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Un día con Momo
(recuerdos del Carnaval en el barrio de Colegiales)
Guillermo E. Barrantes

20/02/2011

MAÑANA
“En el kiosco de la Iglesia venden la bolsa de bombitas a menos de dos
pesos!”. Tras el anuncio de Cachito, nos fuimos a comprarlas.
Efectivamente estaban mucho más baratas, pero también parecían más chicas. O
por lo menos tenían el pico más pequeño porque cada tres que metíamos en la
canilla se nos partía una. Las canillas de bronce con rosca, esas que
abundaban en jardines y lavaderos, aunque de mayor diámetro resultaban
mejores, porque una vez ajustado el borde del globito este quedaba firme
allí hasta que decidíamos que la bomba estaba lo suficientemente cargada
como para sacarlas; y haciéndole un nudito la dejábamos cerrada. Claro que
antes debía dejarse salir el aire de adentro. Solo debía quedar agua. Ni muy
inflada, ni demasiado poco. Toda una especialización cuya única forma de
aprenderla era palpando, reventando, mojándose. Sucesivos anillos de
látex de colores amarillo, rojo, azul, blanco o rosa, quedarían por meses
adornando ese grifo como recordatorio del pasado verano. En cambio las
canillas más modernas, aquellas de pico liso o incluso de forma rectangular,
terminaban haciendo perder el tiempo. El agua se escapaba por detrás o la
bombita se salía, resbalando por lo liso del cromado. Entonces con un
balde cargado con agua hasta un poco más de su mitad, transportábamos las
diez o doce bombitas que acabábamos de llenar y nos escondíamos a mitad de
cuadra, tras un auto a la espera que pasase alguna chica. Pero los
minutos transcurrían y tal parecía que esa mañana todas las conocidas del
barrio dormían o sino.... ”...Shhhh cuidado...ahí
viene Norita”..... Norita caminaba acompañada de su mamá y ésta, que nos
había visto al salir a la calle se nos anticipó con un escueto “Al primero
que se le ocurra mojarnos le parto la cara de un cachetazo”. A ninguno se
le ocurrió ni siquiera insinuar mojarlas. Carlitos, aburrido lengüeteaba
el agua condensada en el exterior de su bombita y fue entonces presa de
nuestra burla porque el globo finalmente cedió reventando y este terminó
mojándose asimismo la cara, la remera y las zapatillas. Como respuesta a
nuestras risas aplicó un bombazo en plena cabeza a Pancho, y así, en
menos de un minuto toda la carga del balde, incluida el agua de transporte
fueron a dar contra nuestros propios cuerpos. Después de todo hacía
bastante calor. Era febrero y el sol abrasaba las veredas. “Pan con
pan .....comida de tontos!!!”, gritó Panchito molesto por haberse visto
sorprendido y más aún porque en ese momento, justo en aquel momento vieron
venir caminando a las hermanas de Piti y no tenían ni un pomo con que
mojarlas. Pero Picolla muy oportunamente se les unió con su nuevo
invento. Un inflador de ruedas de moto que era de su padre, con el cual
podía disparar un impecable chorro de agua como a quince metros de
distancia. “Pico!!! Trajiste tu pomo?....está cargado?”. Ante la
afirmativa todos volvieron a esconderse tras el auto a la espera de las
víctimas, que se acercaban curiosamente tranquilas. Picolla salió de su
posición de cuclillas, se hizo visible ante Alicia y Liliana, y tras un
amistoso “hola” de saludo impulsó con fuerza el émbolo del inflador. La
admirable curva del chorro de agua cruzó limpiamente la calle Céspedes y dio
de lleno sobre la cara y el cuello de Liliana, quien al agacharse ante la
sorpresa, permitió que el resto del agua cayera sobre la espalda de su
hermana. “Bieeeeeeeeennnnnn!” fue el grito unánime de todos, mientras las
chicas, sorprendidas aún por esta inesperada mojada a la distancia no sabían
si volver sobre sus pasos o salir corriendo imaginando que ahora vendrían
las bombitas. PRIMERA TARDE
Los juegos de agua de la mañana solo habían sido un inocente divertimento
entre nosotros. Apenas si habíamos podido mojar a tres mujeres y en si, más
que un juego había parecido una cacería. Jugar, pero jugar en serio era
lo que organizaban los padres de Dani. Ellos vivían en la segunda casa
comenzando desde la esquina de Céspedes y Delgado. Disponían de un patio
