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Asalto
Guillermo E. Barrantes

19/07/2009
Rara,
muy rara vez se baldeaba el hall de casa. La cera conformaba ya una capa
impermeable en los mosaicos y el piso se tornaba resbaloso si se iba calzado
con suela. Pero en estas ocasiones eran mis propios hermanos quienes tomaban
la iniciativa y desde la hora en que aún no había concluido la siesta
largaban con los preparativos. A eso de las ocho u ocho y media
comenzaban a llegar sus amigos y amigas.
Habían organizado un asalto.
Los chicos llegaban con sus propios discos, algunos traían una gaseosa o
un jugo, y otros colaboraban con unos sándwichs de miga o un paquete de
saladitos. Como la mayoría eran vecinos del mismo barrio yo los conocía a
todos y me mezclaba entre ellos aún cuando ninguno fuese mi amigo directo.
Entonces mi hermano hábilmente me sugería oficiar de “disc jockey”, que por
aquel entonces no se denominaba así ni recuerdo que tuviera nombre propio.
Pero como yo conocía el uso del combinado me dejaban una pilita de discos,
con alguna que otra recomendación especial.
“Ojo con este que es de otra velocidad, ves?. Este es de 45 así que
cuando lo pongas, meté primero este tubo en el eje, y girá antes esta
perilla más a la derecha, ves?”.
Ahí me quedaba entonces yo, en el pasillo de la planta alta, sintiéndome
una pieza fundamental del evento porque iba eligiendo el orden de los temas,
manejaba el nivel del volumen del único parlante y observaba las reacciones
de quienes bailaban allí abajo.
También podía comprobar como indefectiblemente los chicas se sentaban en
el sillón y las sillas que se habían dispuesto a un costado, casi bajo la
escalera, mientras que los chicos formaban rondas de seis o siete, y
desviaban furtivas miradas hacia el grupo femenino esperando que se les
diera la ocasión más propicia y fueran aceptados para salir a bailar.
La mayoría de las chicas rondaba entre los catorce y los dieciséis o
diecisiete años, mientras que los varones eran apenas un par de años
mayores, los más veteranos. Ellas solían presentarse con vestidos
de anchas faldas y zapatos bajos, blancos, negros o de color haciendo juego
con el vestido. Los llamaban “chatitas”, aunque también algunas ya usaban
tacos, pero no mas altos de los cinco o seis centímetros. Los varones,
casi un uniforme: calzaban mocasines por lo general marrón claro, pantalones
de poplin beige, gris o azul, y camisas que iban del blanco al celeste
aunque alguno más moderno se animara a usar una camisa de colores, a rayas.
La mayoría lucía una fina corbatita cuyo nudo parecía un pequeñísimo
triángulo equilátero, pero siempre aparecía alguien realmente de avanzada
que se enfundaba –para envidia de todos- con un pantalón vaquero marca Lee,
con las rodillas gastadas.
Por turnos algunas chicas se dirigían hacia el baño; las veía subir en
tropel haciendo retumbar la escalera de madera y desde mi ubicación podía
entonces escuchar que cuchicheaban encerradas tres o cuatro, enseñándose
mutuamente algún pasito nuevo de baile.
Alguno de los chicos subía de tanto en tanto y se fumaba un cigarrillo a
las apuradas entreabriendo la puerta que daba a la terraza...
... quien es el que sube ahora?
“Poné este!!... dale que es buenisimo para chapar!!”. Es Raúl, me
pide que rompa el orden sin respetar la pila que había preparado mi hermano
y haga girar ese nuevo de Ricky Valance “Díganle a Laura que la amo”.
Rato después, notando que Raúl mira insistentemente hacia donde yo me
escondo en la penumbra del pasillo iluminado exclusivamente por el vidrio
del dial, le doy el gusto y dejo sonar el tema que él pidió.
Es realmente lindo, y bien lento. Al sonar los primeros acordes me llega
un murmullo ascendente, mezcla de la aprobación de algunos o de
preocupación y nervios de otros...
...pero lo que más me atraía de esas noches era descubrir desde
arriba la presencia de Ana María Rafaelli. Siempre usaba unos vestidos que
dejaban sus hombros descubiertos, rematando en dos finísimos breteles
que continua y alternadamente se le deslizaban a derecha o izquierda. Ella
me parecía hermosa, con una piel tan suave y blanca que no podía entender
porque a los otros no les parecía igual de linda que a mí.
Ana era mayor. Un año mayor, incluso que mi propio hermano mayor. Pero
siempre creí que se fijaba en mí y tenía tiempo para saludarme, hablarme y
hasta alguna vez dejarme bailar con ella...
... quien estará a cargo del tocadiscos ahora?.
En realidad poco me interesa porque siento que está sonando uno lento de
Los Plateros y actuando como si el tipo de música fuera lo de menos dejo que
Ana me lleve y arrimo mi cuerpo al de ella, quedando mi cara a la altura de
su pecho.
Percibo su perfume y su transpiración, y siento y pienso en mis manos: la
izquierda aprisionada bajo la suya, húmeda y resbalosa, tanto como la de
ella, mientras que mi otra mano se posa inocentemente en su espalda, tersa,
tibia, y desnuda.
Me enamoro al instante!
Quiero que esa canción dure años y aunque soy consciente que recién
cumplí doce, creo saber lo que estoy sintiendo y hasta percibo los latidos
de Ana que se ha quedado callada y sigue lentamente los pasos.
Aunque mantengo abiertos los ojos, mi mirada no se fija en nada ni nadie,
pero imagino que me observan y eso me impide ser totalmente feliz. Ella no
dice nada, inclina un poco hacia mí la cabeza, intentando llegar con su pera
hasta mi hombro.
Ahora presto atención al ritmo de su respiración por el aire tibio que
parece acariciar mi mejilla a razón de un roce por segundo. No sé qué decir
ni pretendo en realidad hablarle, me basta sentirla, pensar que nos
abrazamos y el mundo de los alrededores se disuelve dejando atrás solo la
música y nosotros dos con nuestros pies girando alternativamente sobre una
baldosa negra, una baldosa rosa, una baldosa negra, una…
Un repentino sonido de púa presagia un rayón horrible en el disco y la
música cesa bruscamente. Se hace silencio por un instante. Luego se escuchan
las voces, las risas, el ruido de las sillas y el de algunos vasos. Ana
afloja un poco la mano que me aprisionaba, se retira dando un corto paso
hacia atrás, y su vestido, una fracción de segundo más lento que su cuerpo,
se mantiene pegado a mi pecho y a mi propio rostro.
Me mira y sonríe.
Posiblemente molesto por mi presencia alguno de mis hermanos ha ido a
quejarse ante mis padres, y es mi mamá quien abre la puerta que da al hall y
me llama a cenar.
Refunfuñando pero sin quejarme por evitar algún eventual reto delante de
todos, salgo como si ese asalto no tuviese para mi interés alguno.
Desaparezco.
Pero ella no. Sin que ella lo sepa me llevo su imagen, su aroma y su
tibieza.
Soñaré despierto por un tiempo con Ana Rafaelli y la recordaré como
cuando bailamos “Only You” en esa imaginaria pista que era el hall de casa.
Pero por sobre todo la retendré - tal como si hoy la estuviese viendo -
desde mi terraza mientras ella canturrea asomada en su balcón del sexto piso
de enfrente, donde por esos efectos curiosos de la acústica sus palabras me
llegan tal como si me hablase a tan solo un par de pasos de distancia.....
Recuerdos de
Buenos Aires, Guillermo E. Barrantes, Ushuaia, 2001
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