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Elso Peralta, de
filo
por
Ricardo Lopa

20/09/2009
Y
fue en un día cualquiera de invierno de
aquellos, viento del sudoeste, agua nieve,
transformada al ratito nomás en abundante
lluvia, pero que no es tan desagradable, si se
acercan hechos del pasado a hacerte compañía y
la Esquina Sur de mi Boedo me cobija. Los
recuerdos se amasijan eclass="clase22" n la sabiola, se me
aparecen, se entrecruzan, se entreveran como dos
guapos del arrabal.
Y en el Boedo, por entonces Almagro, que por
cultura y personalidad se piantó solari, lo
imagino venir medio de balanceo acompasado a lo
Barquina. La mano del cuore en el bolsillo y la
diestra, atenti a la sorpresa, siempre presta.
Uno nunca sabe, después lo supe, cuando se va a
dar la ocasión y el piro de la cintura para el
tajo de la defensa en busca del cuerpo, matador.
Y en la última mesa sobre San Juan, como
quien mira al oeste, aparece mi figura con dos
tazas, una café cortado para un servidor, ¿y la
otra?, pregunta Carlos, el zomo. La realidad
dice solo, y es cuando mi archivo mental se abre
y bate “Elso Peralta, de filo” y el guapo
aparece y lo convido con un café, y comienza el
chamuyo de una vida donde la fantasía y realidad
se confunden. Pero, para que quitarle a la
imaginación ese lujo de parlar a gusto, en una
tarde de esas que no se empardan con un guapo
que hubo habido en el Boedo matinal, y que
ahora, después de muchos abriles se acerca a
dialogar.
Y si bien no era Pizarro que con pinta
de rudo el oscuro, de puñal llevar, supo un día,
el guapo en el Sur sus lances afrontar y vos
Elso no ibas a defraudar. “Morocho como el
barro era Pizarro,/señor del arrabal;…/entraba
en los disturbios del suburbio/con su frío
puñal./Su brazo era ligero al entrevero/y oscura
era su voz./
Derecho como amigo o enemigo/no supo de
traición./Cargado de romances y de lances/la
gente lo admiró. (“Eufemio Pizarro”. Tango.
Manzi-Castillo, Cátulo)
Tampoco, el golpeteo anunciaba la llegada de
Ramayón, el guapo que a la cita no a de faltar.
Pitando un puro solía aparecer en los bailes
posta de los patios de arrabal, luciendo con
orgullo su lustrada bota militar. De lope oscuro
brillaba en las salas donde solía tayar. Su
presencia, desparramaba respeto. Diquero para la
milonga, naifas, no le hubo de faltar, pero vos
Elso lo ibas a empardar. “Resuenan en
baldosas los golpes de tu taco./Desfilan tus
corridas por patios de arrabal./Se envuelve tu
figura con humo de tabaco/Y baila en el recuerdo
tu bota militar./Refleja nuevamente tu pelo
renegrido/En salas alumbradas con lámparas de
gas./Se pliegan tus quebradas y vuelven del
olvido/Las notas ligeritas de Arolas y Bazan…(“Ramayón”
Tango. Manzi-Herreros)
No era delgado y pálido color noche. Ni traje
oscuro lo empilchaba. También viola, supo
cargar. Y cansino en su andar, justo con la
noche al barrio solía llegar Betinoti. Moño y
jopo, pinta de bacán. Era todo un personaje al
chamuyar, y al que todo el malevaje, supo
admirar y vos Elso, puro arrabal, no ibas a
desentonar. “En el fondo de la noche/la
barriada se entristece/cuando en la sombra se
mece/el rumor de una canción/Paisaje de barrio
turbio/Chapaleado por las chatas/Que al son de
cien serenatas/Perfumó su corazón.. (“Betinoti”.Milonga.
Manzi-Piana)
Y si bien no eras, Pizarro, Ramayón o
Betinoti, el payador, se cuenta que en los
lances tayabas como el mejor.
Te me apareciste ayá por los cincuenta en mi
barrio que fue tuyo, de Homero, Julián, Cátulo y
otros antes que mío. Ahora que piantaron ellos,
vos y los otros, es mío, compartido con algunos
otros de allá, pero pocos de acá. Hombre
mayor por entonces, con morada en la mitad de
cuadra de Castro, entre Tarija y Constitución,
conventillo en la descripción. Se decía que
la habías yugado por Soldati y Lugano. El carro
cargado de chatarra te daba dique de fierrero y
no cualquiera se te animaba, pues el oficio en
aquellos barrios lejanos jodido se presentaba.