interno al que daban entre otros locales el baño con una enorme bañera a la
que llenaban completamente de agua. En la vereda enfrentada, casi a mitad
de cuadra, vivía la familia de Pepe. Su mamá, su hermana casada, con su
marido e hijas, y también otras mujeres que nunca supe cual parentesco las
unía. Esta casa, con un patio con pared baja y rejas a la calle se
constituía en el bastión femenino. El papá de Dani mandaba en su propia
casa, el fuerte de los varones. Pero era un juego de adultos. Allí,
nosotros terminábamos siendo más espectadores que partícipes. Pero ello nos
divertía igual. Nos resultaba sorprendente ver a algunos padres y madres
de nuestros amigos, a quienes siempre solíamos saludar en ropas de oficina ,
vestidos con un simple short, una camiseta y zapatillas o chancletas,
cruzando la calle con una balde o una palangana para arrojárselo a una de
las vecinas que participaban. Alguno se caía, resbalando en el adoquinado
mojado, y era entonces atrapado por un grupo de mujeres que alzándolo en
vilo lo llevaban hasta el baño de la casa de Pepe y lo sumergían
íntegramente en la bañera. El atrapado salía unos momentos después
chorreando agua por todo su cuerpo y era aplaudido por quienes
oficiábamos de público. Las mujeres no recibían igual trato, aunque una
vez que alguna era rodeada recibía cinco o seis baldazos de agua en su
cabeza para salir caminando hacia su fuerte con las ropas pegadas al cuerpo.
Hasta que puntualmente cerca de las cinco, el viejo Ader daba por terminada
la acuática batalla. Para ello, simplemente desaparecía unos minutos en
su casa, y cerrando las puertas volvía a aparecer con las ropas cambiadas,
seco, bien peinado, y con sus lentes oscuros se sentaba a tomar fresco en el
umbral de la puerta, observando a los más rezagados que aún contaban con
unos litros de agua y esperaban descargarla sobre alguien. Las mujeres se
retiraban a sus casas, y en lo de Pepe aprovechaban para barrer los patios y
la vereda que con tanta agua terminaban quedando impecables. El propio
Pepe imitaba entonces a su vecino de enfrente y antes de las seis ya nadie
mostraba signos de haber participado. Era la hora de las mascaritas.
TARDE
El grave sonido del gran bombo hacía por simpatía vibrar mi pecho y
sentía como un retumbar adentro mío. “La murga!!! Se escucha una
murga!!!”. Salimos corriendo hasta la puerta para descubrir que
efectivamente en la esquina de Alvarez Thomas habían estacionado un camión
del cual todavía estaban descendiendo de la caja de carga algunos de los
comparsas. Frente a la zapatería, un morocho gordo, curiosamente
pintarrajeado cual si fuera un muñeco, dirigía con su ritmo no solo el bombo
sino los pasos de los primeros que habían empezado a danzar. Yo ni me
había terminado de disfrazar pero quería presenciar este espectáculo que
para colmo de la buena suerte se producía a escasos metros de la puerta de
casa. Un hombre flaco y alto desplegó un pabellón bordado con lentejuelas
rojo oscuro con flecos brillantes en sus bordes, y comenzó a moverlo en
semicírculos acompasados mostrándonos de quienes se trataba: “Los Dandy de
la Calabria”. Así rezaba el cartel, y mi tío rió porque él siempre los
mencionaba recordándolos desde su propia infancia. Con que estos eran los
famosos Dandy?. Pantalones y levita blanco brillante, con una tela que
parecía seda, ribeteadas en las mangas y en la costura del pantalón con rojo
oscuro decorado con lentejuelas negras. En sus espaldas el nombre de la
murga o en algunos casos algún dibujo con brillantes colores. En sus
cabezas una negra galera alta, en algunos casos decorada pero en la mayoría
simplemente el brillo del paño y el ribete. Comenzaron a bajar de la
vereda y ocupando media calzada de la avenida hicieron primero detenerse el
tránsito para luego desviarlo mediante los gestos de una persona que sin el
uniforme les iba haciendo señas para que siguiesen con cuidado. Parecía
mentira que todos hubiesen bajado de un solo camión. Una mujer de enormes
pechos movedizos se acercaba a los espectadores hombres hasta hacerlos
retroceder sonrientes y algo perturbados....no! pero si no era una mujer!
