|
La Casa Abandonada
El Esquema de mi Cuadra:
Céspedes al 3400
Volver
Ida y Vuelta
Volver
Guillermo E. Barrantes

13/12/2008
Volver
y al volver descubrir esa fantástica e
indescriptible sensación de plenitud que se
alcanza cuando uno recupera un sitio añorado, y
revive sensaciones de otros tiempos
disfrutándolas tanto o más que en sus versiones
originales.
Mirar a través de una vieja ventana un paisaje que aunque diferente no
haya cambiado lo suficiente como para evitar ser reconocido y desde allí,
fumar nuevamente un cigarrillo que nos devuelva aromas y sabores olvidados
acariciando inconscientemente la misma manta que cubrió nuestros cuerpos y
sueños en la cama de la adolescencia...
Volver aunque volver incluya riesgos, porque no todo habrá de
despertarnos los mismos sentimientos de otros tiempos, lo que nos intrigaba
tal vez haya trocado en una certeza desprovista de creatividad, lo divertido
nos produzca quizá cierta lástima y hasta lo que en su momento excitaba
podría solo despertarnos algo de ternura.
Volver, volvemos siempre. De una u otra forma, nuestros pensamientos a
veces solos, otras acompañando a nuestros cuerpos retornan a los lugares y
caminos andados y volvemos a andar y desandar, llorando, riendo, gozando o
sufriendo lo vivido…
Guillermo E. Barrantes, Ushuaia, 2005
Ida
y Vuelta
Guillermo E. Barrantes

13/12/2008
Por tan solo $1,60 en boletos en un par
de horas pude recorrer más de 100 cuadras entre la ida y el regreso y además
revivir un pasado, observar este presente e imaginar lo que podrá venir…
Es que en un trayecto casi lineal sin demasiadas vueltas viajé desde la
casa donde residen hoy mis hijos - pasando por la casa paterna en la que
nací y crecí- hasta el centro donde visite viejos amigos de mi anterior
empleo y en una vuelta mas directa todavía desandando el mismo camino que
solía llevarme a casa cuando vivía en Buenos Aires me bajé en el punto de
partida.
Ese viaje en particular – porque el recorrido lo debo haber hecho miles
de veces en mi vida - y lo que pude observar desde la ventanilla de un
colectivo de la línea 140, me hizo considerar un paralelismo entre lo que
las calles me mostraban y lo que esas manifestaciones desnudaban de buena
parte de nuestra sociedad y nuestra historia.
A lo primero que presté atención fue a las veredas. Casi ninguna
completamente sana. Una suma de faltantes e imperfecciones, muchas
emparchadas, con arreglos en los que aparentemente nunca se pudieron
conseguir baldosas iguales al original por lo que las mismas mostraban una
gama variada de tonos amarillentos, ocres claros, grises; y tratándose de
baldosones en muchos casos en reemplazo de algún recambio lucía una
hormigonada, cuando no directamente persistía una hundida capa de tierra y
escombros. Me pareció increíble que nunca reparemos lo suficiente en esos
detalles, fueron tan pocas las veredas que vi luciendo completas y sin
reparaciones, que es casi casi como nos suele ocurrir con lo cotidiano y
doméstico: nos terminamos adaptando a la rotura, al arreglo improvisado que
durará para siempre, en nuestras cosas, en nuestros cuerpos y en nuestro
espíritu…
También miré atentamente muchas fachadas. Me sorprendió la cantidad
de carteles de venta, que me llevaron a deducir e imaginar en qué momento se
habría producido el empobrecimiento o desaparición física de sus originales
propietarios que no pudieron mantener esas casas ya viejas pero además
deterioradas y que ahora lucen con alguna ventana tapiada, una cadena con
candados pretendiendo que nadie ingrese, revoques descascarados, vidrios que
perdieron su transparencia y la invitación a imaginar lo que uno quiera
sobre lo que podría hallarse en sus interiores. De ahí que resultaran
llamativas las pocas ventanas abiertas – es lógico esperar que no lo estén
en época invernal- pero esa cerrazón generalizada casi invitaba a
pensar que nadie viviría en esos interiores o lo haría en un ambiente
privado de luz, casi penumbroso, y no pude dejar que compararlos con los de
mi infancia donde las voces y los sonidos de la gente desde sus casas
conformaban el fondo auditivo del barrio.
