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Ejército Dormido
Guillermo E. Barrantes

12/08/2009
Tan ratatatan!... pan parapán pam pammm...
pan parapamm!...
Con
una pequeña dosis de imaginación aquella monótona repetición sonaba cual si
fuese una marcha militar, y yo la canturreaba a medida que iba sacando los
soldaditos de plomo de una caja de zapatos y los disponía para un desfile
sinuoso, de cuatro en fondo. Mi pecho y panza estaban ya endurecidos y
fríos, pero continuaba acostado boca abajo sobre el parquet, con la pera
pegada a la madera, y los ojos casi a ras del suelo, para ubicarme
visualmente a la misma altura de los ojos de mi ejército. Comandaba un
Capitán, ya que por aquel entonces ese cargo me sonaba más importante que
todos los demás. Era un sinónimo de Jefe. De jefe máximo. Quizá porque lleva
acento y General no. Y ese Capitán era justamente yo!.
Tenía soldaditos
de plomo de todas las variantes de un modelo que se vendía por aquel
entonces. El muestrario - un tablero pintado con
escenas de guerra sobre el que se disponían los diferentes tipos de soldados
atrapados con una bandita elástica disimulada - lo había completado en
más de una oportunidad ya que me habían regalado cuando menos un par de cada
uno. Los había diferentes : los que apuntaban –cosa
que también podía interpretarse como los que disparaban- con armas largas,
de pie, con una rodilla en tierra y cuerpo a tierra. Los que usaban otro
armamento: uno sentado manipulando una gruesa ametralladora, otro de pie en
clara actitud de estar listo para arrojar una enorme granada ( y que por su
gesto muchas veces utilizaba para mandarlo al frente y arengar a sus
camaradas: síganme!!! - sin intención esto último- de parangonar a nadie);
estaba el que llevando una bayoneta calada se aprestaba a pinchar al enemigo
que se atreviese acercar lo suficiente, y hasta un dúo responsable de la
bazooka: el que portaba el arma y el de apoyo siempre listo para introducir
una nueva carga. También contaba con los que lucían más pacíficos: uno que
jamás bajaba los binoculares y escudriñaba todos sus alrededores aún en
medio de una furibunda batalla cuerpo a cuerpo o irrespetuosamente mirando
al público si se trataba de un desfile; otro que saludaba con una venia en
posición de firme; y uno que desesperadamente intentaba establecer
comunicación radial - seguramente pidiendo refuerzos- que nunca estaban de
más. Incluso había heridos: uno con el brazo
entablillado y vendado, otro más grave que ni siquiera contaba con base y
solo servía para mantenerse acostado en la camilla con la mitad de su cabeza
envuelta en blanco. Finalmente, los auxiliares:
camilleros con sus manos en permanente circulo apto para enganchar el mango
de la camilla o bien una improvisada arma inventada con un palillo o una
pajita de escoba; una enfermera con cofia y delantal inmaculadamente blanco
y camisa celeste, choferes de jeeps, y alguno más, que tal vez por el tiempo
transcurrido ya ni recuerdo cual misión permanente tendría encomendada.
Todos vestían un uniforme que en sus orígenes era la chaqueta color arena
oscura y pantalones azules, con botas marrones que en realidad más parecían
borceguíes cortos con polainas. Representaban el
primer uniforme de los norteamericanos en la segunda gran guerra. (Sería tal
vez por eso que eran de plomo macizo?).
Posteriormente fueron mudando el
uniforme, pero mantuvieron la entereza, la predisposición para el desfile y
la batalla y la capacidad de soportar golpes, caídas o la terrible penuria
del olvido entre las macetas de la terraza o las piedras del jardín.
Como
armar un desfile con tan variados personajes?. La cuestión era mostrar un
buen número de participantes. Los heridos de nacimiento como los rotos por
el propio juego, quedaban rezagados al final de la hilera y los disimulaba
acomodándolos dentro de alguna de las lanchas de desembarco grises que
curiosamente también participaban aunque el parquet representara tierra
firme. Jugar era simplemente eso: sacarlos de su caja, observarlos,
reconocerlos y disponerlos sobre su sitio al tiempo que tarareaba la música
mientras armaba el escenario. El sonido era un
condimento esencial de aquel evento. Tanto en la paz como en la guerra. En
esta última, donde tampoco faltaba una marchita, se incorporaban gritos,
ordenes y graves estruendos de cañonazos y bombas. Hubiese sido
incompleta la escena de haber permanecido silenciosa. Por largo
tiempo, hubo también una discrepancia notoria entre el uniforme de estos
soldados y el fuerte - que también lo tuve- y que por su aspecto resultaba
una curiosa mezcla de muralla medioeval con sus troneras, sus torres y hasta
un puente levadizo.
Hubiera resultado en realidad por su apariencia más
apto para jugar a los indios atacando un fuerte de soldados de algún
regimiento de caballería norteamericano, o mejor aún una base de la legión
extranjera. Pero como tuve muy pocos soldaditos de ese tipo, aún con
la potencia imaginativa de aquel entonces, fuerte y soldaditos resultaban
tan ajenos que no lograba disimular la incongruencia. A decir verdad el
fuerte resultaba en realidad una práctica caja, ideal para guardar
todo cuando me llamaban a comer aclarándome que debía dejar el sitio en
orden.
Hubo también verdaderas batallas. Algún
amigo llegaba a casa acompañado de su propio ejército de plomo, y entonces
la disposición cambiaba y el juego era otro.
Consistiría en disparar
escarbadientes con los cañoncitos de resorte manteniendo una distancia
establecida. Algunos hombres bajo mi mando fueron tan estoicos y pesados que
soportaron el impacto directo sin caerse. Los héroes de aquellas tardes de
resfrío o dolor de garganta.
En tales ocasiones los adversarios se
disponían enfrentados y a la vista unos de otros, en un campo de batalla que
podía ser el patio - cuando se buscaba un resultado expeditivo - o bien en
los recovecos del jardín cuando era imprescindible cuidar la totalidad de
las vidas disponibles. Fue así que pasado el tiempo,
mi padre recortando el pasto entre las lajas, o podando algún arbusto, se
encontró cara a cara con alguno, que perfectamente camuflado con el terreno
había permanecido a salvo ....por años.
Pero nuestros juegos fueron
cambiando y cuando aparecieron los ejércitos de plástico ya no me sentí tan
seguro con esos camaradas tan livianos que un simple roce derrumbaba.
Además, a esa altura de mi vida eran otras las diversiones, y entre estas el
ir a pescar se convirtió por algún tiempo en una excelente distracción.
Poco a poco, con una pizca de timidez y bastante cargo de conciencia,
comenzando con los heridos y los rotos, el grupo fue ocupando estoico su
nuevo destino en una cacerolita de acero donde mi hermano me enseñó a fundir
el plomo.
Silenciosa y resignadamente toda esa Compañía que se hizo
presente en mis juegos de tantas tardes de lluvia, se fundieron junto
a envases de dentífrico y capuchones de botellas de vino para moldearse
luego como plomadas de pesca. Y como perdimos la mayoría de esos
espineles de profundidad frente a los espigones de la costanera norte, ese
ejército, disimulado y camuflado, duerme su sueño de gloriosas jornadas, en
el barroso lecho del Río de la Plata.
Guillermo E. Barrantes - Recuerdos de
Buenos Aires, 2002
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