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La Gata Alegría
por
Ricardo Lopa

06/08/2009

Hermosa tarde de marzo. La jornada de
trabajo, zarpó. El día y la hora, ameritaba el
tenis. Agradable deporte, que con discreción, se
puede practicar hasta...
Útil para desenchufarse del laburo, y proseguir
enchufado en la vida. Además, no hay contacto
personal, ni roces como en otros deportes.
Claro, a excepción “del doble mixto”.
La cuestión que Jorge, tal el punto del otro
lado de la red, a la hora indicada ni noticia.
Celular apagado. El quía, Ricardo, de plantón,
como punto en la primer cita del levante diquero
del sábado.
¡Qué hacer durante la dulce espera! El bocho,
lo compartía entre el ausente recriminado y con
una frase de Paulo, “el rey del horario del
court”, que me machacaba el cerebro.
Correr alrededor de la cancha, fue el inicio,
luego otra llamada infructuosa, y la renuente
frase de Paulo que persistía;
- qué tal la familia
- ¿ qué familia? El gato, mi señora y
punto.
- Notaste Paulo, que pregunté por la familia;
gato y señora fue la respuesta, en ese orden.
- que observador habías sido Ricardo.
El gato, la pucha, me machacaba el marote
¡como lo quieren!
Solo como novio engrampado en el altar, con
la raqueta como madrina, hacía tiempo hasta que
la marchita anunciara la presencia de Jorge,
¡media rara venía la noma! Ojo, no confundir, es
una simple metáfora. Mientras de un lado de la
cancha me mandaba tres saques, e iba, del otro
lado, repitiendo la maniobra, y me chamuyaba
“claro el gato, parte de la familia, sin partida
de nacimiento, pero con la de adopción”
De hecho, empecé a recordar la historia de
Estrella.
Vos ni te imaginás la automaticidad y
abstracción que se logra con la mencionada
práctica de saque. Tres, caminás, pensás. Juntás
las pelotitas, caminás, te preparás, pensás. Que
importante es el ocio, cuando lo empleás para
pensar. Necesito el ocio para pensar.
Y yo pensaba, y en mi Estrella.
Te cuento, un día de esos que no se empardan,
de patacón al feca de San Juan y Boedo, paso
obligado debajo de la Autopista 25 de Mayo.
Vos bien sabés, que la función de la misma es
variada. Además que circulen vehículos por
arriba, por ajoba, sirve de atorro a indigentes
y otras yerbas.
No le esquivo al bulto, y al pasar por la
misma, percibo un chamuyo especial. Mi cuota de
oreja fresca presta, lo capta. Un hermoso gato
negro, que parecía decirme “Ricardo,
¿me adoptás?,
la mano viene fulería para rebuscármela solo,
los jovatos no dan abasto, además, estoy cansado
de vivir en la yeca, y que me alimente una mina
cualquiera de una casa cualquiera, dale”. Lo
ficho, jeta a jeta, aprieto el libro que llevo
en la zurda y continúo en busca del boliche.
Pero ya no era lo mismo, el que te jedi, te
confieso, me había impresionado, le veía algo
distinto al callejero, viste, como si lo
conociera de toda la vida. Habiendo hecho unos
cien metros, presiento que alguien me clava los
ojos en la nuca. Lo primero que piensa un
hombre: ¡una mina!, gil dejate de estupideces,
¡un rrocho! mil gracias, no.; ya sé, ¡el gato
negro!
En verdad, sin darme cuenta el tipo me había
impactado, y en realidad entre una jermu y el
punto, deseaba que fuera el quía.
Bruscamente me doy vuelta, decepción, ni
mina, ni gato negro, sí un groncho con un aro
colgando, que lo ficho con cara de poco amigo,
el tipo no entendía nada, y quizás nadie en ese
momento, ni yo mismo podía comprender, que lo
que esperaba y deseaba era ese cariñoso gatito
negro.
Bueno, fue. Café, meditación de lo hermoso
que es poder ver pasar a la gente que va y viene
de laburar, como uno. Sabés, solo el que estuvo
privado del placer de caminar y observar por un
tiempo prolongado, puede disfrutar detrás de una
ventana de un boliche, pocillo y broli de por
medio, solari , ver vivir, tan solo eso, estirar
la noma y acariciar la vida y ser parte de ella.
