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Historias del Bicentenario
16/05/2010
“Cómo sería la ciudad hace 200 años"
por
Mabel Alicia Crego

Alrededor del 1800 la ciudad se extendía solo por unas quince cuadras
de sur a
norte
y nueve de este a oeste, sobre lo que hoy denominamos “Casco Histórico”,
sólo
las cuarenta manzanas próximas a la “Plaza” eran destinadas a edificación (los
solares),
mas allá era campo y pampa. Allí comenzó un largo camino que tuvo muchos
cambios, hasta lo que hoy vemos y llamamos “Plaza de Mayo”. En sus
comienzos se llamó Plaza Mayor y era más pequeña que la actual, rodeada de
pequeñas casas bajas de adobe. Frente al fuerte (donde hoy esta la estatua de
Belgrano),
estuvo la Compañía de Jesús desde 1608 a 1665 que después se trasladó a la
manzana de las luces, el Colegio de Buenos Aires y la iglesia San Ignacio. De
esta manera se demolieron esas construcciones y se amplió la plaza. Por
muchos años más seguiría dividida por la recova, (sector del mercado), para el
lado del río, el fuerte y plaza de maniobras militares, hasta la barranca de la
campana, para el oeste el cabildo y estacionamiento de carretas, esta parte de
la plaza siguió llamándose Plaza Mayor hasta 1808, cuando se la rebautizó Plaza
de la Victoria, en conmemoración por el triunfo sobre los ingleses. Por el
norte se encontraba la Catedral que para la época de la revolución de mayo no
estaba terminada, con sucesivos derrumbes y cambios de forma seguirá inconclusa
hasta 1870.
Junto
a la Catedral estaba el camposanto y a continuación una de las casas mas
importantes y lujosas de la ciudad, la del brigadier Miguel de Azcuénaga.
Típica casa colonial de tres patios, con uno de los primeros aljibes de la
ciudad (muy costoso en la época). Un mundo de vendedores, se apiñaban en la
doble fila de cuartitos, de la recova vieja, ofreciendo toda clase de artículos,
ponchos, monturas, zapatos, telas, pan, leche, aceitunas, frutas, perdices,
huevos, etc. bullicioso y maloliente, este grupo humano, resumía el “motor de la
ciudad”. Las carretas llevaban y traían a la plaza Mayor toda clase de productos
desde lejanas provincias, sus pesadas y altas ruedas acompasadas por los trancos
de bueyes y caballos, se sentían vibrar desde las casas. Las campanadas de todas
las iglesias, se escuchaban sin cesar, iban señalando las lentas horas en la
aldea colonial. El “angelus” se respetaba religiosamente, paralizando toda
actividad.
Aunque parezca inútil ese “mercado” en el medio
de la plaza, resultaba sumamente necesario, no solo porque era un pasaje seguro,
en días de lluvia o gran resolana en verano, sino porque, según dicen los que la
vieron, “sin ella la plaza de la Victoria estaría a merced de los fríos vientos
del Río”.
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Recova Vieja |
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Casa de la Virreina (Perú 395)
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Demolición del Fuerte |
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| Plaza de la Victoria |
Plaza de la Victoria |
En la cuadra sur que va desde Defensa hasta Bolívar estaba la
recova nueva, con “altos”, con vereda ancha y cubierta por los arcos “Altos de
Escalada”, allí solían ubicarse los vendedores con sus “bandolas” ofreciendo
chucherías de poco valor, alfileres, cintas, anillos, rosarios, etc. Su
construcción es anterior al 1800, llamaba la atención desde donde se mirara,
debido al largísimo balcón corrido que doblaba hacia la calle Defensa. En la
planta baja según nos cuenta Wilde "por el año veintitantos había varios
fondines, entre ellos uno muy acreditado, llamado La Catalana, propiedad de una
rechoncha hija de Barcelona, en donde iban a comer los tenderos de los
alrededores, la mayoría españoles. “el mondongo a la Catalana” según es fama, se
servía con mucho esmero y era muy celebrado, la fonda era objeto de
grandes y honrosas alabanzas". También se encontraban en los bajos el “Hotel
Londres” y unas cuantas tiendas de ropas. En el piso alto vivió por muchos
años la familia propietaria: Antonio de Escalada su esposa Tomasa de la
Quintanilla y sus cuatro hijos, Maria Eugenia, Bernabé, Manuel y Remedios
(futura esposa del Gral. San Martín) Al cruzar Bolívar hacia el
oeste había un importante edificio de dos plantas llamado “altos de Aguirre” con
su famoso “Café del Cabildo”. Por la calle Alsina estaba el Café de Marcos,
fundado en 1801, que fue centro de reunión de los independistas, más
alejada la librería del Colegio, único negocio porteño que conserva hasta hoy,
su rubro y ubicación desde 1785. El Cabildo era el edificio muy importante en
la ciudad, nunca fue sede de gobierno, el virrey y más tarde los directores
supremos, residieron siempre en El Fuerte. En el Cabildo funcionaba el
Ayuntamiento, la justicia y la cárcel. Cuenta J. A. Wilde que en el frente había
dos inscripciones, que decían “Cabildo de 1711” y “Casa de Justicia” ambas
destruidas por un rayo. En la torre estaba la histórica campana que anunció
el triunfo de la Revolución de Mayo y un enorme reloj que nunca estaba en hora.
