|
La Casa Abandonada
El Esquema de
mi Cuadra: Céspedes al 3400
Volver
Ida y Vuelta
La Casa
Abandonada
Guillermo E. Barrantes

22/11/2008
Conservo una vieja foto en blanco y
negro, lamentablemente algo fuera de foco, donde se pueden ver dos personas
sentadas en un jardín. Inevitablemente cuando alguien la ve por vez primera
suele preguntarme: “Este sos vos?” – señalando al chico de la foto. Se lo
que vendrá a continuación. “Y esta quien es?...tu abuela?”... Me
sonrío, porque pienso con que facilidad las cosas se suelen confundir, y
como la gente cae casi invariablemente en lugares comunes. Pero después de
todo no solo una foto puede llegar a confundirnos...
Siendo yo un
chico, a la vuelta de donde vivíamos, hubo por un tiempo una casa abandonada.
En realidad, el mote de abandono no resultaba totalmente preciso para aquella
situación, pero bastó con que se la empezara a conocer de ese modo para
incorporarse a nuestros juegos y fantasías infantiles durante una temporada.
Sus fondos colindaban con los de mi propia casa, y desde la ventana de mi
cuarto la silueta de sus techos formaba parte del horizonte cotidiano.
A
la muerte de su propietaria se desató una doméstica batalla judicial
entre quienes se consideraban sus herederos y como la causa demoró
años en resolverse nadie se hizo cargo de usarla, cuidarla o mantenerla.
Pero eso, no solo aconteció sino que lo supe mucho tiempo después. Es que
cuando ya adulto me mudé de aquel barrio ni siquiera como abandonada se la
conocía. Era una ruina a la que habían ido despojando por partes, para
dejarla sin techos, adornos ni ventanas.
Fue una vez una
hermosa casona estilo “Tudor”, construida a principios de la
segunda década del siglo XX, en el tiempo en que esa zona de pequeñas
chacras se transformaba en un área residencial y urbanizada del barrio de
Colegiales. Se asentaba sobre un lote cuyo frente era tres veces el ancho de
un lote normal y en sus jardines y patios que la rodeaban por sus cuatro
fachadas se erguían enormes y añosos arboles –dos de los cuales- situados al
frente y a los lados del camino de acceso reforzaban la imagen de sencilla
simetría que mostraba todo el conjunto. Tenía en total cuatro niveles:
planta baja y alta, un altillo y un subsuelo que ocupaba toda la superficie
del edificio. Su techo de tejas normandas presentaba unas hermosas lucarnas
que rompían la monotonía al elevarse y enmarcar en cada frente ventanas
octogonales, mientras que casi a ras del suelo unas aberturas con dintel en
forma de arco iluminaban los salones del subsuelo. Los muros eran de
ladrillo a la vista en planta baja y a partir de allí revoques pintados en
blanco y enmarcados en fajas por maderas que al igual que las ventanas eran
de un verde pálido.
Si la casa por su tamaño y tipo de construcción no
reuniera por si misma suficientes elementos como para despertar nuestra
imaginación, ocurrió que sus moradores tuvieron un trágico final habiendo
quedado solo una sobreviviente que algunos decían que estaba loca. Esa era
la explicación que se nos daba acerca del porque la casa permanecía casi
siempre cerrada y no era común ver personas en su jardines del frente.
Precisamente por ello, y porque nunca nadie salió a echarnos usábamos esas
veredas para jugar a la pelota. Era en esas ocasiones cuando veíamos o
creíamos ver a la loca como ya todos la conocíamos. Mientras jugábamos
alguno divisaba repentinamente la imagen de una anciana que nos observaba
desde una de las ventanas altas, hasta que descubierta se retiraba corriendo
una pesada cortina, con lo que la casa recobraba su quietud, misterio y
hermetismo. Mientras que en nosotros despertaba todo tipo de imágenes a cual
más fantástica. En raras ocasiones también se pudo ver a otras personas. Un
hombre bajo, mayor, y una mujer más joven, que suponíamos se ocuparían de
los quehaceres domésticos; el hombre lucía siempre huraño y era quien se
encargaba de mantener limpia la vereda, podar los arboles y las plantas,
cortar el pasto, aunque también fue quien en dos o tres oportunidades acudió
ante nuestro llamado para devolvernos la pelota “colgada” en uno de los
balcones terraza. A la mujer, siempre bien vestida, pudimos verla en
dos o tres ocasiones sacando un lujoso automóvil de las cocheras.