Mezcla de infraurbanos y pampa, más campo que
barrios, y vos la tayabas. Para el tajo siempre
se te vio presto, nunca le escapaste al bulto y
la esquina de Cóndor y Lafuente, tu preferida,
pero no única, supo de tus hazañas no
compartidas. Corajeadas que luego del entrevero
le batías el final, entre mezcla de
arrepentimiento y agradecimiento, a tu Cristo el
Obrero del arrabal.
Veterano y yo pibe, supe de tus andanzas por
el Sur. Los mayores las chamuyaban en noche de
tute que supe presenciar. Ojos grandes, oídos
prestos, y exageraciones de unos y el descrédito
de otros y el bocho del bepi entre todos, y las
jarabas relojear.
Y el gurrumín de pasaje a adolescente, y el
Elso Peralta aparecido en la sabiola que daba
vueltas y vueltas sin cesar. Ya era hora de
buscar en el arcón de los recuerdos, ¿había sido
tan guapo como lo pintaban? ó ¿sería un as de
cartón más? Y de oídos prestos a la cuota de
oreja fresca, para que la caliente la historia
del que filo supo calzar y que paso a relatar.
En invierno chambergo, lengue, y funyi, y en
las tres estaciones restantes, también. Nada de
ruda macho, pero mucha hembra. La del audio
siempre presta para un jazmín del pais. A la
entrada del convento de Castro, jazmín en tierra
era la provocación para ornamentar tú oreja
izquierda, la del corazón. Una vez se cuenta
que te vieron en camisa, minga de funyi y
jazmín. Fue cuando tu jermu, la Clara supo a la
vecina abofetear, saliste de raje para separar,
que ni tiempo tuviste para empilchar.
Se comentaba, que enterado de una mala muerte
de un correligionario en Alsina, te arrimaste
para el lado de Pompeya y más allá para cobrarte
la muerte del quía. Y porque eras radical
yrigoyenista, y además, gomía de los amigos,
cruzaste el puente de filo, y batiste “ si sale
que salga cortando sin titubear”. Para
completarla hiciste guardia de honor en el
velatorio del militante, como esperando que te
vengan a buscar, y pucha que esperaste en vano
el tajo desenvainar. Y se dice, que solamente
para determinadas ocasiones se te piantaba el
jazmín, y, para el caso, al pie del jonca para
redimir.
Finas manos, escolaso, timba y algo más.
Cartel en puerta: “Elso Peralta, chatarrero”,
quedaba lindo, pero dudoso de cumplimentar.
Dicen que te junaban en chata, manos pulcras,
zapatos renegridos, con pinta de bacán, siempre
con los mismos fierros, por el que dirán. Nunca
te vieron yirar negociando chatarra vieja para
comprar, pero ibas a la quema de filo y a
tajear. Eras hombre de la sexta, donde
Pedro Bidegain supo tayar. Tuviste comité en
Cochabamba, como quien ficha San Juan, tirando
para Quintino Bocayuba, y fuiste puntero, que a
los afiliados supiste laburo enganchar. Claro,
que también libretas acumular, al momento de
votar. Cuando la malaria con uniforme
llegó, se te vio chumbo calzar. Bancaste al
Peludo y a don Pedro que lo hubo de
representar. Seis de Setiembre del ’30, el
desfile de la mocosada bandeada por un traidor y
encabezada por un retirado, pudo por Callao al
Congreso llegar. Del Molino a tiros los
recibirán, pero no los detendrán. El ejército
leal, esperaba órdenes que Elpido no pudo o no
quiso dar. Y los pebetes del Colegio Militar
marcharon desde El Palomar hasta La Rosada Casa
sin parar. El vice, se tomó en serio eso de
presidente provisional. Qué errado estaba el
hombre. La ilusión del pobre le duró 25
horas, de patacón y por el bajo rumbeó y de la
escena política desapareció. El pueblo, al
Peludo, el mismo que lo debió bancar lo supo
abandonar y otra clase social, junto con las
corporaciones el piro le hubo dar, y Uriburu el
8 de setiembre del ’30 jurar. Pero don Pedro
a sus hombres juntó. Ahí estabas vos Elso, de
filo y calce para la ocasión. Después de la
jura, ya sin gente, que la hubo y mucha, los
boinas blancas, vos incluido, revuelo provocaron
entre la milicada del Correo Central y Casa de
Gobierno y gran barullo nacional. Se tirotearon
entre ellos. El flamante Ministro de Guerra, se
hizo cargo de la represión e hizo fama ‘justo’
para la ocasión. El filo no fue tajo y el chumbo
cargado quedó, la barra de la Sexta el raje se
tomó, y vos te viniste para el rrioba para mejor
ocasión. Estuviste un tiempo guardado, el
comité de Cochabamba “Boina Blanca” cerrado.
