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Eduardo Dayán
Diario de su Viaje a Uruguay
- febrero 2009
Día 1 - viernes 20 de
febrero de 2009
El viernes 20 de febrero de 2009 Alicia y yo bajamos de Buquebús y allí nos
espera Débora, enrulada y sonriente. Me complace oírla hablar mientras viajamos
a la casa de Rosa. Ella habla naturalmente, y es un gusto cuando me señala que,
en el colectivo, me acabo de sentar en el asiento maternal, voz mucho más tierna
que mi habitual lectura de “asiento para discapacitados y/o embarazadas”, y que
mejor nos vamos al fondo. Aquí viven gurises, chiquilines, algunos malenseñados,
explica, mientras nos adensamos en una zona campestre hasta llegar a Ciudad de
la Costa, en Canelones, un departamento (provincia) vecino a Montevideo. Vuelvo
a escuchar su clásico ahí va, cuando acierto en expresar algo. Me apresto
(preparo) para todo; estoy pronto (listo). Y aquí estamos y está Rosa en el
trabajo, nos abrirá las puertas anchas de su corazón, que las de la casa ya nos
han recibido. Vendrá más tarde, Débora habrá de irse y el espacio es nuestro. La
casa queda en el barrio, en “Losocho”, porque fueron ocho de ideas afines con
respecto a la vida los que compraron en su momento una parcela de terreno y la
subdividieron y construyeron sus casas. Aquí, pienso mientras nos inunda el sol,
el verde, la tranquilidad, las calles de tierra, da gusto inventarse una
infancia apócrifa, decirse que uno ha vuelto al país de la infancia, en busca de
sus raíces, entonar como en el tango: “Todo está igual / nada ha cambiado / la
misma hiedra / el mismo sol... / También comprender que la historia del tiempo
detenido es una mentira y la realidad es que Solymar es una zona que está
creciendo, que están los hijos de Rosa, Victoria, una adolescente de trece, que
va y viene en bicicleta, y Emiliano, de veinte. Ya sabíamos que refrescos son
nuestras “gaseosas”, pero aprendemos esta palabra que es usual, lambrin, una
serie de tablas de madera que se encastran al armar una puerta interior. En
cambio plancha es un personaje medio despreciado, de variada condición social,
en movimiento perpetuo hacia atrás y hacia delante cuando está de pie. Si se lo
exagera al ponerlo en escena, es capaz de decir ¡qué hacés amistad!, para salir
al encuentro de un amigo. Y también nos aparece el vocabulario muy adolescente
de Victoria para enfrentar a la madre: qué encajás (qué sabés), manejate (no me
jodas). Fue bueno traer a Victoria un libro desdeñado “Cumbio”, que habla de la
flogger más conocida de la Argentina, de 17, en el que cuenta su vida. Claro que
no es literatura, pero la hija de Rosa no arrancará los ojos de sus páginas,
aunque desestime mucho de lo que cuente. La lectura, me digo, conoce momentos
distintos, como edades que conectan con las edades y la forma de ser de los
destinatarios. Escucho radio El Espectador y otras con los mismos vicios que las
argentinas: se plantea una pregunta tonta: ¿vos sos celoso? y los oyentes
responden, cuentan sucedidos personales, y hacen gratis el programa. Nos
asomamos a la barriada, llegamos a la intendencia de la comunidad canaria, llega
la Rosa, hablamos, cenamos, dormimos: la dueña de casa, que ha usado la palabra
reclame (oferta), que no figura desde hace tanto en nuestro vocabulario, nos ha
destinado una habitación, la de Emiliano.
Día 2 - sábado 21 de
febrero de 2009
El sábado 21 caminamos entre
amplias avenidas de tierra e historias, cortados por dos carreteras muy
importantes: la ruta Interbalnearia y Giannattasio. Ambas derraman montevideanos
por la ribera que hilvana las arenas a lo largo del Río de la Plata. Vamos a la
playa de Solymar, ciudad de la Costa, que luce pequeños médanos en su ingreso y
un agua invitante. Aunque el día esté ventoso, gris, nos bañamos igual y yo
recupero bajo los pies la arena que conocí del otro lado del río, cuando uno se
podía bañar en las ahora contaminadas aguas del lado de allá. Volvemos al
mediodía. Me llama la atención una verdulería que toma como unidad de peso el
kilo y medio (!), la yerba mate “Silueta ideal”, que modela el cuerpo (!). Rosa
cuenta historias de la remontada de cometas, de los cuatro indios charrúas
llevados a Francia y obligados a trabajar en circos, todos humillados en Europa.
