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Copia Fiel I
Guillermo E. Barrantes

15/10/2009

El balcón de la casa de su abuela quedaba casi a la misma
altura que la terraza más alta de la casa de mis padres. Un buen día la
descubrí de casualidad. Pero la distancia más corta entre ese balcón y mi
casa era un punto preciso frente a la puerta del cuartito de la terraza, que
aunque me dejaba unos metros debajo de aquel tercer piso nos permitía vernos
mucho más de cerca.
Supe como se llamaba porque le pregunté a Daniel Melloni,
- que a la sazón vivía en aquel mismo edificio solo que dos pisos más arriba
- “¿Quien es esa chica que vive en el tercero?”.
“No, no vive aquí, es la nieta de la señora del tercero y
se llama Mónica”.
“Mónica?.... Mónica!, qué lindo nombre!”. Nunca antes
había conocido otra Mónica y como creía que cada nombre sonaba a una
sensación diferente, este me provocaba una nueva y desconocida picazón
interior que en aquel tiempo todavía no sabía traducir.
Esta tenía un rostro muy simétrico, con unos dientes muy
blancos cuyos paletones sobresalían por sobre los demás por su longitud, lo
cual le otorgaba cuando reía un cierto aire pícaro y a la vez amigable, como
un dibujo de Disney. Su piel era blanca casi por exceso y su pelo oscuro y
con ondas.
Yo, que hasta ese momento solo había prestado escasa
cuando no nula atención a las mujeres me sentí repentina y profundamente
atraído hacia ella, aún cuando en mi misma cuadra, los nacidos y
particularmente las nacidas en el 49 resultaban mayoría: Mirta, Cristina,
Norita, Elizabeth, Nieves, todas ellas contaban en ese entonces con diez
años de edad. Igual que Mónica, lo mismo que yo.
Pero a mí me gustó Mónica. De entrada.
Sus abuelos eran un matrimonio ya mayor que se había
mudado al barrio pocos meses antes. Ella había venido a visitarlos y se
quedaría durante el verano acompañándolos, ya que vivían en Luján.
Entablar una conversación me llevó algunos días. Durante
estos, la saludaba desde el rellano de la escalera caracol, haciendo como
que iba por alguna razón a la terraza, y casi al pasar, como al descuido
levantaba la vista y allí estaba ella mirando hacia la calle con sus brazos
cruzados apoyados sobre la baranda del balcón. Por la tarde la veía en la
puerta del edificio o caminando ida y vuelta hasta la esquina con otras dos
chicas que también estaban de visita, casualmente en el mismo edificio que
ella. En esas ocasiones salía con mi bicicleta y trataba por distintos
medios de atraer su atención, pasando muy cerca de ellas, o frenando
repentinamente intentando hacer el mayor chirrido posible.
Finalmente hablamos.
Claro que nuestros respectivos argumentos de conversación
eran bastante escasos. Yo desconocía si a ella le podía realmente interesar
como hacía para que la rueda de mi bicicleta produjera un sonido parecido al
de una moto, metiendo un cartoncito enganchado con dos broches de ropa, de
modo tal que los rayos de la rueda lo golpearan en su camino. Ella tampoco
parecía muy segura cuando me contó que habían estado preparando un
bizcochuelo con sus amigas y su abuela, y hasta se puso colorada. Pero aún
con nuestros incómodos silencios nos las pudimos arreglar para aumentar el
tiempo de permanencia juntos sentados en el umbral de la puerta de una casa
contigua al edificio donde ella me mostró las mismas figuritas abrillantadas
que un par de años atrás había dejado de usar mi hermana, o yo le deje ver
la cicatriz que me había quedado en la cabeza cuando me la habían roto de un
piedrazo a la edad de cinco años. Las tardes de aquel verano me parecían
hermosas e interminables. Repentinamente dejaban de interesarme muchas cosas
que sorprendidas me esperaron en vano en el piso del ropero, como la caja de
soldaditos o el rifle de aire comprimido que seguramente de haber podido
hacerlo me habrían llamado ingrato. Incluso la piletita del jardín pasó a
segundo plano y todo lo que llenaba mis pensamientos era espiar cada tanto
hacia el cercano balcón donde en muchas ocasiones solo descubría las blancas
persianas bajas y una soledad solo compartida por un par de tristes macetas.
Aquel verano no salimos de vacaciones. Como tantos otros
veranos en los que por alguno u otro motivo parecía un imposible que junto a
toda mi familia pudiésemos viajar en simultáneo a algún sitio por un par de
semanas. Pero no lo lamenté en aquella ocasión.
La vacación de Mónica fue visitar a su abuela, y en
esa sumatoria de coincidencias nos pudimos conocer y compartir esas tardes
imborrables. Nuestro mundo se circunscribió a las dos manzanas en las que se
ubicaban nuestras casas, contando de yapa con la suerte de tener todavía un
cine a la vuelta, o excepcionalmente llegar por la avenida hasta la esquina
de Lacroze, en cuyas veredas caminamos juntos, incluso en un par de
ocasiones tímidamente tomados de la mano.
La vida parecía transcurrir con otro ritmo. La gente
solía caminar más despacio, con más tiempo para el saludo y la charla,
casi todos nos conocíamos por nombre o al menos de vista y de los jardines
de muchas casas se traspasaba hacia las veredas verdor, flores y dulces
aromas del jazmín.
Una mañana de marzo, tomé a escondidas la maquina de
fotos de mi madre y le propuse a Mónica sacarle una. Ella pensó – y así lo
dijo- que yo solo estaba mandándome la parte y que seguramente no habría ni
siquiera rollo en la cámara.
Pero lo había; era la última que quedaba. Final del
rollo... y del verano.
Mónica ni pudo despedirse porque una tarde la vinieron a
buscar sus padres, y en cuestión de minutos armó su bolso y dejó el
departamento. En mi imaginación su abuela debió quizá intuir algo y no
aprobarlo, porque cada vez que la veía la saludaba sintiendo que ella me
observaba con cierta severidad.
Me costó de todos modos convencerme, y durante algún
tiempo fue imposible subir a la terraza sin quedarme un rato mirando aquel
balcón de cuyas macetas ahora solo permanecía una. El abuelo de Mónica
falleció poco antes del siguiente verano, y la abuela desapareció por
bastante tiempo, para finalmente vender la propiedad, por lo cual le perdí
el rastro y la esperanza que se repitiera una visita veraniega.
Recordaba haber ido a Luján siendo muy chico en compañía
de mis padres, una tarde en que paseamos e hicieron bendecir el auto; y me
parecía que era un sitio muy lejano. Tal vez por eso me tomó algunos años
decidirme a ir por mi cuenta, y solo.
En Pacífico abordé un ómnibus de la Lujanera y descendí
en una tarde desapacible y silenciosa de invierno. La dirección existía,
pero se trataba de un comercio a tan solo cien metros de la basílica; una
santería desde cuya vidriera reconocí en el interior a la mamá de
Mónica.
Pero ella no estaba ni tampoco me llamó por teléfono en
respuesta a una corta notita que le escribí a las apuradas sobre uno de los
mostradores mientras era perforado por la filosa mirada de su madre.
De ese modo hube de dar resignada y obligadamente por
concluida mi relación con Mónica - la verdadera - porque aún conservo a la
otra, la de la imagen en blanco y negro que todavía me acompaña.
Guillermo E. Barrantes - Recuerdos de
Buenos Aires, 2002
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