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~ Curiosidades e Historias de los barrios porteños ~
por Mabel Crego  

    

Artículos en esta página:

16/11/2007 Nubes lilas en el cielo de mi barrio
11/11/2007
El Progreso en los barrios del Sur
10/11/2007 Memorias de Barracas y mi niñez
14/10/2007 Instituto Félix Fernando Bernasconi
21/10/2007 Un perro que salva vidas.

 HISTORIAS DE BARRACAS

“Nubes lilas en el cielo de mi barrio”

por Mabel Alicia Crego email

"Nubes lilas en el cielo de mi barrio" por Mabel CregoEl mes de noviembre siempre me trae recuerdos de mi niñez en Barracas.

Recuerdo que todos los días para ir a la escuela, caminábamos por la calle Lamadrid  con mi hermanito, dos cuadras bordadas de flores color lila.

Todavía era muy pequeña y no tenía muy claro el tiempo en mi mente. Lo que sí sabía y muy bien era que cuando florecían los jacarandás faltaba muy poquito para terminar las clases, eso me hacía sentir muy feliz.

Recuerdo que miraba los altos árboles repletos de flores lilas y a mí me parecían nubes de flores que iluminaban el cielo. El sol brillante de la mañana se mezclaba entre las ramas como reflejando estrellas en cada flor, todos los chicos del barrio pisaban y pisaban las flores que caían como gotas  lluvia violeta.

¡Que placer ver esas grandes nubes lilas en el cielo de Barracas!

Una mañana cuando regresamos de la escuela (yo había juntado un puñadito de flores lilas) encontramos a todos los vecinos en la puerta de casa y a mamá llorando. La tía Irene nos abrazó y nos llevó a mi hermanito y a mi a su casa en el  fondo  y nos contó que papá había fallecido... Yo apreté mi puñadito de florcitas lilas  y las lágrimas regaron mi manos y las flores.

Fue la mañana mas triste de mi vida y la tengo grabada en mi memoria tan clara como si los años no hubieran pasado.

Hoy sigo viendo los hermosos jacarandas repletos de flores lilas cada noviembre  y  recuerdo a esos dos niños que regresan de la escuela  y en sus manos apretaditas y humedas hay montones de florcitas lilas para regalarle a papá. 

 

- La foto fue tomada por Mabel Crego -

 "El  Progreso en los Barrios del Sur"

por Mabel Crego 

La Ciudad de Buenos Aires se construye y reconstruye cada día. El crecimiento en Capital llegó por fin a los barrios mas humildes, como Barracas y Parque Patricios, sólo que nosotros muy raramente lo notamos por nuestro ir y venir apurados por horarios y colectivos llenos.

Hoy, para las grandes constructoras, comprar un terreno en los barrios del Sur es mucho mas barato que en los del Norte, esto sumado a una ubicación de privilegio por la gran cercanía al centro de la ciudad y el fácil acceso, hace que estos barrios que durante mucho tiempo estuvieron postergados, resurjan como el ave fénix.

En Barracas, el boom inmobiliario es impulsado por MOCA un complejo de lujo que se vende  a 1.400 dólares el metro cuadrado, con 244 departamentos SPA, solarium, dos piletas climatizadas, restaurante y zona parquizada.

Ubicado en la antigua fábrica de galletitas "Bagley" en Av. Montes de Oca al 200, que durante tanto tiempo perfumaba el barrio con sus dulces aromas.
Otras fábricas abandonadas también se reciclaron, como la Yerbatera Cruz Malta frente al Parque Lezama sobre Av. Martín García donde hoy funciona casa FOA. 

En el Parque Patricios se repite este impulso revalorizador en el corredor de las avenidas Jujuy y Caseros y  con la línea "H" del subte la demanda aumentó cerca de las estaciones Inclán y Caseros.
Se imprime a nuestra visión de la Ciudad, un cambio enorme que nuestra memoria se resiste a aceptar y desestima la frecuencia inusitada con la que el pasado y el presente se entrelazan en edificios, nomenclaturas, hábitos y toponimias, de lo que resulta una yuxtaposición, que hace que todas las épocas sean también nuestra época. 

 Memorias de Barracas y mi niñez

Mabel Crego

Los recuerdos se agolpan estrepitosamente en mi mente, se entrecruzan, se combinan, se mezclan y siento la irresistible necesidad de “congelarlos en el tiempo” de plasmarlos sobre éstas hojas para que queden impregnadas de mis alegrías y tristezas, para que mis emociones afloren apaciblemente y no en este torbellino inusitado de recuerdos.

