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2010 Año del Bicentenario
Historias Curiosas de Buenos
10/04/2010
“El agua y los baños en la época
colonial”
por
Mabel Alicia Crego

¿Cómo se aseaban los porteños en la época de la colonia?
El lugar natural era el río, no como el que hoy conocemos contaminado,
sino aquel cuyos únicos estorbos eran las toscas y algunos traicioneros pozos.
Cuenta Carlos Pellegrini que los baños en el Río de la Plata eran habituales
en la ciudad colonial, ya que los baños en las casas eran prácticamente
imposibles debido la escasez de agua y al precario sistema de cloacas, por
eso el río era una de las diversiones favoritas de los habitantes de la época en
verano.
Existía la costumbre de que las señoras de la clase “decente”
esperaran para ir a disfrutar de los baños del río hasta el 8 de diciembre, día
de la Inmaculada Concepción de la virgen, en que los padres franciscanos y
dominicos se bañaban para bautizar las aguas del río.
Desde diciembre a marzo la costa del río se convertía en playa a la que
concurrían todas las clases sociales.
Dice “Mister Love” primer cronista inglés, que durante el primer período
revolucionario, las ordenanzas policiales prohibían los baños mixtos, pero las
reglas nunca fueron respetadas.
A comienzos del año 1830 la policía decreto que “los hombres debían bañarse a la
izquierda del muelle hasta la recoleta y las mujeres y los niños menos de 7 años
a la derecha”.
Otra Ordenanza policial sancionaba con multa a “todo individuo que entre al río
a bañarse sin traje cubierto de la cintura abajo a cualquier hora que fuese”.
Sin embargo Beumont cuenta que “jóvenes de ambos sexos se bañaban y chapoteaban
en el agua”.
Cuenta “mister Love” que las mujeres de la elite porteña, se bañaban con
vestidos sueltos de muselina que tenían debajo de sus trajes de calle, antes de
entrar al agua se despojaban de sus pesados trajes que dejaban al cuidado de
esclavas.
Pellegrini menciona “como los hombres las observaban cuando regresaban del agua
con los vestidos mojados, las madres estaban atentas al baño de sus hijas
y fulminaban con la mirada a los curiosos que observaban a las muchachas”.
Mucha gente y familias enteras, se iba al río desde la mañana hasta la
noche, los comerciantes lo hacían después de cerrar sus tiendas al anochecer.
Muchas familias se sentaban en el pasto y esperaban a la noche para entrar al
agua dejando sus pertenencias al cuidado de las sirvientas negras, luego del
baño se sentaban a comer fiambres y vino hasta la medianoche, disfrutando del
viento fresco del río.
La concurrencia a la orilla del río tenía también una finalidad higiénica
personal, la falta de agua corriente que recién se efectivizó medio de siglo
después.
La única “fuente de agua pública” con que contaba Buenos Aires para 1826
era “un pozo de balde” situado en la plaza Mayor, a un costado de la recova.
La provisión de agua en Buenos Aires se lograba con la construcción de pozos y
aljibes (que era muy costoso) y por la distribución del agua del río por los
carros de aguateros.
El agua del aljibe era utilizada para beber y cocinar en cambio la de pozo de
balde, de baja calidad, se utilizaba para el aseo familiar y la limpieza
del hogar.
Concolorcorvo dice “el agua del río era muy cara y muy turbia, se dejaba reposar
en grandes tinajas de barro cocido donde se clarificaba, porque los aguateros la
extraían de la bajada del río por las peñas, donde lavaban la ropa las
lavanderas, sin molestarse a internarse mas a la corriente del río, para evitar
el fango”.
Emeric Essex Vidal, dejó un fiel retrato de la ciudad y de los carros de
aguateros, el balde que se ve en sus pinturas en la parte trasera de la carreta,
tenía capacidad para cuatro galones y cuatro de estos baldes costaban
medio real.
En ocasiones era necesario emplear alumbre u otro medio de filtro, para
clarificarla.
En algunas casas de vecinos importantes como la de Azcuénaga, tenían dentro del
aljibe, unas pequeñas tortugas de agua que mantenían limpia de insectos el agua.
Los aljibes eran entonces un valioso recurso, pero solo unos pocos se
encontraban instalados en casas de familias muy adineradas, (a pesar de tener
estas azoteas planas y con declive para acumular el agua potable).
Cuenta Calzadilla que el aljibe más lujoso se encontraba en la calle del
empedrado (Florida 87) de Mariquita Sanchez de Thompson y el aljibe más
importante de la ciudad, de 190 varas cuadradas y paredes dobles, estaba en la
quinta del Parque Lezama.
Durante el frío invierno porteño, los baños eran muy escasos y se
utilizaban tinas que las esclavas llenaban con agua que calentaban en los
fogones. El mismo agua era usada por toda la familia, comenzando por el padre,
madre, hermanos (por edad) y luego hasta los criados!
El vocablo enaguas viene de allí, ya que las damas se bañaban en las tinas, con
“enaguas” livianas para no mostrarse desnudas frente a sus criadas, que
las frotaban con jabones y perfumes traídos de Europa.
Mabel Alicia Crego
Maestra Secretaria
JIC Nº 4 D.E. 6º
Fuentes:
Las beldades de mi tiempo de Santiago Calzadilla Buenos Aires 70 años atrás de José A. Wilde Historias de la ciudad Nº 16 Recuerdos del Buenos Aires Virreynal de Mariquita Sanchez de Thompson
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