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“Sin
Rumbo” y en “la Sibería”, así son estos días porteños, como el nombre del club
de Villa Urquiza, y el nombre de sus orígenes.
El frío,
como en las viejas épocas, se hace sentir, y nos hace pensar que no somos un país
bananero y, en realidad, porque no lo somos.
Atravesamos la General Paz y hoy, en un día gris, sólo puedo pensar en los sin
techo, tal vez nos guste decir “home less”, ¿pero
realmente lo somos? Con todos nuestros hermosos barrios, con historias, como las
de Villa Urquiza, que se las debo, y perdón, tomé dos entidades prestadas,
tal vez hoy estemos Sin Rumbo, pero me
quedo en ese club de timba, cartas y noches frías para
los que en una sola jugada perdían hasta el último mango, salvo, Robert
Duval (el actor que protagonizó al
famoso abogado de El Padrino) quien
filmó, y de paso cañazo
aprendió a bailar el tango.
Con frio,
en una ciudad que se ve distinta, se siente distinta, se pierde distinta, y el
frío nos congela, como cuando éramos chicos.
El 41 (el
colectivo o “bus”) sale de Munro,
lentamente y casi sin esperanzas, aguardando que el pase de frontera le de
abrigo, más no es así… Se los puedo asegurar, y entramos directamente en un
Belgrano apurado, para pasar de un Palermo atestado a un Barrio Norte “kitsch”
al mejor estilo Almodóvar,
entre tiendas de nombre y apellido que comparten el viejo oficio filisteo
con vendedores ambulantes. Que no pueden vender guantes
porque Buenos Aires se quedó sin guantes, bufandas ni sombreros (porque
los gorros son “piqueteros”, que me gustaría
recordarles que desde hace tiempo NO CORTAN EL TRANSITO).
La
llovizna, moja, el frío congela, estoy en Plaza Miserere, es linda, guarda los
restos de Rivadavia, en el Mausoleo que ocupa su parte central.
Por eso,
amo a Buenos Aires, podrán decir todo lo que quieran, pero los porteños, estamos
siempre de pie como Corrientes que
antes no dormía, y … bueno hoy se acuesta más temprano, tal vez porque le tenga
miedo a los fantasmas del presente, pero Buenos Aires es hermosa, hoy , aquí y
ahora, sólo pensemos en nuestro presente, el pasado no lo podemos arreglar, y de
mañana no sabemos nada, pero hoy podemos ser mejores porteños, mejores personas,
mejores seres humanos y a pesar del día nublado: el sol salió, solo que con el
ruido de los colectivos, el frio que
congeló nuestros sentidos… no lo pudimos ver… el corazón se nos apretó en un sin
salida y una vez más olvidamos que
“el invierno siempre se convierte en primavera”[1]
[1]
Nichiren Daishonin; Los principales escritos de Nichiren Dashonin,
Volumen Uno, Soka Internacional de Argentina, 1995,Argentina
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