Y mirando, mirando, a quien veo paradito en la
ventana de fichaje, si al que te imaginás. Al
Cholo, pues así lo bauticé.
Te cuento la reticencia, era por no quedar
prendado del cariño del Cholo, pues la
experiencia en tal sentido había sido buena,
pero con un triste y solitario final.
Cuando pibe, vino de ronga Estrellita. La
mamá, afincada en lo de Rafael, el sotipe de
enfrente, había tenido cría de unos cuantos
ejemplares, y la que te jedi fue colocada en
casa.
Estrellita, desde su llegada iluminó la casa
con su blanco resplandor. Blanca teta, como
solía decir ingenuamente la abuelita, limpita, y
mimosa la mocosa. Empilche de prima, sombrerito
haciendo juego, rubricado con moño y adorno
rosa. Era agil como una gata, que otra cosa
podía ser. Eso si, la mina era independiente. Se
adaptó al ambiente pero puso condiciones, a
saber: morfi y atención veterinaria, es decir,
como tener una obra social. Era la alegría de la
casa, “la gata alegría”.
La muy engrupida, al tiempo, le agregó al
petitorio; variedad y graduabilidad en la
alimentación, pues la piola manyaba, que si bien
estaba cómoda, la obsesividad
iba en aumento, debido a la gran cantidad de
comida y al sedentarismo.
Claro que era una solicitud muy especial, un
pedido de miradas y hechos, sin audio. Quedaba
en mí, hacerle más confortable el ambiente, para
que logre el bienestar apetecido. Era, como
cuidarle la silueta y el carácter a una piba en
crecimiento, con la diferencia que ésta, quizás,
alguna vez, deje de emitir reclamos. La pobre
Estrellita, dependía mucho del quía, no podía
controlar el ambiente, pero, por esa misma
razón, había que crearle el hábitat. No escapaba
a mis temores que la minita se pirara, buscando
en la yeca el libre albedrío, pasando el control
a sus manos.
Claro, comprendía que la casa, a pesar de ser
más holgada que un departamento, la limitaba a
la pobre. Pero, no obstante, y ella lo sabía,
cumplía una misión familiar importante. Sabés,
se nos arrimaba en invierno, no sé,
si para darse o darnos calor, ese calor de hogar
que ella y nosotros, la familia, presentía. En
verano, de raje, salvo, la muy rana, cuando el
aire acondicionado le brindara el alivio que no
tenía en el exterior. Pero siempre el hogar de
por medio.
Le tiré unas pelotitas de tenis de segunda,
para que nuestra mina juegue en primera. Claro,
que mucho no le duraba, los pelos de la pelota
eran su deleite, ¡si la habré llevado a lo de
doña María para que le mida el empacho!.
Pero la especialidad de la casa, era
cuidarnos de los roedores, ¡que los hay, los
hay! El paraíso, especie de árbol, son criaderos
en sus boquetes y agujeros, especialmente cuando
tienen unos años, como el de casa. La cuestión
que con la Estrellita aliada, nunca una rata, ni
lauchita, por pequeña que fuera.
Además, el inmenso árbol que penetraba en
casa por sobre la terraza, le daba la
posibilidad de ejercer sus funciones naturales,
además de hacer un poco de gimnasia, y
entrenarse para no perder las cualidades innatas
de la especie.
La amplitud del inmueble, y la función de
guardiana, le disminuía el sufrimiento
psicológico y el stress que le generaba el
‘cautiverio’.
La cuestión que la minita, si bien no tenía
el ambiente ideal, tenía la suficiente libertad
para sus ‘cositas’, pero no para el libertinaje,
bueno, eso ella no lo sabía. Le trataba de
generar situaciones para que se encuentre cómoda
y se sienta útil, y ella, lo sabía. Estaba
saciando con este comportamiento su apetito,
enfrentando el stress con relativo éxito, pues a
la libertad, se le agregaba la utilidad. Además
no se sentía vigilada, pues en sus andanzas por
los árboles, el nuestro y los vecinos, la
Estrellita, tenía los estímulos necesarios para
vivir como gato, sin que nadie la controlara,
bueno, por lo menos, era lo que ella creía y ¡yo
le creía a la muy pícara!