Memorias de Barracas y mi niñezLa cuadra de mi casa natal era la desaparecida calle Lamadrid entre Hornos y Herrera.

Digo desaparecida, porque la autopista “tiró abajo” todos mis lugares de la niñez, cosa que jamás le perdonaré a Cacchiatore.

Calle de casas bajas y antiguo empedrado, sus anchas veredas de lajas desparejas, ostentaban árboles muy añosos refugio de los pájaros, que en primavera nos aturdían con sus cantos, y en otoño nos regalaban un colchón de hojas amarillas que daba gusto pisar.
Un mortecino farolito pendiente del cable que cruzaba la calle nos iluminaba en las calurosas noches de verano, para jugar a las “escondidas” con mis amigas de la cuadra, (Adriana, Graciela, Liliana Yaconis, Claudia Cohen y Teresita Solavaggione) mientras los vecinos se sentaban  en las veredas a tomar el fresco del anochecer en sus sillones de mimbre o en las sillas del patio, conversando de vereda a vereda las noticias del día.

Yo vivía en una casa alquilada estilo chorizo modificado, en Lamadrid el N° 1757 “departamento A”, porque al fondo había otro “departamento” que era el “B” donde vivía “mi tía Irene López”,  en realidad no era mi tía de sangre, pero en ese tiempo los niños teníamos una relación muy especial con los vecinos y mi tía Irene era súper especial para mí,  era verdaderamente mi tía del corazón.
Era la mujer mas pulcra que conocí en mi vida, muy bonita con unos hermosos ojos azules y su cabello rizado, arreglada y perfumada siempre, tenía un carácter muy maternal y alegre y aunque ya era cuarentona vivía con su mamá “la abuela Rosa” que estaba en silla de ruedas, yo pasaba parte de la tarde con ella (para que no se aburriera), porque mi tía se iba a trabajar a  la fábrica de “Medias Paris”.
Pero en realidad yo la pasaba estupendo porque la abuela me contaba historias de su patria,  me enseñaba a chiflar, me cantaba en italiano y comíamos unas galletitas deliciosas que la tía Irene había horneado para nosotras. A las  cinco de la tarde sonaban las sirenas de las fábricas y sabíamos que en un ratito volvería la tía Irene con su eterna sonrisa, yo la veía llegar por el corredor con sus tacos altos y su pollera tubo negra e impecable blusa, siempre alegre me preguntaba por la abuela nos despedíamos y volvía a mi casa adelante.

Mamá me esperaba para tomar la leche y yo le contaba todo lo que la abuela me decía mientras mamá tejía abstraída en el comedor, parece que a los cinco años ya era una niñita muy charlatana y preguntona, que me la pasaba bailando en puntas de pie (como las bailarinas clásicas) cosa que a los grandes parecía resultarles agradable y que yo explotaba para ganarme su afecto.

