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Eduardo Dayán
Eduardo Dayan - Diario de su Viaje a Ecuador
El
6 de abril de 2006, Eduardo Dayán se enteró que su novela
"Y si pasa noviembre sin tus ojos..." había ganado el premio mayor de la
primera edición del Concurso de Literatura Juvenil
LIBRESA-2006, que consistía en su publicación por esa editorial. Pero
recién en agosto de este año se concretó su viaje a Ecuador, del cual nos regala
el diario de sus diecinueve días de estadía. Cabe destacar que para Eduardo Dayán ganar concursos de literatura juvenil no
es nuevo, su novela
"Palomas son tus ojos", había
resultado ganadora del
Premio Latinoamericano de Literatura Infantil y Juvenil
Norma-Fundalectura 2002.
Día 1 - Viernes 20 de julio de 2007
En el
aeropuerto, temprano, ya escucho el sonido de la
i
por la
ye
nuestra y me ubico de golpe en una región que no tiene centro en Buenos Aires.
Le pido ayuda para que me descifre los misterios de una máquina fotográfica
digital que acabo de comprar, a una muchacha que resulta ser colombiana: Me
responde:
Sí, claro.
Sí, claro... otras formas de decir y el mundo se me amplía en la
gente de la sala de espera. Por todos lados personas estiradas en el suelo,
algunas dormidas, otras sentadas, o como yo en las
gateras... Todos
personajes (incluso yo, obviamente). El avión demora diez minutos su salida.
"Después los recuperamos en la ruta", le digo a Alicia, por ganas de embromar,
de aplicar categorías de viaje en micro a Mar del Plata a un viaje aéreo.
Me parece que el intento de dejar en tierra las preocupaciones funciona: ya
empiezo a decir pavadas. Le pido
Inkacola para tomar al
camarero del avión y la bebida resulta ser una
cocacola
más dulce, tal como me lo me había anticipado. “Para su paladar, muy
dulce...”.
Ahorita,
ya (“ia”)...
son los nuevas voces que da gusto oír. Estoy en los arrabales de la cabina del
piloto, en una clase económica de Lan Perú que por esa causa me
discrimina: me manda la azafata más perversa (se le nota la maldad en las
comisuras de sus labios pintados), menos amigable, más alta (me
ignora desde muy arriba). Nosotros no vamos a Lima, sino a Quito.
¿Va a Lima
hoy día?,
me pregunta la muchacha que distribuye los formularios de
inmigración. “No”, y no nos da ni una hojita. En la fila 25, donde estamos,
cuento a siete personas
en línea,
pero está claro que ya las palabras también dicen otra cosa: ahora son una
paradoja, porque la línea no está on line. La pantalla informa que
la temperatura del interior del avión es de 17 grados. "¿Y afuera?", me pregunta
Alicia. "1000 grados bajo cero", le digo, pero no me cree. Llegamos al
aeropuerto Jorge Chávez, mientras se precipitan en nuestros ojos
containers
y casas bajas, la tierra de los llanos y el cemento de la pista.
Aplauso de la clase económica por el aterrizaje impecable: presumo que en
primera los superados abundan en displicencia. No pasamos por el
Recojo de
Equipajes: somos
la conexión
y las maletas irán directamente al avión que nos llevará a Quito. En informes,
nos hacen saber que nuestro vuelo no saldrá en una hora, sino que tendrá una
demora que todavía no se sabe de cuánto es. "¿Me vas a pagar un almuerzo?",
pregunto y escucho que al reclamo me dice el empleado "Por supuesto...", y me da
un voucher. Charlamos con una pareja de panameños que han ido a Buenos
Aires para algún encuentro de personas que se dedican al tema canino. Explico
que yo estaba leyendo un cuento en el que una chica come comida para perros, y
los panameños no me ladran, pero les da asco. Ellos sabrán, pienso, y no
insisto. Vemos antes de ir a almorzar un negocio de artesanías, discos,
alfombras, productos típicos peruanos, libros: todo da la impresión de una
belleza insoportable para los ojos. Luego me enteraré que también teníamos
derecho a una llamada gratis... pero ya está. No hay mesa libre en el
restaurante, porque también ha sido demorada la partida de un avión a Bogotá
y conexiones.
Alguna gente espera que se desocupe alguna mesa. Me acerco a una donde un chica
está comiendo sola y le pregunto si permite que nos sentemos con ella. Acepta y
nos acompañamos bastante tiempo. La demora del avión será de cinco horas...