Todo a cuento de unas construcciones hechas en barro, con viejas técnicas
mejoradas por unas mujeres que se autotitulan las guyunusas. Ellas emplean su
técnica de construir en barro, mejorada por el tiempo. Rosa me hace conocer el
libro “León de Biblioteca de Michèlle Knudsen, editado por Ekaré de España”, “El
general extranjero de hojalata y la vieja dama de hierro”, de Raymond Briggs,
versión de Rosa Montero, y de Anthony Browne “Voces en el parque”, que son
cuatro y da gusto leer, como a todos los otros. Por la noche nos vamos los
remanentes de la casa, Rosa, Miguel, su compañero, Alicia y yo a cenar. El resto
se ha dispersado por distintos rumbos. Vamos a “Portugalia”, un lugar muy
acogedor, donde comemos en una terraza que da a la ruta, la pizza uruguaya
rectangular, pero en porciones abundantes, acompañada de fainá del orillo (?),
la fina pizza de garbanzo, y Patricia, la cerveza uruguaya. Y ya que estamos
algunas papas fritas muy bien hechas y postres para las damas. Alicia el famoso
Chajá, “el de la medallita”. Rosa, un helado en formato de sándwich. Estamos en
el kilómetro 24.100 de la Avenida Giannattasio. Un remís nos devuelve a casa, a
dormir.
Día 3 - domingo 22 de
febrero de 2009
El domingo 22 es día de viento y lluvia, imparables. Entonces,
libros. A Rosa le abundan. Leo “La composición” de Antonio Skármeta, con
ilustraciones de una belleza temible. Todo el cuento es el avance del comprender
de Pedro, un chico, acerca de cómo debe protegerse ante el avance de la
dictadura chilena. Inevitablemente asocié con “El chico del piyama a rayas”, la
película. Hay libros y libros. Evito curiosear y me sumerjo en “Una lectora nada
común” de Alan Bennett (Anagrama). Copio lo que dice: “Aleccionar es sucinto,
concreto y pertinente. Leer es desordenado, disperso y siempre incitante. El
aleccionamiento cierra un tema, la lectura lo abre.” Y parafraseando lo que
cuenta digo que los libros no hablan de pasar el tiempo; si quisiéramos
podríamos ir a Solymar a la playa bajo la lluvia... el libro es delicioso, me
pregunto qué contestarían demasiadas personas públicas de aquí y de allá si se
les preguntara a boca de jarro: “¿Qué está Ud. leyendo ahora?”, como aparece en
el libro. Imagino que después los posibles involucrados se estudiarían las
respuestas. Débora me trae reconstruido un libro casi inhallable, “Si yo
volviera a ser niño” de Janusz Korczak, que he encontrado a último momento en el
desorden de mi biblioteca. Se ha hecho una copia que va a enrular, anillar. Y se
lleva de regalo mi ejemplar del “Diario de un maestro” de Jesualdo, que es
uruguayo, y ella merece tener más que yo. Vemos un terrible documental uruguayo
acerca de la hija de una pareja desaparecida que se niega a reconocer su
identidad biológica, enfrentada a toda la sociedad. Comemos una picadilla
(picada, entremeses), antes de la cena, terminamos de secar bolsos y documentos
que por descuido se nos han mojado y contratamos un taxi para el lunes temprano.
Mientras vemos fotos y fotos de las Caperucitas Cómplices, en el Museo de la
Memoria. Ellas están pal cuento, qué se le va a hacer. Nos despedimos de Trotsky,
la perra, y tres gatas que circulan por toda la casa.
Día 4 - lunes 23 de
febrero de 2009
El lunes 23, vamos a
Buquebús donde el personal finge estar al servicio del viajero, pero todo está
armado buscando la manera de despojar de dinero a quien necesita algo adicional
al cruce ya pagado, siempre con cortesía. Llegamos a Buenos Aires, el viaje ha
sido tranquilo, hay sol. Afortunadamente. Rosa y Débora, las mejores.
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