Saludaba con una mano en alto hacia una de las ventanas y se
retiraba manejando ella misma. La mayoría de estas observaciones las hice
desde la misma calle mientras compartía juegos con mis amigos, pero algunas
desde mi propia habitación. Era inevitable al acercarme a mi ventana no
poder ver la planta alta de aquella casa.
Yo conservaba vagos recuerdos
de mis primeros años de vida, en los que desde el jardín podíamos sentir las
risas de otros niños y el acompasado chirriar de un columpio, del que solo
llegábamos a ver la parte superior de sus cadenas. Creía retener también una
borrosa imagen de una nena algo mayor que yo que alguna vez me miraba
asomando su cara por sobre el murito divisorio ofreciéndome una galletita o
alguna cosa para comer.
Memorias que se mezclaban con imágenes de cosas
contadas. Ese jardín – el de casa- se había sacrificado parcialmente para
dar cabida a una ampliación de nuestra vivienda que mis padres mandaron
ejecutar cuando yo comenzaba la primaria, por lo que el viejo columpio quedo
vedado a nuestra vista y nuestros oídos. Tal vez por ese conjunto de
recuerdos y porque de algún modo la vieja casona me resultaba un ámbito
familiar no sentí miedo la tarde en que casi adolescentes, mis amigos
quisieron poner a prueba mi valor y el ellos mismos, cuando dijeron:
“Vamos a ver quien es el primero que se anima a entrar?”.
“Y como vamos a
entrar?” –preguntó otro.
“Por la ventana del sótano que está rota. Si
vienen les muestro” - se apuró entonces a decir Carlitos Guntin quien
evidentemente ya habría andado merodeando por los jardines.
En los
últimos meses, la casa efectivamente parecía estar venida a menos. El pasto
había crecido mucho, nadie había recogido las hojas de los arboles, y en el
porche de acceso se acumulaban polvo, hojas y papeles.
Por eso, muchas
veces durante ese verano cuando jugábamos por allí, nos atrevimos a ingresar
al patio delantero donde abríamos una canilla para beber agua o
refrescarnos, o nos sentábamos a la sombra en uno de los bancos que eran
iguales a los de las plazas. De ese modo fuimos perdiendo algo del miedo que
la casa nos había transmitido. Pero hasta esa tarde nunca pensamos ingresar
más allá de los patios o los jardines.
Ante el comentario, fuimos todos a
verificar la ventana que Carlitos mencionaba, comprobando que efectivamente
esta carecía de rejas y además tenía uno de los vidrios rotos. Asome mi
cabeza hacia el interior inundándome de inmediato un nítido aroma de
humedades.
“Yo me animo!” dije entonces a la barra que preguntaba curiosa
que era lo que había visto adentro. Dicho esto, volví a asomarme hacia ese
cuarto penumbroso del subsuelo, y comencé a ingresar tratando de no
raspar ni mis brazos ni mis piernas contra el metal oxidado de la ventana
que aún retenía algunos trozos pequeños de masilla y vidrio. Me deslicé
reptando buscando descargar mi peso sobre una cercana estantería de madera
que parecía ser la única responsable de todo el olor que emanaba del sótano.
Una vez que la mayor parte de mi cuerpo se apoyó sobre el estante superior,
di un salto corto hacia atrás dejándome caer hasta el piso de cemento.
“Ya está!” - exclamé sonriendo y mirando hacia arriba, a la ventana detrás
de la cual divisaba los rostros risueños de mis amigos ; a la vez que
sacudía mis manos una contra otra como reforzando la expresión de tarea
cumplida e intentando sacarme un poco la marcas de tierra y suciedad que se
me habían pegado. Entonces escuche como ellos se reían con mayor fuerza
al tiempo que el local se oscurecía repentinamente cuando desde afuera
corrieron una chapa contra la ventana que obturó el agujero por donde
acababa de ingresar.
“No!!. Che! no, dale!!!... saquen eso!!!”-
exclame tratando de no gritar por temor a que se hiciera evidente mi susto y
porque presentía que aún si la casa estaba abandonada no era un sitio para
levantar la voz. Era algo ajeno, que exigía respetuoso sigilo, como
los hospitales o como las iglesias. Nadie contestó. Pero percibí los rápidos
pasos acompañados de risas que se alejaban. Me habían engañado y no podía
entender como había podido ser tan tonto. Intenté entonces volver a utilizar
el mueble pero bastó apoyar un pie sobre el segundo estante para que este se
partiera con un ruido seco, llenándome de polvo la ropa. En silencio esperé
a que mis ojos se acostumbraran a esa penumbra y descubrí entonces la
silueta del mueble, más allá unos cajones con botellas vacías y casi al
final del local, un oscuro hueco en el que se adivinaban los últimos
peldaños de una escalera. Acercándome con miedo, descubrí con cierto
alivio que esa era una salida del sótano. Se trataba efectivamente de una
escalera en cuyo final se intuía un cuarto iluminado a juzgar por la
claridad que se colaba en la nítida silueta del pasillo. Ascendí para llegar
a un rellano donde una puerta de madera y vidrio me separaba de lo que sin
dudas se trataba de una cocina. Pero entonces llamó mi atención que en esa
cocina, a diferencia del sótano o el jardín, todo parecía estar en orden y
no guardaba relación con la imagen que uno tiene de una casa abandonada.