Y la Morocha tirante de la chata, te vio
volver. Sin chambergo ni chumbo, pero con filo,
funyi, lengue, tu presencia se hizo ver. Había
pasado el invierno, la primavera estaba al caer,
pero fría tenías el alma, al volver. Al suave
toque del látigo, Boedo al Sur rumbeó. ¡Cómo la
querías a la yegua! agua, morfi y protección,
nunca le faltó. Y a la quema llegaste, el laburo
se intentó, pero el filo primó. Te estaban
esperando, la cargada no tardó en llegar. Se
dice, de boquilla, que te llevaste puesto a dos
y a un tercero lo dejaste para otra ocasión.
“Con el Elso no se jode”, dijiste por lo bajo y
sin chistar, y te alejaste sin mirar atrás.
Al feca de la esquina, Castro y
Constitución para datear, la barra te vio
arrimar. Con dedo en el funyi se te vio saludar,
a la muchachada de tu Boedo natal. Enfilaste
para la mesa que te sabía cobijar ¡oh sorpresa!
un punto de trajeado y chambergo para el chumbo
ocultar, en tu querencia supo estar. Pucha,
dijiste, este la banca no me va a copar. Vos de
filo, él chumbo intentó sacar. Tarde piaste le
cantaste. Al tipo, al oído susurraste y una
copita invitaste. A partir de ese día, nadie la
mesa osó ocupar, era la del Elso Peralta, el
guapo que no se dejó madrugar. Pero tu
vida no era solo guapear, pues los salones del
arrabal también te vieron milonguear. Tu jermu
oficial el nido y al cachorro se quedó a cuidar.
La invitaste una y otra vez, y otras tantas se
negó acompañar. Te mandaste solo y minas no
pretendiste ganar, pero, no obstante un par de
trifulcas supiste generar, que ya paso a
botonear. La Balear de San Ignacio solías
frecuentar. En milongas bravas, de aquellas, te
supiste entreverar. Tango con corte de meta y
ponga te gustaba bailar. No había percanta que
te pudiera aguantar. Y fue Laura, la minusa
de arrabal que se intentó arrimar. Diquera la
mina, te fichó sin cesar. No preguntaste si
tenía dueño, y la invitaste a milonguear. Y así
fue nomás, y quedaron dueños de la pista y
bailaron sin cesar. La joda poco tiempo duró,
pues la naifa tenía trompa y el quía
apareció, y era el Ángel, que por Boedo solía
tayar y en la Balear la solía bancar.
Disculpas no le pediste, explicación te pidió.
Tu hombría, impidió chamuyar que la Laura te
apuntó sin parar. Asumiste la iniciativa, cuando
no era verdad, pues, sin duda, la que primerea
es la mina, que meta dale que dale hasta el
punto arrimar. Y el que te jedi que no la iba
con vueltas te increpó muy mal. La mina te metió
en el brete y no la ibas a defraudar, pero, no
tanto por ella que era un dique más, por vos era
la cosa Elso, que no te ibas a achicar. Al
principio, dijiste “calmate que va a terminar
mal”, pero ante la insistencia, la cortada de La
Balear los vio salir a lancear. La del cuore
en el bolsillo, pituco se te vio en el
acompasado andar, ibas preparado para aguantar.
El Ángel que no tenía nada que guardar, te ganó
en compadrear, pues ambas manos en los bolsillos
tenía cuando se arrimaba a pelear. Pero ya en
la yeca, y bien cerca. Vos y él, ambos se
ficharon, pero también batieron en alta vos “si
por esa mina rantifusa valía la vida jugar y
ella el lance disfrutar” Los vecinos con silla y
mate, esperaban el desenlace fatal. La velada,
afortunadamente, no concluyó ahí nomás. A
los guapos rumbear por Boedo de parla se los
vio, mano en el bolsillo uno, el otro, las dos.
Enfilaron pa’ el Sur, y al llegar a San Juan, en
la esquina que Homero iba hacer inmortal, se los
junó entrar. El Nippón los escrachó en una mesa
meta y ponga, sin filo chamuyar y café cortado
tomar, junto con Eufemio, Ramayón y Betinoti, el
payador, y al Elso el muerto levantar. Y
en la última mesa sobre San Juan de la Esquina
Sur, hay dos tazas vacías, la tormenta pasó al
igual que “Elso Peralta, de filo” . Retornando
voy por San Juan doblo por Castro y al llegar a
Constitución, lo imagino en su mesa del boliche,
piernas cruzadas, funyi, lengue, chambergo y un
jazmín en la de escuchar. La zurda guardada, la
diestra presta al filo, y dos fecas, uno para un
servidor.
Ricardo Lopa
Boedo, setiembre de 2009
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