En los sótanos se encontraba la cárcel de mujeres. El edificio no es el
mismo que vemos hoy. En el año 1880 se aumento su torre, luego en 1895 había
perdido la torre y su fachada española. Se le demolieron arcos laterales para
abrir las calles Avenida de Mayo y Diagonal Sur y finalmente en 1936 se decidió
volver a su imagen hispana, reconstruyéndolo en base a planos, pinturas
y daguerrotipos de épocas anteriores. Siguiendo por Bolívar hacia el
norte, estaban los “Altos de Pedro Duval” casa señorial construida por este
arquitecto francés, que en 1818 fue comprada por el Directorio, para ser
obsequiada al Gral. San Martín en premio por las victorias de Chacabuco y Maipú.
Cuando se exilio a Francia la vendió a Manuel de Escalada que luego se la
vendería a Riglos, sus últimos propietarios y con lo cual pasó a la historia
como “Altos de Riglos”. En sus refinados salones a la francesa y en su
balcón, cuenta que por casi tres generaciones, se concretaron los romances más
notorios y los casamientos mas aventajados de la Sociedad Porteña. Hoy es la
sede del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. En los laterales de la Plaza,
se podrían encontrar algunas casas importantes, como la de Mariquita Sánchez de
Thompson, en Florida 98, la de Manuel Dorrego en Perón 115, la de Juan Martín de
Pueyrredón en Reconquista 11 junto a la de Marcos Balcarce en el numero 9 y en
la esquina la de Cornelio Saavedra número 88. Por el lado Sur de la plaza estaba la Casa de la Virreina vieja
en Perú y Belgrano, la casa de Manuel Belgrano en Av. Belgrano 430, la casa de Anchorena en Perú 68, de Martín Rodríguez en
Moreno 16, la del Gral. Ignacio Frías en Piedras 121, la de Bernardino Rivadavia
en Defensa 147, la de María Josefa Ezcurra (hermana de Encarnación Ezcurra), en
Alsina 455 y la de Juan Manuel de Rosas en avenida San Juan 74.
