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Mis Tormentas
Guillermo E. Barrantes

14/08/2010
Cada
tanto, y sin necesidad que esté lloviendo, recuerdo con bastante nostalgia las
tormentas de mi infancia, cuando vivía en Buenos Aires.
No se trata tan solo de añorar aquellos tremendos truenos y el
espectáculo formidable que nos mostraba periódicamente la naturaleza -aún en
medio de tanta obra humana- por la escasez de ellas en estos lares ya que
esa nostalgia se agranda porque donde hoy vivo las tormentas son casi
siempre tímidas y por sobre todo silenciosas, sino que a la par de esas
demostraciones esporádicas de los ciclos del agua, debo sumarle los
recuerdos de situaciones que acompañaban esas lluvias…
… Si la precipitación empezaba estando en el colegio, me atraía mirar
por la ventana mientras comenzaba a inundarse el patio y ver la rapidez y
fuerza con que se llenaban aquellas canaletas horizontales a ras del piso,
que solíamos usar generalmente –cuando no llovía- como pista de autitos en
miniatura. En el recreo alguno se animaba a dejar flotar un bote y al verlo
alejarse veloz para esconderse en lo profundo del hueco en que remataba la
alcantarilla, otros lo seguíamos dejando flotar algún palito, un corcho o un
simple trozo de papel…
… Si la lluvia era muy fuerte en mi cabeza comenzaba a rondar la idea de
faltar a las clases de la tarde. Para ello hubiese bastado con llegar
empapado a casa y decir que me sentía un poco achuchado. Sólo que en los
días de lluvia generalmente nos pasaban a buscar al mediodía y en pocas
ocasiones debimos volver a pie, poniendo entonces si en práctica la táctica
para el faltazo…
…Cuando las tormentas ocurrían estando en casa se prestaban para
arroparse con botas y capas de goma e ir al jardín para pararse simplemente
en el medio de la nada y disfrutar de lo tibio que resultaba el mundo de la
ropa para adentro, o en ocasiones subido al techo del galponcito soñar que
se estaba en un refugio a salvo de un poderoso temporal e inundación o
azotado por un huracán en el medio del océano…
Siempre disfruté de la lluvia.
Aún cuando un aguacero inesperado me empapase en la calle totalmente
desprevenido, apuraba el paso imaginando lo que haría una vez a cubierto.
Ya
más grande, si andaba por el centro, ese sitio solía ser el departamento de
tía Luisa, a metros del Congreso, donde siempre encontraba un toallón seco y
suave y algún buzo de tío Manolo para esperar que se orease mi camisa. En
aquel refugio céntrico, a metros de la avenida Rivadavia, el sonido del agua
llegaba especialmente amplificado atravesando el ventanal que daba al
patio de aire y luz, mientras que desde la avenida era el tránsito quien
delataba la continuidad de la tormenta, por el siseo particular de las
ruedas sobre el pavimento empapado…
… Muy agradable resultaba la sensación cuando en vacaciones nos visitaba
una tormenta en Miramar, y desde el pequeño departamento costero me quedaba
mirando hacia el océano por la ventana empañada del noveno piso, disfrutando
el silencio interior y el confort de un rincón seco…
Hubo tormentas que me asustaron temiendo lo peor, como el rayo
traicionero que entraría por algún rincón de la casa o peor aún que se
descargaría sobre mi lapicera, o lo que tuviese en ese momento en la mano;
otras que me aliviaron como las veraniegas que se hacían desear tanto y
venían acompañadas de aromas y frescura; algunas que me cambiaron los planes
como cuando en un viaje de descanso no paró de llover durante los seis días
de mi estadía o cuando yendo al autocine el programa súbitamente debía ser
reemplazado al no poder ver casi nada; una en particular que acompañó mi
deprimido estado de ánimo en el desierto de Nevada, extraña y abundante para
una zona tan árida pero útil para disimular las lágrimas; y otras de aquí y
de ahora que cuando resultan más fuertes de lo habitual y hacen burbujas
sobre los charcos, me retrotraen a los viejos y lejanos aguaceros de la
infancia, en que los globitos flotantes equivalían al “va a seguir lloviendo
todo el día!...”.
No puedo siquiera imaginar cuantas tormentas contabilizo como vividas en
lo que llevo en este mundo, pero cada una de ellas, cuando es buena, me trae
junto a su agua el regreso de todas las pasadas…
Guillermo E. Barrantes Noviembre 2005, Ushuaia
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