Nosotros compartíamos el “departamento “A” con otras personas, Don Pedro con doña Ángela un matrimonio muy mayor (o a mí me lo parecían) que ocupaban lo que sería la sala mas grande de la casa al frente, con dos hermosos balcones a la calle con rejas forjadas y mármol de carrara. Pero la “vieja” como le decía mi mamá estaba “medio loca”,  así que prácticamente sólo la saludábamos teníamos prohibido hablarle, tenían una cocinita al fondo de la casa y algunos días que le daba “la chifladura” se disfrazaba con cosas en la cabeza y pasaba apuradita y hablando sola atravesando el patio hacia su cocina.
También compartíamos el baño que como en todas las casas antiguas estaba bien al fondo,  allí también había un piletón de mampostería con unas patas en forma de león y azulejos blancos,  por encima del piletón había una escalera con baranda de hierro forjado que  terminaba en un cuartito pequeño con dos ventanitas que daban a la terraza, a la cual se subía por una escalera de madera que había construido papá,  desde el descanso del cuartito de Demetrio.
Sí, ese era el nombre de “el Polaco” el otro inquilino, era afecto a las copas, y siempre andaba solo, se decía en el barrio que había desertado de la guerra y no podía regresar a su país, era un hombre muy callado y vivía solamente para trabajar y tomarse sus “vinitos” volvía casi siempre al anochecer cantando, tambaleando y nunca embocaba la llave en la cerradura, pero a nosotros jamás nos molestó, me daba tristeza verlo siempre tan sólo, porque era atento y educado.
A mí me parecía muy buena persona porque como trabajaba en Bagley siempre nos traía galletitas, ópera, merengadas, criollitas y unas “alargaditas” que no recuerdo el nombre, pero que eran una delicia y como se la vendían a un “precio muy barato” según mamá, nos traía no un paquete sino ¡un kilo de cada una!.
Con mi hermano nos deleitábamos a la tarde cuando tomábamos el café con leche y como no teníamos televisión a veces mamá nos dejaba ir a la casa de Carlitos, un vecino que ya la habían comprado (calculen que en el año sesenta todavía no se vendía masivamente como ahora, eran muy pocas las familias que la podían comprar en el barrio).
Nosotros ocupábamos las contiguas dos habitaciones muy grandes, que daban a un hall de entrada con puerta y mampara de vidrios de colores una y a  un patio largo la otra, donde papá había construido una cocinita muy linda (sólo para nosotros) frente a una de las piezas, con pileta de agua caliente, electricidad  y  gas natural,  éramos muy humildes, mamá no trabajaba y papá trabajaba en el Otto Krause como maestranza y los sábados también trabajaba en la casa de mi abuela en un tallercito estampando pantallas, en Tacuarí 1287.
A papá lo veíamos llegar muy tarde porque en la escuela hacía doble turno y los sábados tampoco estaba, así que los domingos eran la gloria para mí, (porque yo  era su consentida) nos quedábamos en la “cama grande” hasta cerca de las 11  y después de comer salíamos a pasear, íbamos al Parque Lezama a “rodar” por las lomaditas, a la placita Virrey Vértiz, ó simplemente a caminar por la costanera Sur.

Al lado de casa había un bar muy antiguo donde se reunían los hombres y los viejos del barrio, atendido por el “gallego” y su mujer doña Hilda gente buena,  de trabajo. 
Daba a la esquina del pasaje Jenner, estaba siempre abierto hasta los domingos por la mañana y allí en esa atmósfera de humo y alcohol se reunían los vecinos a tomar sus ginebritas ó cervezas, jugar las cartas ó simplemente charlar y masticar constantemente maníes o palitos salados.
Tres grandes escalones de mármol (siempre sucios) indicaban la entrada por la esquina y cuatro ventanales con rejas por el pasaje  Jenner mostraban su interior.
Varios pequeñas mesas con sillas tonet que estaban bastante rotas, astilladas y descoloridas ubicadas cerca de las ventanas, un enorme mostrador de madera oscura (no se si por falta de limpieza o era su color) un barral de bronce lo rodeaba a la altura de los pies y varios taburetes giratorios muy altos lo acompañaban, detrás un exhibidor de madera también oscura con estantes y espejo empañado que ocupaba toda la pared hasta el techo repleto de botellas de ginebra, caña y otras bebidas, un viejo reloj que también tenía una propaganda de café y un almanaque grande con los números que se quitaban por día, era todo el mobiliario. Los pisos de damasco blanco y negro con baldosas rotas y mugre pegada sólo lo baldeaban los domingos.

Pero era un centro de reunión donde los vecinos del barrio (todos hombres) comentaban sus vidas, fumaban sus cigarros, escupían sin que nadie los reprendiera, encontraban amigos con quien charlar o mitigaban sus penas en alcohol como Demetrio.
Mis padres nos tenían prohibido entrar al bar, aunque el “gallego” siempre nos decía a los chicos de la cuadra que entremos que nos regalaba palitos salados. Nosotros la mandábamos a Teresita Solabaggione que era media “machona” a buscarlos y luego nos dábamos un festín con los palitos conversando sentados en el umbral de cualquier puerta de la cuadra de casa.

Teresita era temeraria y su hermano menor Enriquito peor aún, un día que el “gallego” le regaló junto con los palitos salados dos grandes puñados de chapitas de cerveza para que las repartiera con todos nosotros, por supuesto el “reparto” no fue equitativo y empezaron las discusiones y Teresita no tuvo mejor idea que revolear las chapitas por el aire y una de ellas le dio en la ceja a mi hermano Hugo, ¡cómo sangraba! .

