir. Continúa. Su equipo perdió,
omite el deporte, mira el reloj y duda en
repetir. “Che mozo”, decidido en reincidir.
Cosa que no llega a decir, mejor, traeme dos,
soy feliz, Ella acaba de venir.
Rotación, el fresco malévolo retorna sin
permiso pedir. Al veterano, le cuesta el breto
cargar, son muchos abriles de andar y andar. Lo
ficha al mozo y con un simple guiño, me arrimo
para calentar. Son años de duro trajinar,
prohibido fumar. Las ansias quiere calmar.
Intento aportar, pero no es solo a mí a quien
viene a buscar ¿dónde está? pregunta sin cesar.
Al rato con un miau, se arrima, y el punto la
comienza a acariciar, es Romina, la gata del
lugar. En la falda la hubo de incorporar, le
chamuya despacito, como si la parda mina lo
hubiere de escuchar. La quía se acurruca y se
deja mimar, mientras me termina de tomar.
Calentito el veterano, breto en mano, se aleja
del lugar, la Romina lo comienza a extrañar y
yo, por otras mesas a deambular.
Después de un año de trajinar la melancolía
suele llegar. Los estudiantes, ¡dónde andarán!,
al igual que las mina que espera sin cesar. Las
miradas que se entrecruzan sin concretar y, los
futboleros que broncaron tampoco están. Todavía
se parece escuchar, “esto no va a andar”y al
hombre que está solo y no espera, lo empiezo a
extrañar. Recuerdo la alegría del que la vio
llegar. Por ahí anda Romina, buscando al amigo
para abrigar.
Al rato cantás basta, y te rajás de la noma
de Manuel, el mozo del lugar, buscando otro
punto para historias contar. Complacido, me piro
caminando por San Juan, satisfecho de los
chimentos que me supiste narrar en la mesa de la
Esquina Sur que da por San Juan, al oeste de mi
Boedo natal.
Ricardo Lopa
Mayo 2010
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