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Temporal...pichón!!!
Guillermo E. Barrantes

14/08/2010
Hacía
por lo menos una semana que no llovía, y la
temperatura iba en aumento día tras día. Ese
jueves había amanecido pesadísimo, y el
termómetro marcaba los 32 grados centígrados a
las ocho menos diez de la mañana. De seguir así,
al mediodía treparía por encima de los 41 del
día anterior...
Aún en calzoncillos como estaba, Pancho se sentía incómodamente
transpirado, y de poco le sirvió la ducha tibia que se pegó, abriendo solo
el agua fría.
Ya la casa estaba en marcha, pero un pesado silencio aplastaba hasta los
perros.
Se vistió con los más holgado que encontró y así salió a la calle, donde
el resplandor de las 8 y media, lo hubiera enceguecido de no haber tenido la
previsión de calzarse unos lentes oscuros antes de abrir la puerta. Le
pareció en comparación, que en la penumbra del hall se estaba con frescura.
Caminar esos cien metros hasta la avenida y esperar cinco minutos el 140 le
significaron transpirar, mojar la camisa, volver a secarse con ese solazo
abrasador e iniciar una segunda sesión de sudado.
En el colectivo, afortunadamente había todavía asientos libres. Claro que
eran precisamente los que la gente dejaba para lo último ya que les daba el
sol.
Se sentó lentamente, sin apoyarse en el respaldo, e intentó abrir más la
ventanilla que ya estaba corrida un poco. Otros lo habrían intentado
seguramente antes que él; no lo logró, por lo que se ensimismó en sus
pensamientos rogando que así el viaje le pareciera más corto. Observó a la
gente a medida que el transporte se iba colmando, y todos dejaban traslucir
similares poses y apariencias: nadie tenía cara de haber descansado bien, la
mayoría ya transpiraba, y a pocos le importaba la forma en que se habían
vestido. Cada cual buscaba sentirse lo más cómodo posible.
Qué absurdo que ciertas costumbres obligasen a algunos a mantenerse
vestidos con traje de calle, camisa, corbata, y hasta el mismo pantalón
largo!- pensó Pancho al ver subir a dos tipos que –también pensó- debían ser
empleados de algún banco o alguna empresa del centro.
Ya cerca de Junin el colectivo estaba repleto y la mezcla de olores de
diferentes perfumes, desodorantes y sudoraciones conformaba un caldillo
espeso que ninguna corriente de aire disipaba. Se bajó al doblar en la
plaza, y caminó hacia el edificio de la Facultad. Allí, agradeció disponer
de una oficina bastante umbría, de ventanales amplios y de un ventilador que
aunque ruidoso, lo ayudó a soportar la jornada con cierta dignidad.
Al salir , cerca de las 18 el cielo iluminaba todavía con mucha fuerza y
las marcas térmicas apenas si habían bajado un poco desde las dos de la
tarde: 43 grados!.
Desandó el mismo camino de la mañana, solo que lo hizo un rato a pie,
para acortar el viaje encerrado, a la vez que se distraía mirando gente y
vidrieras por la Avenida Córdoba. Llegó a las siete y veinte pasadas, y lo
primero que hizo fue desnudarse y volverse a duchar tal como lo había hecho
a la mañana.
Se preparó un vaso grande con coca y muchos cubitos de hielo, y así, en
calzoncillos se fue a sentar al jardín donde su padre estaba regando el
pasto con una manguera de goma colorada. Al rato se le unieron sus hermanos
y más tarde su madre se acercó y les propuso cenar al aire libre. Si bien
nadie tenía muchos ánimos ni para moverse, aceptaron todos de buen grado la
propuesta. Más, cuando se enteraron que había ensaladas, jamón con melón, y
que todavía quedaba algo de helado de la noche anterior.
El calor mantenía a casi todos silenciosos, y solo se escuchaban
chirridos de cigarras o grillos que se escondían entre los matorrales de la
medianera, lo mismo que los moscardones que parecían despertarse cuando
alguno pasaba por allí y movía alguna rama de las enredaderas.
Cerca de las once de la noche, todos los rostros cansados dieron por
concluida la jornada y cada cual se retiró a su cuarto.
Cuando Pancho subió, me vió a mi -su hermano- sentado en el alféizar de
la ventana mirando hacia el horizonte.“Y?...lloverá? ” - me preguntó
-imitando el acento correntino que a veces solía adoptar su propio padre
para este tipo de preguntas-.
“Parece que hoy tampoco”, pensé y respondí.