En la esquina de Balcarce e Hipólito Yrigoyen junto a los bordes del foso
del fuerte se vendía carne de vaca, mulitas y perdices y sobre el sur verduras y
frutas. En la plazoleta del fuerte, no solo se vendía mercaderías, también
era el lugar de las ejecuciones, cerca del foso se colocaban los banquillos
y se ahorcaba a los sentenciados y criminales. El fuerte siempre fue sede de
las autoridades gubernamentales. El edificio aunque lúgubre y descuidado, tenía
en los altos y anchos muros bocas para cañones, almenas de vigilancia y un
puente levadizo que lo comunicaba con la plaza y que constituía su entrada
principal. Por el lado este que daba al río, había otra pequeña puerta llamada
“del socorro”, usada como vía de escape. El fuerte estaba rodeado por un foso
saturado de basuras que arrastraba la marea, dice Wilde, “nunca faltaban
muchachos holgazanes, que en todas las épocas abundan, haciendo una rabona muy
cómoda en el zanjón”. Hacia el norte estaba el “hueco de las ánimas”
reservado para un teatro, lugar desolado y tenebroso, que sus buenas historias
de fantasmas, había provocado entre los vecinos de la ciudad. Al lado estaba el
Hotel Tres Reyes (donde solían almorzar los oficiales ingleses en la ocupación
de 1806). Hacia el río, en el último lote, posterior a la revolución de mayo,
hubo una caballeriza y una
sastrería,
propiedades de inmigrantes ingleses. Por la actual 25 de Mayo esquina
Rivadavia, estaba la “Gran Casa Amueblada”, especie de bar – prostíbulo para
marineros. Por la actual Rivadavia a muy pocos metros en dirección al Río
bajando por un mísero terraplén, se encontraba el Paseo de la Alameda que según
cuenta Wilde “tenía escasamente doscientas varas de extensión, (unos 167
metros), una fila de ombúes que nunca prosperaron y unos pocos bancos o asientos
de ladrillos completaban el paseo público, al que concurrían las familias en los
días de fiesta”. Sin embargo otro viajero ingles Samuel Green Arnold en 1840
decía “por la alameda paseaba un montón de gente vestida de fiesta
como en un baile, predomina la mantilla española aunque es común ver sombreros.
Visten con mucho gusto y distinción, excepto que las damas se ajustan demasiado,
es una moda reciente aquí. Muchos van en coche deteniéndose en fila, otros a
caballo, pero una gran cantidad van a pie. Al oscurecer una doble fila de
faroles sobre postes pintados de rojo punzó, de unos seis pies de alto, dan una
luz que presenta una buena apariencia a toda la escena”.
Cuenta Concolorcovo, un viajero, “Esta ciudad está, tan bien situada sobre
la meseta y delineada a la moderna, con cuadras iguales de calles de
regular e igual ancho, pero que se hacen intransitables a pie en tiempo de
lluvias, porque las grandes carretas hacen huellas tan profundas que se atascan
los caballos”. La ciudad estaba sucia y descuidada, además de los ratones y
perros, las calles estaban plagadas de moscas por las basuras acumuladas, la
policía tapaba con desperdicios los pozos hechos por las carretas, como así
también los mismos vecinos. Era común que a algún carretero se le cayera
muerto un caballo, (porque los hacían trabajar sin descanso, su costo era
ínfimo) al ver que ya no le servía, lo desenganchaba del carro dejando el
cadáver donde había caído. En tiempo de lluvias se empantanaban los carros
(estos no eran nada baratos) pero estaban los cuarteadores que tiraban con sus
caballos percherones y largas cuerdas, hasta desenterrarlos. También los
comerciantes improvisaban puentes con tablones de vereda a vereda, para que
pudieran entrar a comprar, las señoras a sus negocios. Hubo varios intentos
de mejorar las calles en 1795 y 1798 se empedraron varias calles céntricas,
trayendo piedras de Colonia del Sacramento y la isla Martín García, porque aquí
no había. En 1820 además de empedrar más calles delimitaron el catastro,
y se prohibió continuar con la desordenada construcción de casas sobre las
aceras. Nos dice Wilde: “Las calles no se limpiaban nunca, sólo de tiempo en
tiempo los copiosos aguaceros, las convertían en verdaderos mares, escurriendo
las aguas hacia los arroyos Terceros, arrastrando la agitada corriente, cuanto
hallaba en su curso”.
Mabel Alicia Crego
Maestra Secretaria
JIC Nº 4 D.E. 6º
FUENTES:
“Buenos Aires de 70 años atrás” José Antonio Wilde.
“El Lazarillo de ciegos caminantes” Concolorcorvo “La pequeña aldea”
Prestigiacomo y Uccello
Imágenes:
Casa de la Virreina (Perú 395)
http://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Monserrat,_Casa_de_la_Virreina_(Per%C3%BA_395).jpg
Plaza de la Victoria
http://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Plaza_de_la_Victoria.png
http://www.revistacontratiempo.com.ar/escenarios1.htm
Fuerte de Buenos Aires
http://commons.wikimedia.org/wiki/File:Fuerte_de_Buenos_Aires.jpg
Recova Vieja
http://www.buenosairesantiguo.com.ar/promocdromultimedias/indexmultimedias.html
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