Yosby nos atiende y como la trato muy bien y con mucha simpatía le pide a
Alicia un hijo que sea como yo para ella. Alicia no tiene disponible. Nos
enteramos de que la comida típica de Costa Rica, de donde es Vanessa, se llama
gallopinto: frijoles, arroz y añadidos. Hay gente que desayuna,
almuerza y cena con
gallopinto,
variando en algo la preparación. El
aguadulce
es la bebida típica, el
casado
el postre. Se me olvidan cómo se preparan. La
tica
explica que en su tierra se emplea mucho el diminutivo y por eso se los
conoce así, los
ticos.
Después del almuerzo viene Yosby. ¿Me regala una ensalada de frutas? (no
está incluida), pide la costarricense y Yosby le dice que sí. Pero se niega a
regalarme otra a mí. A Vanessa, sí y a mí no. Y la explicación es razonable.
La tica
la va a pagar, y yo no, aunque empleemos la misma formulación de la frase.
Opto por el porteño traeme
y entonces sí. La
rr
de Vanessa suena algo cortazariana. Pasando a lo personal le
pregunto qué pasa que el amor no la toca y se le nota en los ojos. Reconoce y
explica que su primer novio no era para ella, incluso una de las malas personas
a las que él presentaba como amigo,
le estaba
echando el cuento (se la quería conquistar, y
fijo que
estaba tomado, pero igual, ni borracho correspondía esa actitud), y
que ella con los
maes
(hombres) no tenía suerte. Con el segundo se dio por entero, incluso lo
llamó ella primero por teléfono, ella que es chapada a la antigua, aunque se
sentía
sobrada, fuera de lugar al hacerlo, pero su madre se lo aconsejó y
bueno. Demasiado indolente, no hacía nada, no terminaba ninguna carrera, iba
quince minutos por día a alguna de las zapaterías del padre a escuchar música...
Ella no quería
madrear
en Lan por la demora, solo quería
devolverse
a Costa Rica, donde la esperaba su madre y mucha más gente. Resulta que había
participado en un concurso
American Idol
o algo parecido que se transmitió por las televisoras de muchísimos países.
Ella, entre miles de postulantes y tras varias rondas, quedó entre los 30 que
estuvieron en
la casa
en Buenos Aires, y no fue elegida porque Costa Rica no podía votar, y la
decisión estaba confiada al público... Volvemos a la casa de artesanías. Lo
único accesible son las macadamias, unas semillas de
marañón
o piñitas,
recubiertas de chocolate Britt, que están para ser probadas. También
otras delicadezas semejantes, a las que le hacemos honor, sobre todo yo. El
dólar no nos favorece... Escucho un cedé de Chabuca Granda, bellísimo, pero
pagarlo 16 dólares, ¡50 pesos!, me parece mucho y no. Ella canta que
tiene el alma
como paloma, y le creo, y
sombrea sus
sueños y habla de la
tierrita
escondida... Y sí, será la paloma de vuelo popular, pero por ahora,
nada de
Voz y vena de Chabuca Granda.
Por Internet
vemos
a Vanesa en You Tube. Ya tiene un grupo de
fans en Costa Rica. Canta
muy apasionadamente, y está bellísima en el escenario. Le prometo enviarle la
letra del tango Ninguna,
que habrá de acompañarla en su boda, que le vaticino. Finalmente anuncian la
puerta de embarque del avión que nos traerá a Quito. La espera es larga y "lo
bueno de estas situaciones", dice Carlos Arce, un médico oftalmólogo
peruano que vive en Brasil al que nos ha unido la desventura, junto con una
pareja de ecuatorianos, es que la pasamos muy bien junto con gente desconocida y
a la que nunca hemos de volver a ver en la vida. Intercambiamos figuritas: los
ecuatorianos, Pablo y Paola, nos recomiendan lugares de comida, fritada,
empanadas de morocho, ceviches, spondios en el Alandaluz, motepillo y carnes
coloradas en Cuenca. el oftalmólogo resulta muy derechista, cuenta que existe el
grupo de los
huevones. Hu,
de Hugo,
ue
de Evo Morales,
nes,
de Néstor Kirchner.
El ecuatoriano dice
pertenecer a la minoría que despotrica contra Correa, el presidente
ecuatoriano, al que apoya el 80 por ciento de la población, aquella que carece
del poder. En fin, mecho con un chiste amable que reproduce El País de
España.
"¿Cuáles son los tres logros mayores de la revolución cubana?", preguntan a un
ciudadano. "Educación. salud, deporte". "¿Y los tres fracasos mayores?".
