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El Bulín de Quito
por
Ricardo Lopa

03/07/2009
Integrante anónimo de ésta, nuestra ciudad de
Buenos Aires, te voy a botonear.
Se le ocurrió aparecer, de puro porfiado
nomás, allá por el treinta. Al Peludo lo
piantaban y el Quito llegaba. Soldati fue la
cuna, luego Bajo Flores y el Pasaje Cacique, y
le di la cana en Boedo, al Roque.
Cuando pibe, lo junaba como parte de los
grandes, a pesar de su pequeña contextura y
grande cabellera rubia.
Ya había rajado don Miguel, su drepa, de la
Soldati natal y afincado en el Boedo adoptivo.
Bueno la diferencia no era mucha, pues Boedo
formaba parte del trípode constitutivo de la
Confederación del Sur, junto con Patricios y
Pompeya. Salvo mejor opinión, no queda para nada
desubicado que le agreguemos Villa Soldati.
Las mañas eran las mismas. Andar acompasado,
tipo Barquita; chinchudo hasta lo insoportable
sin ser el Malevo Muñoz, bueno la pequeñez no
daba para más que enojarse y tener algún
encuentro diario, pero siempre al tefrén el
sotipe. Claro a los que manyan con la pelotita
tienen su apodo; Beto, Tito, y otros, a vos
Quito y también por eso del diminutivo del
nombre.
Con el tiempo los mayores fueron creciendo,
el quía, jamás. Siempre igual, el más grande en
edad entre los grandes, pero la testa el más
purrete de los jovatos.
La familia Severino, tal el apellido, se
completaba con Toto, hermano menor de Quito. El
trío se conchabó en Castro 1432, casa de
inquilinato de los cincuenta, con muchas
habitaciones y familias, en bajo y altos. La
finca tenía la particularidad que al tefren,
como quien mira al norte, había un local que
supo ser zapatería. Bueno, en ese espacio al que
había que llegar franqueando la puerta principal
subir un par de escalones doblar a la izquierda
y descender los escalones trepados, y entrar por
atriqui. Y por fin ahí estaba el Bulín, con cama
matrimonial para tres; papá y los dos hijos.
Ahí comienza el batilongo a toda orquesta de
nuestro hombrecito. Ejemplar único e irrepetible
de nuestro sur porteño. Entrar al Bulín era como
recibirse de grande. Escuchar conversaciones de
grandes y, a veces, hacer cosas de grandes. Era
sacar escuela de vida que te otorgaba carta de
ciudadanía de mayor. Claro ésta se compone de
muchos aditamentos, uno de ellos, el laburo,
bueno, ahí escaseaba por agotamiento originado
en el atorro de Quito. Evidentemente el punto no
la iba con el yugo.
Gracias que terminó la primaria, después de
un raje de la escuelita del Pasaje Cacique en
Bajo Flores, por mostrar por debajo de la
pequeña puerta lo que no se debe a quien no se
debe.
Llegada la veintena la cosa se complica un
poco. Al lamentable fasolari que siempre lo
acompañó como prioridad al morfi, había que
manyarlo no solo de jeta, sino de de vez en
cuando, con algún rebusque para el vento
temporario. Cuestión de changuear un día y
descansar el resto del mes. Tal el caso del
choreo al jovato Miguel de las llaves del mionca
“El Tábano”. Misión, hacerse unos mangos en
domingo de clásico, levantando aficionados en
Boedo y rumbear hasta “la quema”, claro cuando
los que garparon manyaron que el que te jedi era
del Globo, la cosa terminó en la 32.
La ‘colimba’ en marina, no fue solución. Los
dos años de correr, limpiar y barrer, no lo
devolvieron laburante, sí con ansias de
recuperar el tiempo perdido en el apoliyo, vaya
si le dio al catre. Cuentan las malas lenguas,
que cuando el dolape con la baja volvió de Río
Santiago, el catre lo recibió una semana de
corrido, con el papagayo como aliado desbordado.
Ejemplar típico porteño del sur, no único y
repetible. Padre y hermano meta laburo, bueno,
no exagerar. El quía, quehaceres domésticos. Ni
limpiar ni barrer como en la colimba, nunca una
escoba, ni un trapo de piso. Morfi, la cama no
abre el apetito, por lo tanto no era su
preocupación, pero se prendía cuando don Miguel
se mandaba el tradicional guiso. El jovato, olla
mediante, cargada de todos los elementos
comestibles que se puede uno imaginar,
depositada en la hornalla durante el tiempo que
el gas chuseado por la garrafa se extinguiera.
Comida para tres durante una semana y la yapa.
En verdad el que supo probar el guiso de autoría
de don Miguel y popularizado por Quito, nunca
podrá olvidar la exquisitez de prima. El Bulín
daba para todo, era atorro, ñoba y cocina. Ah,
el guiso el plato del Bulín por excelencia.
Claro, era el Bulín de Quito, pues su
presencia imperecedera lo etiquetaba, los otros
dos componentes, transgredían los principios del
titular yendo al yugo.
La cuestión que la barra solía frecuentar
asiduamente el Bulín. Primero la ceremonia de
encontrar al titular. Sábanas, frasadas (todo en
plural) bretos encimados, cubrían la cama. Su
cuerpito de alma en pena, se perdía en el
laberinto. Después de unos minutos de búsqueda
la tarea daba sus frutos y aparecía de apoliyo
mal dormido El Quito. Pero la operación no
terminaba ahí. El hallazgo era importante, pero
lo trágico era despertar al que te jedi que
continuaba de atorro como si nada hubiera
pasado, claro ya sin sábanas, frasadas y otras
yerbas, zarpadas por la muchachada. Al ratito
nomás, tipo hora, el quía abría los ojos de
laburante mal dormido, y lo primero que hacía
rajaba un lógico insulto a quienes había osado
despertarlo.