Desde el rincón en que me escondía, era visible una mesa de madera con tapa
de mármol blanco y sobre una estantería alta adosada a la pared se veían
platos, vasos y utensilios. Más allá, imagine una pileta que aunque
oculta a mis ojos la supuse porque alcanzaba a ver dos canillas de bronce, y
una de ellas... goteando.
El tiempo parecía detenido. Mis pensamientos
corrían a la misma velocidad que mis latidos para pasar desde la escalera de
ese sótano, a la cocina que imaginaba tendría alguna puerta o al menos
alguna ventana desde la cual podría escapar hacia el jardín y desde allí a
la calle. Respirando profundamente giré el picaporte y en respuesta la
puerta se abrió dejándome libre el acceso a la cocina, que al verla en su
total amplitud me permitió divisar efectivamente el jardín posterior, y más
allá incluso la terraza de mi propia casa. La tranquilidad que esta nueva
imagen me brindó me dio ánimos para dirigirme a la puerta más próxima para
comprobar - asustándome otra vez- que estaba cerrada con llave y la
llave no estaba visible. Peor aún, descubrí que las ventanas de este sector
tenían rejas. El corazón volvía a latirme con mucha fuerza y sentía deseos
de llorar y gritar. Tal vez, después de todo si gritase muy fuerte desde la
ventana podrían llegar incluso a oírme desde mi casa. Me oirían mis padres?.
Mi papá estaría durmiendo la siesta?. Y mi mamá?. Tal vez ella estuviese
adelante y nunca llegarían a oírme.
Entonces fui yo quien oí su voz.
Primero creí que mi imaginación me engañaba. Pero alguien hablaba. Lo hizo
otra vez , a mis espaldas y por la forma en que se oía no podía estar mas
que en el mismo local. Habló por tercera vez. Esta pude entender lo
que decía. “Vos sos Guillermito?”.
Me di vuelta rezando interiormente
para descubrir aterrado que desde la puerta que comunicaba con el comedor
una mujer anciana enfundada en un largo camisón, me miraba sonriendo. La
loca!. Pense para mis adentros, tratando de encontrar una rápida respuesta
que no la alterase y una explicación creíble del porque yo me encontraba
allí. Pero, y como sabía mi nombre?.
“Si...discúlpeme...”. - comencé
diciendo- “es que los chicos me apostaron si me animaba a entrar o no en la
casa”.
A borbotones intenté explicar como había entrado, por donde,
cuando, tal como si se tratase de una situación que le ocurría a otra
persona y en otro tiempo. “Si, ya lo se” - contestó ella al
tiempo que se me acercaba un poco. Yo aún temblaba. Ella continuó. “Yo los
estaba escuchando desde la ventana de la planta alta y no se porque imaginé
que ibas a ser vos el que finalmente entrase”. Al acercarse más aún, su
sonrisa repentinamente me tranquilizó. Note entonces confundido, que en
realidad no se trataba de una anciana. Tenía los cabellos totalmente
blancos. El pelo, las cejas, las pestañas. Blancos como la nieve. Pero sus
ojos, sus rasgos, su voz , y hasta sus movimientos aunque pausados y
silenciosos, no coincidían con los de un adulto. Me parecía en realidad una
joven poco mayor que yo. Entonces volvió a preguntar.
“Vos sos
Guillermito, el hermanito de Ana, no?”. “Si” - contesté más tranquilo
agregando: “ y usted... eh... vos me conoces?”, porque repentinamente pensé
que no era lógico seguir tratándola de usted. “Claro” - continuó ella
– “vos quizá ya ni te acuerdes pero yo si me acuerdo de vos. Te conozco
desde que naciste. Vos muchas veces me espiabas desde tu jardín cuando yo me
hamacaba o jugaba con mi hermano”.