"Desayuno, almuerzo y cena". El médico, que se ha operado de
los ojos va a dar una conferencia: "Es difícil vender zapatos con los pies
descalzos", aclara y es rápido en dichos conocidos o improvisados. "La cuestión
no es ser joven, sino que te sientan joven". "El primer año de matrimonio es
difícil... después es insoportable", cuenta para una pareja que se nos ha
adosado y para todos. Finalmente embarcamos, y desde el cielo una larga lista
roja nos acompaña en el descenso a Quito, 2808 metros sobre el nivel del mar.
Quito es una larga lonja de 50 kilómetros de largo y tres o cuatro de ancho,
pero crece para arriba, en los cerros invadidos por quienes no tienen dónde
vivir. Ya no nos importa ni cómo fue la partida ni la llegada. Estamos. Y lo que
nos habían dicho del peligro de la bajada en un aeropuerto en pleno centro y
entre volcanes, no es tal. Alguien esperándonos, Christian. Es bueno ver el
nombre de uno en una pancarta. Un
traficazo
bárbaro. Pero siempre la palabra: “Tranquilooo”. Una peluquería lleva el
sonoro nombre del emperador
Napoleón...
Mucho nombre para un sucucho...
Llegamos, nos instalamos y a los 10 minutos Estuardo Vallejo, de
Editorial Libresa nos está esperando en el lobby. Allá vamos, y todo bien.
Quiere que el sábado estemos con él y así será. Nueve y media nos vendrá a
buscar. Escucho en la radio un pasodoble y comentarios... me parece estar en el
Centro Gallego. Radio Sucre transmite canciones del inmortal Julio Jaramillo,
jotajota. Escucho Amémonos y vuelve a mí el guardado Antonio Tormo
(amar, amar es tener herido / con un dardo celeste el corazón...)
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Eduardo Dayán
Día 2 - Sábado 21 de julio de 2007
El día comienza con noticias semejantes a las de la
Argentina. Los precios siguen subiendo y escucho que “en
este país nunca pasa nada”, ¡las mismas frases
hechas que vengo de oír a medio mundo de distancia!
Existe un bono solidario para quienes nada tienen, 15
dólares, cifra que el nuevo presidente, Rafael Correa,
acaba de elevar a 30. ¡Tan casi nada, tan semejante al
plan Trabajar argentino que tantas resistencias
genera! Hay propuestas de que los productores vendan sus
mercancías directamente en las calles, apoyados por
el ejército y la policía. Escucho en entrevistas en
los medios un castellano pulido, independientemente del
contenido, que en general artilla despiadadamente contra
el presidente (“¡Correa, ponte a trabajar!”),
parece ser el caballito de batalla). En el desayuno del
Reina Isabel, me sorprende el tomate de árbol,
fruta que partida al medio como con cuchara. Es algo
ácido, pero a mí me gusta lo ácido. Averiguo que el
tomate de ensalada se llama tomate de riñón. Que
el guambra es el pibe, la piba. Estuardo
Vallejo nos viene a buscar y se pone a nuestro servicio.
Ecuador, nos enteramos, fue parte de la Gran Colombia,
que duró solamente ocho años. Hoy las banderas de
Colombia, Venezuela y Ecuador son las mismas, excepto
los escudos interiores. ( A Jeannete, su mujer,
encantadora, la conoceremos después como a la mágica
Sofía, su hija, de 9.) Nos enteramos de que existen
centros comerciales, no los populares, como los del
Hermano Miguel, sino aniñados (para los
niños bien, de plata). En el Centro Histórico, el
Palacio de Gobierno, la calle de las Siete Cruces, la
Compañía, el Sagrario. Muchas iglesias. Una placa nombra
a García Moreno, el presidente conservador asesinado al
salir de misa que, según explica una placa, antes de
morir alcanzó a escribir con su sangre “Dios no muere”
(él había vuelto a recibir a los jesuitas expulsados;
una zona grande es conocida hoy como la gran hacienda
de los jesuitas). San Francisco parece una iglesia
de postal, pero no podemos ver más que su fachada y sus
laterales: está en reparaciones. Los trolebuses tienen como bocina
la música de “Yo soy el chullita quiteño...”