Tenía todo el ojo lleno de sangre y le corría por la mejilla, nos asustamos y fuimos todos corriendo con mi hermanito llorando a la rastra a casa para contarle a mamá, pero Teresita Solabaggione y Enriquito se escondieron en su casa y por unos días no los volvimos a ver.  

Nunca supe si mamá le pidió explicaciones a la mamá de Teresita por el corte de mi hermanito, pero en aquel momento fue un gran susto el que nos dimos.

Fueron 16 años vividos en ese mundo estrecho y pintoresco, en el que aprendí muchas cosas; alegrías y tristezas, trabajo y holgazanería, amor y odio, vida o muerte. Era un pequeño mundo donde sólo los pequeños con la inocencia de la niñez mostrábamos una sonrisa fresca, sin comprender o darle importancia a las privaciones.

Hoy con 52 años sigo viviendo en Barracas y espero seguir aquí, porque éste es mi barrio y es adonde pertenezco.

Mabel  Alicia  Crego - Maestra  de  sección - Escuela N° 15 D.E. 5°

Y Vecina del  Barrio

La foto fue tomada por Mabel Crego y muestra la escuela sita en Av. Montes de Oca al 800, frente a la Placita Colombia

 “INSTITUTO FELIX FERNANDO BERNASCONI”

Mabel Crego

Félix BernasconiTodos los barrios de Buenos Aires tienen una historia especial pero, los barrios del sur, Barracas, San Telmo, Parque Patricios, tienen algo muy particular, nos remiten a un pasado común de acontecimientos históricos trascendentales.
En Parque Patricios, uno de los aspectos más relevantes de la zona (entre otros), fue la figura de Francisco P. Moreno, que nos representó frente al parlamento inglés en el tratado de límites fronterizos con Chile.
Su casa quinta paterna de ocho hectáreas, desde Brasil hasta Caseros y Catamarca hasta Deán Funes, fue un maravilloso casco de estancia llamado “El Edén” con  numerosas especies de frutales, donde el perito Moreno creció y se formó en contacto y amor por la naturaleza.
Cuentan que en las tardes de verano Don Francisco abría los portones de rejas de su quinta para que los niños humildes del  “barrio de las latas”  pudieran deleitarse con los manjares de frutas frescas.
El Perito decía: “ donde el trabajo y la escuela reinan, la cárcel se cierra”.
No es casual que en ese lugar esté emplazado hoy un hito en la historia de la educación argentina:  el Instituto Félix Fernando Bernasconi.
Félix F. Bernasconi, hijo de inmigrantes suizos nació en Buenos Aires en 1860  y a pesar de haber pasado gran parte de su vida en Europa dirigiendo la fábrica de calzados de su padre se enamoró del barrio, de su gente y de las carencias de los niños del Sur.
Adquirió varias propiedades, entre ellas la quinta del Perito Moreno.
En su testamento aclara que esas tierras, y gran parte de su fortuna, son donadas al Consejo Nacional de Educación con el único propósito de construir un “Palacio-Escuela” gratuito y obligatorio, para todos los niños humildes del Sur.
El establecimiento nace precisamente a cinco años de producirse un acontecimiento significativo en la vida de nuestro país: asciende al gobierno Hipólito Irigoyen, primer presidente elegido a través de la ley Sáenz Peña que  instaura el voto secreto, universal y obligatorio.
Años de fuertes discusiones en torno de la Educación, al calor de la ley 1420 constituida entonces en un eficaz instrumento de defensa de la escuela pública, gratuita y obligatoria.
En este contexto socio-cultural el 26 de septiembre de 1921, se coloca la piedra fundamental que genera el Instituto Bernasconi en los altos de la quinta del Perito Francisco P. Moreno, en un acto apadrinado por el presidente Irigoyen.
El sueño de Bernasconi se concreta en 1929 con la inauguración de este “palacio- escuela”, que es el único en el país y de los países del Mercosur.
Recorrerlo hoy causa una mezcla de emoción y tristeza, porque a cada paso se descubren las huellas de aquél “sueño”.
Aquél sueño que aseguraba por medio de la educación un porvenir grande para todos los chicos, el mismo capaz de convertir sin amedrentarse el decimonónico “barrio de las latas” (llamado así por tener el privilegio de albergar a la primera villa de emergencia que tuviera la ciudad, compuesta por casas de cartón latas y chapas) en el espacio ideal donde edificar una imponente “escuela modelo”.
Este edificio arquitectónicamente monumental, diseñado por el arquitecto Juan Waldorp, está emplazado sobre una “lomada” rodeado de un amplio parque (que aún conserva un hermoso “aguaribay” plantado por el Perito Moreno en 1872 y fue declarado en árbol histórico Nacional en 1840),   que permite admirar su composición arquitectónica.
A ambos lados de la entrada principal de la calle Catamarca, hay dos esculturas basadas en la mitología griega del escultor argentino Alberto Lagos, sobre el capitel se observa “el reloj de la torre” que durante años el carrillón despertó a los pobladores de Parque Patricios.  
El Instituto fue dotado de su propio museo, (creado por Rosario Vera Peñaloza), 2 piletas de natación con agua caliente en su subsuelo, amplias aulas y un majestuoso auditorio.
El extremo contraste entre ésta edificación y la humildad de las construcciones circundantes lograba transformar las subjetividades infantiles estimulada por el sencillo acto de ir cada día a la escuela a recibir la educación que les estaba destinada , ascender a las aulas por escaleras de mármol de carrara donde más de una niña se sentiría una princesa, atravesar los pasillos encolumnados, asistir a la gran biblioteca con atriles y luz dirigida para cada lector,  escuchar conciertos en butacas aterciopeladas del auditorio, estudiar los mamíferos y las aves  frente a vitrinas del museo escolar.
Hoy alberga cuatro escuelas primarias en diferentes modalidades, jornada simple y completa con una matrícula de mas de 3600 alumnos y dos jardines de infantes también en jornadas simple y completa con mas de 580 alumnos.
Cuenta con  una escuela de Coro y Orquesta, un Centro de orientación vocacional y educativa, un departamento especial de Educación  y Perfeccionamiento docente, (que tiene a su cargo el dictado de cursos de perfeccionamiento destinado a supervisores, directores y maestros de la Capital e interior del País), Sala de computación, Gabinete de medios audiovisuales, Pinacoteca,  un complejo museológico ( Museo Geofísico Juan B. Terán y el Museo de Ciencias Naturales Angel Gallardo)  entre otros.
Desde su historia hasta el presente este “palacio-escuela” realiza una obra de formación intelectual constante, logrando el objetivo para lo cual fue creado: la educación, formación e integración de  “la familia-escuela”.