Era un hombre disfrazado..... Pero mejor disfrazado aún estaba el oso. El
oso Carolina. Un barbudo vestido con una chaqueta oscura cuya falta
total de mangas parecía aumentar la fuerte apariencia de sus brazos
musculosos, lo mantenía a raya con una cadena que el oso llevaba anudada al
cuello tal como un perro y su correa. En su otra mano el hombre llevaba un
corto látigo que cada tanto hacía restallar en el aire con un ruido seco
parecido al de un petardo. Pero por momentos la fuerza del oso parecía
vencer a la de su cuidador y se acercaba provocando angustia a alguna mujer
a la que lograba tocar en la cabeza. Esta gritaba y se llevaba las manos a
la cara aún sabiendo que se trataba de un hombre disfrazado. Entonces
sonó un silbato y al bombo se le sumaron dos redoblantes y unos platillos.
Todos saltaban y brincaban al compás. Era un ritmo contagioso y hasta
algún vecino se sumaba por un instante recordando algunos pasitos quizá de
su propia murga. Los cascabeles que muchos llevaban cosidos a sus
uniformes y un instrumento que lucía como un largo palo rodeado de múltiples
chapitas daban el tono agudo al compás profundo del bombo. Entonces un
chico o tal vez haya sido un hombre muy pequeño, comenzó a recitar con no
mucha melodía, unos sones que el resto repitió cual eco. “Esta murga se
formó....un día....” Luego sería otro el que iniciaría un cántico que
repetiría los mismos sones pero con diferente letra. El tono había subido.
Yo no captaba el doble sentido pero me lo podía imaginar por las caras de
picardía de muchos otros y el gesto de asco y repudio de Felipa, la
enfermera. “Una vieja se cayó.... en la punta el obelisco....y entre
suspiros decía....” Finalmente el musculoso sacándose el gorro marinero
comenzó a pasarlo frente al publico y recolectó algunos pesos y monedas.
Los redobles cesaron, y del bombo solo quedó el retumbar en los oídos de
todos como también la vibración de los platillos aún inquietos e ignorantes
que el espectáculo había concluido. “Vamos para Elcano!!” gritó el hombre
flaco, y comenzaron a treparse al camión acomodándose cual soldaditos
obedientes, todos de pie con sus trajes aún relucientes.
NOCHE “Ahí viene! ahí viene!.....” -
dijo tío Gualberto, y nos apuramos por sacar del balde un par de bombitas
cada uno. Esperamos a que el descapotado pasara apenas un par de metros
más allá del balcón y dejamos caer la lluvia de proyectiles de los cuales
más de la mitad dieron en el blanco. El auto aminoró la marcha y creímos
que se iba a detener por lo que con un rápido movimiento nos agachamos para
quedar semiocultos tras las balaustradas del balcón. Mi tío más ágil o tal
vez más rápido había ya dado dos pasos para atrás quedando a buen resguardo
en la penumbra de la habitación. Tuvimos que esperar unos cinco minutos
para volver cargar el balde de bombitas y dejar que la emoción del último
ataque se nos pasara. Pero esto estaba fuera de programa. Era una
picardía no permitida que nos atrevimos a hacer porque nos sentíamos
autorizados por el anonimato y el calor que seguía reinando pese a la hora.
Habíamos ido todos a cenar a la casa de mi abuela, y como estábamos
aburridos, nos divertimos de aquella forma. Cuando llamaron a cenar el juego
concluyó. Llegamos a casa pasadas las once y nos fuimos a dormir. Pero
por la ventana abierta llegaba el sonido de los altoparlantes del Club
Colegiales. La brisa hacía que por momentos el sonido fuese claro, por
momentos se alejara y solo fueran perceptibles los acompañamientos de bombo
o la batería. Imaginaba que seguramente mis amigos estarían allí con sus
familias, o solos. Pero en casa, a ninguno le interesaba esas reuniones.
Salvo a mí. Así que no aguanté más y como total estaba en vacaciones qué
podría ocurrir si me iba a espiar un rato?. Salí a través de la ventana
del cuartito chico que daba a la calle, cuidando de entrecerrar la hoja para
que fuera poco visible que la dejaba abierta. En la calle había bastante
movimiento, y todavía algunos vecinos charlaban en voz baja sentados en la
vereda adonde habían sacado algunas sillas y sillones de mimbre.