(pronunciar chuiita), una canción popular. Vamos
incorporando palabras, anaco, falda en quichua,sudado o seco de pescado, de ceviche, o de lo que
se nos ocurra, platos de comida que de seco,
nada, ni de mojado tampoco, pero sí, por ejemplo,
carne estofada, arroz, vegetales. Ahora nos lleva camino
al Panecillo, un cerro distintivo de Quito. Desde
el alto mirador se ve el 65 % de Quito, el pobre, a la
que la altísima Virgen que la corona le da la espalda,
aunque el Sur también exista.... De vuelta, hay que
encumbrarse en la calle Necochea, “mi cuesta del
Suspiro”, explica Estuardo mientras lucha por
remontarla, por mantenerse en la línea de coches que
esperan la luz verde. Pasamos a buscar de un Centro de
Cultura a la mujer de Estuardo. Ella estudia Ciencias
Sociales, Diplomacia, fue funcionaria y trabaja
muchísimo y muy placenteramente en un cargo cercano al
del Ministro de Cultura, un poeta negro, Preciados (hago
el distingo porque no es lo habitual...). Nos llevan a
almorzar en Los motes de la Magdalena. Nosotros
les aclaramos que preferimos un lugar que frecuenten los
lugareños, y comeremos todo lo que ellos comen
habitualmente. Nada de sitios para turistas... estamos
aprendiendo a conocernos. Así que los cuatro compartimoshornada y fritada, carne de cerdo de una u
otra manera, maíz (el mote es una variedad que no
me resulta tan rica), algo de verdura y jugos
deliciosos. Me instruyo mientras Estuardo conduce el carro para llevarnos al parque La Carolina. Y claro,
se le escapan expresiones inevitables al conducir: ¡Chuta! es la expresión para la contrariedad o el
asombro (en este caso, decir chuuuuta, me
explica, mientras observa que anoto todo....). Ni de
fundas, es ni loco, o como dicen algunos
adolescentes en Buenos Aires, ni a gancho. Aquí
los chicos a veces salen en jorgo (en grupos).
Llegamos a La Carolina, el parque céntrico buscado.
Tarde de mate (hemos pasado a buscar el termo, el agua,
la yerba) y charlas: la semejanza de nuestros países es
extremada y, en Ecuador, algo se está moviendo... Hay un
momento para chistes. Cuento que en el aeropuerto de
Lima hice a mi aporte en el grupo formado por los
desanimados que esperábamos el avión. “La madre le dice
a la hija que va a salir un sábado a la noche: Si no
estás a la una en la cama, volvé a casa.” Y el
oftalmólogo, preocupado: “¡No me lo diga a mí, que tengo
hijas adolescentes y he pasado de usuario a proveedor!”.
Tomamos espumilla por medio dolarito (la moneda
local es el dólar estadounidense...) con coco en
abundancia. Un policía me explica que han limpiado de
maleantes el parque. “Y ahora están enfrente...”, le
digo. “Vea, ese es el punto, yo les doy consejos, soy
cristiano, les busco trabajo, pero cuando no tienen compón...”. Probamos helados de paila (cuenco de
bronce, claro) de Rosalía Suárez, una institución. El
coco es excepcional, buenos los de mora y crema. También
hay guanábana, taxo... Conviene ir saboreando un
poco de helado de paila y otro poco de quesadilla (una suerte de masita). En otro momento comeremos pan
de yuca (chipá, en la provincia de Corrientes) y
yogur, un poco y un poco. (Aprenderemos que toda hora es
buena para comer en Ecuador...) Volvemos al hotel.
Estuardo y Jeannete no tienen más que gentilezas
inteligentes con nosotros, como si nos conociéramos
desde siempre. Le pido a ella, en secreto: “Vení un
cachito”. “¿Qué es un cachito?”. “Un momento,
aparte”. También yo tengo un habla peculiar,
rioplatense... Le explico que Estuardo es nombre de
flaco, que le traje dos remeras de la Argentina que tal
vez no sean de su medida porque es algo más corpulento
de lo que el nombre me proponía. Ella no vacila. Está
bien, se ocupará de eso, lo solucionará y agradece.
Cuenta que espera el día siguiente unos becarios de
Venezuela, unos 60, y pienso que con ellos todo estará
bien, porque esa mujer es abiertamente ejecutiva, y se
le nota. Aprendo la diferencia entre amigo, amigo con
derechos, enamorado... ¡Qué mala nota! es
semejante a “qué mal estuvo al hacer lo que hizo”. Las
cebras, los pasos peatonales, son llamados “detectores
de gringos” (los hay en el hotel, en la calle, y son
muchos) porque solamente ellos los utilizan... “¿Por qué
seremos tan indisciplinados los latinos?”, me pregunta
Estuardo mientras gambeteamos a mitad de la calle los
autos que se precipitan sobre nosotros porque tienen
paso libre... Nos despedimos. Tal vez mañana a la noche
veamos a Sofía, que cumple años el domingo, un
cachito.
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