Entonces nos quedamos un rato conversando sobre qué estaba cada uno
haciendo de sus vidas en aquel entonces.
De pronto, me erguí mirando nuevamente hacia el oeste, y dirigiendo mi
brazo extendido exclamé con entusiasmo:“Un relámpago!!!!”.
Ambos nos pusimos a observar el horizonte, y algunos segundos más tarde
comprobamos entusiasmados que efectivamente se iluminaba momentáneamente esa
zona difusa en que se confunde cielo y tierra.
“Si...un relámpago!!...a ver ...calláte un momento, a ver si se escucha
algún trueno...” - dijo Pancho.
Pero sólo nos llegaban los ruidos amortiguados de la avenida, alguna
acelerada, un cambio de marcha, y los chirridos de los insectos. Nos
mantuvimos así, expectantes por algunos minutos, pero como nada parecía
ocurrir, sintiendo sueño, Pancho se fue hasta su cuarto y yo me recosté
manteniendo los ojos en vigilia, por si notaba algún cambio.
Repentinamente lo hubo.
Una suave pero perceptible brisa atravesó los cuartos y ambos casi
al unísono nos levantamos.
“Pancho, veni a ver!” –exclamé– al tiempo que volvía a incorporarme
parapetándome frente a la ventana. En el horizonte eran notorias unas nubes
densas, globosas, de contornos más claros, esa coloración plomiza y violácea
dentro de las cuales cada pocos segundos refulgía un relámpago...y lo que es
mejor: se escuchaban los primeros sonidos graves y pesados de los truenos!.
El viento se anunció con los racimos de semillas seguidos por las
hojas de los arboles de la calle.
“Ahhhh...que vientito...sentí...”.
Por un momento nos deleitamos con el aire que ingresaba suavemente y
comenzaba a robarnos algo del calor acumulado en los cuerpos.
Los relámpagos eran cada vez más cercanos y luminosos y los truenos ya se
percibían con más nitidez.
A continuación -pero no finalmente- el viento trajo aromas. El delicioso
olor de la tierra seca cuando comienza a humedecerse nos atravesó, al tiempo
que la brisa parecía ser más fresca y ambos sentimos ese primer escalofrío
con agrado.
Las nubes estaban cubriendo la casa, y cada tanto un trueno reventaba con
un estrépito que parecía derrumbar los techos y dejaba reverberando los
vidrios de la claraboya. Otras luces se encendieron en casa. Seguramente ya
nadie dormía y todos estarían sintiendo lo mismo que nos ocurría a nosotros.
Lo mismo en las casas vecinas. Eran casi las tres de la madrugada.
Por fin cayó una gota, luego dos, tres, y sin una escala gradual el
aguacero se desplomó imparable sobre las terrazas y los patios.
El aire cambió de olor y de temperatura. Los cuerpos aún caldeados
tardaron un poco más en acomodarse a la nueva situación, pero segundos
después las minúsculas gotitas que se colaban a través de la ventana al
rebotar la lluvia en las persianas, nos provocó un segundo escalofrío.
Un relámpago cercano y luminoso presagió el poder de un nuevo trueno tan
prolongado y potente que nos obligó a alzar instintivamente los brazos para
protegernos de un supuesto peligro.
“Temporaaalllll pichón!!!!!!!!!!!!....-oímos entonces- la voz de nuestro
padre, quien desde la planta baja, se acercaba para anunciar lo que ya todos
sabíamos.
“Temporalll pichóóóónnnnnn” volvió a retumbar su grito en el hall, al
tiempo que otro trueno más agudo y que sonaba como una tela gigantesca que
se rasga, tapó la frase que mi viejo intentaba agregar.
Ya para ese entonces el sonido de la lluvia ocupaba todo el espacio.
Rebotaba en las baldosas, gorgoteaba por los balcones y chapoteaba en los
charcos que se habían empezado a formar por varios sitios.Los truenos y
relámpagos parecían alejarse velozmente, pero cada tanto, y en forma
traicionera volvían para asustar a los desprevenidos.La lluvia siguió por un
par de horas.
Se hizo más suave y monocorde. Casi todos volvimos a las camas.
Incluso –recuerdo- me tapé con una sábana, ya que con la tormenta hasta
me pareció sentir algo de frío.
Eran casi las cinco y media de la mañana y el cielo volvía a aclararse.
Alguien, aprovechando el agua caída, barría la vereda en la acera de
enfrente, y dando inicio a un nuevo día.
Guillermo E. Barrantes (Recuerdos de Buenos
Aires, 2002)
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