Recordé una vez más a la nena que me
observaba asomándose por sobre el cerco divisorio y ofreciéndome alguna cosa
para comer... pero también recordé la historia de un lejano accidente
trágico que comentaron mis padres sin dar demasiados detalles.
“Yo
también me acuerdo de vos, ahora. Sos la chica que se hamacaba, no?” .Antes
que con palabras, respondiendo a ese comentario ella giró su cuerpo y
estirando una mano alcanzó una bandeja que reposaba sobre un aparador para
ofrecerme sonriendo una galletita casera.
Así, aquella tarde de fines de
un verano, María Luisa - que así se llamaba- me invitó a conocer su
casa, me contó la parte de la historia que yo no recordaba porque nunca la
había conocido, y hasta me propuso que nos tomáramos una foto, cosa que
hicimos posando sentados ambos en uno de esos bancos fríos de plaza con la
máquina en automático. Supe así que durante unas vacaciones con su familia
sufrieron un accidente en la ruta dos que le había costado la vida a
todos menos a ella. A partir de allí había estado al cuidado de un primo y
de una tía. El primo se había ido hacía unos meses a vivir a los Estados
Unidos y ella vivía ahora solo con su tía. Desde aquel accidente ella había
cambiado en muchas cosas, incluso hasta su aspecto físico remarcó señalando
su cabellera - que aunque tan blanca- ahora que la apreciaba mas de
cerca no se veía tan mal, pensé yo. Solo me llamaba un poco la atención. En
los últimos meses habían estado en Canadá ella y su tía porque le estaban
haciendo un tratamiento especial en una de las piernas ya que había sido
operada tres veces y cada tanto debía volver para ver como progresaba la
cirugía. Tal vez por eso, como nadie se había ocupado de la casa, el jardín
lucía tan desprolijo. Seguiría así – agregó - porque su primo no volvería
por mucho tiempo.
De este modo casual venía a descubrir que ella era “la
loca” sobre la que tantas historias habíamos tejido en estos últimos años.
Ella lo sabía perfectamente por lo que se divertía incentivando nuestro
imaginario con sus súbitas apariciones y desapariciones cuando jugábamos
nosotros en la vereda. Dijo recordar también mi propio jardín, del que
guardaba la imagen de un estanque en el que había peces de color y al que
había dejado de ver cuando la medianera se extendió. Esa tarde María Luisa
me acompaño hasta el mismo portón y al despedirse prometió devolverme la
visita para así también poder reencontrarse con el estanque que ella
guardaba en sus recuerdos, aun cuando le adelante que ya no quedaban peces.
Yo a mi vez le prometí que si quería, podía ir a cortarle el pasto cada
tanto.
Sin embargo ninguno de los dos cumplió su promesa. Concluyó ese
verano y María Luisa no apareció por casa. Tampoco yo me animé a acercarme
con los implementos de jardinería de mi padre, y como a medida que pasaba el
tiempo mi conciencia me machacaba estar en falta, buscaba disimular esa
molestia evitando pasar frente a la casa.
Una mañana mi mamá encontró un
sobre que alguien había deslizado bajo la puerta de calle, con mi nombre
escrito en él. En su interior, sin ninguna misiva, la foto en blanco y negro
en la que a pesar de haberle fallado el foco se reconocía parte de aquella
casa, un sector de su jardín, y sentados en un banco dos personas, de
las cuales yo mismo me reconocí más por recordar el momento que por la
nitidez de los rasgos. La otra persona, cuyo rostro no era casi visible,
mostraba una abundante cabellera blanca.
Lo que ocurrió aquella tarde
hubiera quedado como una simple anécdota de una típica travesura entre
amigos, y fue por algunos años efectivamente así como la consideré,
hasta que al mudarme siendo adulto, conocí la verdadera historia de la casa
y de sus moradores. La loca, no había surgido de la imaginación de ninguno
de nosotros. Había existido realmente, pero no había sido precisamente
María Luisa, ya que ella junto a su hermano y su padre habían fallecido en
el trágico y tergiversado accidente. Sólo había sobrevivido su madre,
encerrada por años deambulando en aquel caserón en busca de sus hijos a los
que no aceptaba haber perdido.
A su propia muerte la casa se abandonaría
efectivamente. El resto, es historia conocida.
Recuerdos de
Buenos Aires, Guillermo E. Barrantes, Ushuaia, 2002
Esta historia escrita
en el 2002, junta pedazos de la realidad con
otros de la imaginación. La casa estuvo (en el
barrio de Colegiales), hubo una loca en una
casa, y existía María Luisa, una hamaca y un
Guillermito... en fin, cosas que uno ensambla
como cuando baraja las cartas.
|