Foto: busto de Félix. F. Bernasconi, ubicado en el hall de entrada al auditorio.

 “Curiosidades de los Barrios”

Un perro que salva vidas

 

por Mabel Alicia Crego 

 

En el complejo museológico del Instituto Felix Fernando Bernasconi, sala de Zoología entomológica del primer piso, se encuentra una curiosidad del barrio Parque de los Patricios.

Se trata de un perro embalsamado  llamado “Fasulo” que tiene una placa en la que dice “FUE CONDECORADO POR SU ARROJO Y VALENTÍA”.

Este perro fue la mimada  mascota que a finales del año 1950 se transformó en  el  héroe de Parque Patricios.

El cuartel N°2 de Bomberos de la calle Caseros, durante un tremendo incendio  rescataron a un perrito que le pusieron de nombre “Fasulo”.

Desde ese día el pobre perro (que había quedado medio chamuscado)  se convirtió en  la mascota mas querida del cuartel de bomberos,  no sólo por el afecto que le tenían los bomberos, sino por que al sonar las sirenas de alarma era el primero en saltar a las autobombas para dirigirse al lugar del siniestro.

Cuentan los vecinos que era muy “diestro” para encontrar gente  debajo de los escombros y se dice que salvó varias vidas con su fantástico olfato.

El perrito murió en 1960, por diez años fue el colaborador inseparable de los bomberos de Parque Patricios y hoy lo podemos ver en una vitrina en el museo del Palacio - Escuela como ejemplo de agradecimiento y valentía.    

    

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Premio mate.ar PyME 2006 en el rubro Patrimonio Histórico

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Por la labor de divugación de las actividades de la Junta de Estudios Históricos del barrio de Boedo

 

"Curiosidades e Historias de los barrios porteños" por Mabel Alicia Crego

 

Ricardo Lopa escribe sobre Buenos Aires

 

Cristina Suárez nos cuenta historias y anécdotas de los barrios porteños 

 

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Elda Belcastro

Elda Belcastro, pintora

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