Changas varias y variadas, por supuesto,
profesión, ninguna. Tachero en varias y
múltiples oportunidades. Y varios y múltiples
fueron los juicios que inició contra los trompas
de ocasión. Era como un plus ya incorporado a su
legajo. También fueron innumerables los
accidentes de tránsito que participó, en los
cuales quedó enganchado el dueño del taxi de
turno. Para colmo de males no iba a declarar en
la prueba de confesión, perdiendo
indefectiblemente el juicio. Claro, El Quito era
insolvente, a lo sumo se le podía embargar la
cacerola, fuente irremplazable del morfi
familiar. Bueno, en realidad tocarle la cacerola
era como quitarle años de vida, pero segurola
que al boga del actor ni se le pasó por la
mente. De último el que bancaba, el que
levantaba el tomuer de Quito, era el dueño del
checo.
Bulín completito en funciones varias, pues,
además de apoliyo, también obraba de cocina y a
través del papagayo o pelela, según el caso, de
ñoba. Pero eso no era todo, el fuentón también
cumplía su misión de remojar “la patas en la
fuente” y la palangana para el lavado de la
araca, y, a veces, las partes íntimas. La retina
barrial conserva la imagen del Quito, toalla en
hombros, cabellos revueltos, tipo “crencha
engrasada” a lo malevo, y el peine con unos
cuantos dientes ausentes, ensartado haciendo
juego.
Hablando de changas y ninguna profesión, lo
desmiento rotundamente, El Quito fue almacenero.
Así con todas las letras. El apellido tano,
Severino, no hacía juego, pero se mandó igual.
Claro que siempre hay un atrevido, para el caso,
no es el caso de Quito. El arriesgado, por no
darle el manyamiento de bolu… fue el que le
cedió el fondo de comercio. Para no desentonar
la cosa fue en Boedo, para más datos, esquina
sudeste de Pavón y Mármol. Ahí, justamente ahí
fue donde Quito le hizo el chamuyo al dueño.
Éste puso como condición sine qua non, la firma
de infinidad de pagarés y una garantía. El Quito
empapeló todo Boedo, no le retaceó la firma a
los documentos, decía el muy atorrante que lo
hacía sentirse importante. Además apareció la
garantía de luyo, don Miguel y su Tábano modelo
50 pusieron la araca por el aspirante a
almacenero. Aclaro que el acuerdo fue por los
umbrales de los setenta, imaginemos lo que
quedaba del mionca; el nombre, el motor fundido
y cuatro gomas lisas. Es de imaginar que el
laburo de almacenero no encajaba en nuestro
hombre; y menos callar los entuertos y los
proveedores muertos que dejó en el camino. Dicen
las malas lenguas, que es cuestión acercarse a
informática de la Cámara Comercial y tecleás
“N.N. c/Severino, Roque”, saltan cientos de
juicios, al lado la aclaración, archivados por
incobrables.
Volviendo al Bulín, que juega como una
atracción fatal, el Quito fue el inventor de la
cama caliente, pues los laburantes padre y el
hermano, siempre tenían donde acurrucarse
cálidamente, pues la humanidad del sotipe
siempre cantaba presente y a toda hora. Es más,
a veces, acrecentaba las calorías en los pies,
no hay que imaginar algo normal como un termo,
la misión la cumplía con una botella cargada de
agua hirviendo envuelta en un trapo
deshilachado. Qué tal el hombre! Se la
rebuscaba, no me diga que no.
Pero en el Bulín de la nostalgia no faltó el
escolaso. Minga de guita, escasany, tan
solo por deporte. La biyuya ausente con aviso en
la barra, pero presente la emoción del triunfo
que originó más de una cabrón. Bueno,
generalmente el breca era el Quito, “el troesma”
así llamado por el muñequeo de los naipes.
Cuatro amigos siempre fuimos. Parejas
competitivas al mango sin un mango. El Negro y
Tino fieles representantes cuervos, el troesma y
el quía de los quemeros. Era como jugar el
clásico en el Bulín.
Como es de imaginar El Bulín fue, la casa
reformada persiste al igual que el Negro y el
escriba domiciliados a unos metros de la misma.
Tino se tomó un recreo por Caballito. Cada tanto
nos juntamos alrededor de unos fecas en el café,
y nos prestamos una cuota de oreja fresca para
escuchar las aventura del Quito y el Bulín.
Quito se piantó, pero no crea que se lo llevó la
huesuda, se rajó de Castro pero no de Boedo,
rumbea por Tarija y Loria, quizás buscando a
Homero que supo aquerenciarse en la misma cuadra
años idos. Pero lo une a Manzi algo más que la
vecindad que no llegó a tener, el amor por los
chuchos. Entonces busque a Quito por Boedo casi
Humberto 1° dándole a una fijita que nunca se
da. No me pregunte como consigue la mosca, pues
a fe de ser sincero, nunca un mangazo ni otras
cosas raras que se pueda imaginar.
Chabón de aparente baja estima, laburante
ausente, pero querible el sotipe rubión de
trencha engrasada y de andar abarquinado, que
nucleó a la barra en su Bulín durante los años
mozos, recordado hasta por los adoquines, que
persisten de puros caprichosos debajo del
asfalto de Castro, donde El Quito supo
gambetearlos con la de pulpo.
Ricardo Lopa
Boedo, julio de 2009
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