Al respecto sentí que muchos de esos frentes aun cuando se mostraran
cerrados dejaban traslucir nuestro pasado perdido y trasparentaban una
sensación generalizada de inseguridad y miedos…
Muchos locales comerciales no escapaban a esta tendencia y aparecían
cerrados, pero varios de ellos visiblemente clausurados tiempo atrás,
deducible por el herrumbre de las cortinas metálicas, el polvo y papeles
acumulados en los rincones o directamente las huellas que delataban que una
vez allí habían instalado un determinado negocio del cual solo quedaban
marcas tales como las ménsulas que supieron sostener un cartel, o algún
olvidado aviso tras una vidriera ahora sucia: “nos mudamos a”…. El
periplo me llevó a constatar que el tiempo pasó para todos. Hasta ciertas
cosas que uno podría considerar inamovibles habían dejado de serlo: la
Secretaría que durante años funcionó en el edificio del Banco Hipotecario se
había mudado por segunda vez, ahora al Correo Central, que por supuesto ya
había dejado de ser exclusivamente correo. Mis amigos me encontraron más
viejo y yo a ellos, pero todos fuimos cautos y tuvimos el tacto de no decir
nada que pudiera dolernos demasiado.
Después de todo han pasado treinta años.
Y treinta años de la Argentina pueden pesar mucho más que simplemente
tres décadas. Atravesamos nada menos que los fogosos y traumáticos setentas,
los esperanzados ochentas y la ficción de los noventas, de corrido y sin
anestesia…
Afortunadamente el viaje de regreso me regaló un respiro al dejarme ver y
pensar otras cosas aún mostrándome el mismo paisaje urbano; tal vez porque
puse mi atención en la gente más que la arquitectura.
En una cuadra vi un local recién inaugurado, pequeño, dedicado a la venta
de artículos para artesanías. Entonces pensé “qué bueno, hay gente
optimista; ojala que la vaya fenomenal”, porque a su vez eso significa que
aún en momentos malos hay gente que crea, que hace cosas lindas, que pinta,
que talla, que borda, que teje, que está haciendo cosas para más adelante.
Cerca de una facultad vi una vereda que parecía nevada y unos metros más
adelante una chica se reía mientras intentaba sacudirse la harina que otros
jóvenes le seguían arrojando. Ahí vi también futuro, y del bueno: alguien
que también creía y acababa de dar un gran paso en su vida.
Pocas cuadras después, en una plazoleta de esquina donde se habían
pintado personajes tamaño natural contra una medianera, se sacaban fotos
junto a una pareja de recién casados sus amigos y familiares incorporando
para la posteridad también a los personajes estampados de dos dimensiones
que irán a acompañar al reciente matrimonio de ahora en más el recuerdo de
ese día tan particular.
Y a pesar de todo lo que pueda criticar u observar como malo también debo
admitir que en Buenos Aires son muchísimas las mujeres hermosas, hay todavía
tipos que silban o cantan por la calle, se ven embarazadas por todos lados,
y es tanto lo que queda aún por descubrir!...
También hay demasiado oxido en las marquesinas, deberían lavarse miles de
vidrios, repintarse muchas fachadas, arreglarse tantas veredas, y tanto más,
pero así es precisamente como somos.
A pesar de haberme ido, en muchos sentidos algunas raíces se mantienen
vivas y de tanto en tanto me mandan fluidos cargados de nostalgia.
Recuerdos de
Buenos Aires, Guillermo E. Barrantes, Ushuaia,
08/2006
|