En un par de años, era una veterana en los
quehaceres domésticos. Morfi de prima, pero, se
mantenía ágil, por las diversas tareas que
llevaba a cabo.
Pero, hay días inconcebibles en la vida.
Bueno, uno puede comprender la muerte en ciertas
instancias lógicas y esperables, pero el raje
no, eso no.
Era un miércoles, si, seguro que lo era. Lo
recuerdo bien porque es mi día libre. Bueno,
como se mire, sin clases, pero ocupado en otros
menesteres.
El ritual, de pasalacua para el ñoba, la
caricia diaria a Estrellita de atorro en el
sillón. Sorpresa. No estaba, era la primera vez
en años que faltaba. Se habrá ido de excursión
por algún lugar de la casa. ¡estará en la planta
baja!. En mi excursión en busca del diario, la
esperanza, que todavía persistía, se esfuma como
la Estrella.
Negativo, bueno, ya aparecerá. Próximo paso,
el ritual de la afeitada. ¡Qué joda! Sí, pues
mientras te rasurás pensás, y el bocho trabajás.
Y en el chobo, Estrella era la ‘prima donna’.
Tenía un presentimiento fulería. Y así fue
nomás. La pebeta se tomó el raje. Primero como
todo hombre engañado “claro, la alimentamos, la
formamos, y cuando estaba de prima, se tomó el
piro a callejear”. “La cuestión que la minita,
si bien no tenía el ambiente ideal, tenía la
suficiente libertad para sus ‘cositas’, pero no
para el libertinaje, bueno, eso ella no lo
sabía”, y ahora comprendía, que yo tampoco.
Pasados los días, la bronca se
transformó en melancolía y tristeza por la
pérdida de una más de la familia.
Comprendés ahora, la reticencia en adoptar Al
Cholo. Ah, te habrás imaginado de donde viene el
nombre. Así se los llama cariñosamente a
nuestros paisanos de tez oscura. La realidad era
que el Cholo estaba ahí afuera, por San Juan
esperando, meta hacerme caripela.
Me hice el fesa y empecé a desandar lo
andado en busca de casa. Pero, lo curioso que el
Cholo hacía de guía, señalándome el camino. ¿y
éste de que la va? me preguntaba.
Meta por San Juan, llegamos a Castro. Ojo,
que ya habíamos hecho tres cuadras y el punto
siempre al tefren. Castro, otras tres cuadras,
el Cholo de dorapa en la puerta, esperando que
abra. Después de lo cual, se mandó sin pedir
permiso, como uno más de la familia, se había
autoadoptado, y de hecho fue aceptado. No te
batí que era cachorro, del mismo tiempo que
Estrella cuando apareció. Claro que me la hizo
recordar, pero era inevitable.
Trepó felinamente las escaleras, y, ¿dónde
fue a acurrucarse? En el mismo sillón que usaba
la desaparecida. En ese instante, volvió a mi
mente la ocasión que lo vi por primera vez, y
comprendí recién ahora la sensación; el quía no
me resultaba extraño, pareciera que lo conocía
de toda la vida, y él también, con las actitudes
que tomaba.
Los comentarios familiares, el rito de la
comida y al apoliyo.
Por como te dije, hay días que no se
empardan. Por esas cosas que tiene el destino,
también era un miércoles, primero yo. La tarea
cotidiana, y al pasar por sillón cama, observo
no uno, sino dos gatos; uno negro y otro blanco,
juntitos como si fueran familiares.
Luego me enteré, por esas fantasías que tiene
la vida, que La Estrella, se había enamorado, en
sus andanzas por el paraíso, de un gato de la
yeca, y decidió seguirlo a callejear. Tuvo
muchos hijitos, y un buen día se dio cuenta que
no los podía alimentar y cuidar como
correspondía, la crisis mundial le había
alcanzado, y decidió instruir a un par para que
se vengan para el pago, pues sabía la buena vida
que les esperaba.
La cosa, que en vez de uno, ahora teníamos
dos, El Cholo y El Cristalino. Pero te canto la
justa, ¡Estrella, cuánto te extraño!
Ricardo Lopa
Boedo,
agosto de 2009
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