”Buenas noches!- dije al pasar frente a lo de Larrea, donde el grupo era el
más nutrido. ”Buenas noches....” me respondieron..... y escuché
claramente tras mis pasos” pero si es el chico de ...” Ya al doblar en la
avenida, divisé las luces de colores que colgadas desde dos arboles hacia el
frente, iluminaban la entrada del club. Más cerca vi también que varias
personas se encontraban taponando la puerta. Allí estaba Tico, a quien me
acerque para ver si el también iba a entrar. “No, no te dejan porque
tenés que venir acompañado de algún mayor “ me comunicó. Entonces recordé
que todos los años, indefectiblemente ese amigo de papá venía con toda su
familia. Me dirigí resuelto hacia la puerta. “Permiso....por favor
permiso” dije, y me topé con un gordo que fumaba un habano apagado, vecino
mío también, quien me miró como para repetirme lo que le habría ya dicho a
tantos. Pero me le adelante. “Estoy con la familia del doctor
Pedreira!!!. Si, salí un momento nada más para ir a buscar una cosa a
mi casa!”. El gordo torció la boca, pero se hizo a un lado casi
empujándome para que ingrese. En el hall hacía un calor espantoso, y
varios tipos vestidos como mozos, arrastraban tres tachos grandes llenos de
barras de hielo y bebidas, mal cubiertas con arpilleras. Antes de
concluir el pasillo que llevaba al fondo, habían dispuesto una mesa
improvisada donde una chica casi de mi misma edad vendía serpentinas,
antifaces, papel picado, cornetas, y lanzaperfumes. En el patio se
respiraba otro aire, pero el volumen del sonido resultaba casi insoportable.
De un lado habían dispuesto las mesas, del otro un escenario de tablas
cubiertos sus laterales con papeles crepé y adornado con banderines y luces
de colores. Entre ambos un sector previsto como pista de baile. Cuando
ingresé estaba hablando un locutor quien se encontraba contando una historia
que no llegue a entender pero que la gente aplaudió con cierto desgano.
En la cuarta mesa, efectivamente estaba Pedreira. Ex compañero de juegos y
de estudios de mi papá y de mi tío Enrique; amigo de la familia desde
siempre. Lo acompañaban su esposa, sus hijas y su sobrina Martita.
“Hola!!!.... viniste solo?” me preguntó amablemente el doctor en cuanto me
acerque un poco y me reconoció. No pude mentirle, y le conteste
afirmativamente. “Veni...sentate aquí con nosotros!!!..... querés tomarte
una coca?”. Pero a mi me daba vergüenza que me tratase de ese modo,
porque si bien yo era un chico todavía, pensaba que podía actuar como si no
lo fuera, y con esta invitación todos mis planes de salir a bailar se
desbarataban. También me daba vergüenza por Martita que aunque apenas
un año mayor que yo, parecía ya toda una mujer y realmente estaba muy linda
aquella noche. Mis planes cambiaban solos, aunque las cosas no terminaron
saliendo tan mal. Se escucharon los primeros acordes de un tangazo y a
Pedreira le brillaron los ojitos. Miró a su mujer y sin mediar palabras
salieron a la pista mandándose de entrada un par de firuletes que le
valieron un sincero aplauso de algunas familias que los observaban. Como
las chicas se habían ido a jugar con la serpentinas me quedé solo con
Martita, que parecía sumamente aburrida. Claro, pensé que ella hubiese
preferido salir con Oscar, su novio, pero Oscar era un tipo pendenciero y
seguramente no lo verían con buenos ojos en la casa del doctor. Así que me
quedé charlando con ella. Hasta preferí no salir a bailar cuando la esposa
de Pedreira nos propuso hacerlo. “Dale, parecen dos viejos!! Por que no
salen a bailar un poco! Miren que linda música” y mientras esto nos decía,
se movía sentada tratando de seguir el compás de una cumbia que estaba
sonando. Entonces Martita dijo que no se sentía bien. Que se quería ir a
la casa. Dirigiéndose a mi, me preguntó si la podía acompañar. Sonaba
absurdo. Porque ellos vivían a menos de tres cuadras de allí, y porque de
haber ocurrido algo serio de poca ayuda podría haber servido yo en aquel
entonces. Pero lo de Martita era una excusa. Tenía planeado encontrarse
con Oscar, y yo le serviría de coartada. Sin embargo tampoco a ella las
cosas le salieron como lo había planeado. Oscar no apareció, por lo que
permanecimos juntos primero en aquella esquina y luego sentados en el umbral
de una casa por mas de dos horas, de modo que pude darme corte con varios de
mis amigos y conocidos que por allí pasaron, tanto esa noche como los días
subsiguientes.
Guillermo E. Barrantes (Recuerdos de Buenos
Aires, 2002)
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