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15/12/2006
Guillermo E Barrantes:
San Pedro y San Pablo
Contrapuestos como estamos, los dos hemisferios del mundo festejamos
en junio un hecho similar, aún cuando le asignamos distintas
explicaciones, porque el fenómeno es parecido y a la vez diferente
según donde se encuentre el observador.
Desde muy antiguo en el hemisferio norte dan la bienvenida al
solsticio de verano. Al día más largo del año le corresponde la
noche más corta y tal vez por eso para algunos, la más mágica.
Del Ecuador para "arriba" entre el 21 y el 23 de junio es cuando más
tiempo el sol permanece sobre el horizonte.
Corresponde a la víspera de San Juan, que es también conocida como
la Fiesta de los Fuegos. De allí en más, el sol se elevará cada
día a menor altura en el horizonte, como si perdiera fuerzas, los
días se acortan y crecen en compensación sus respectivas noches.
En nuestro hemisferio, ocurre
exactamente a la inversa. Es que en esa fecha a partir de la noche
más larga o día más corto, el sol habrá de recomenzar su camino de
ascenso haciéndose más poderoso y duradero cada día hasta que
nosotros lleguemos a nuestra noche más corta, en diciembre,
aproximadamente para la fecha en
que conmemoramos el
nacimiento de Jesús, es decir Navidad.
Desde el neolítico se han llevado a cabo observaciones sobre este
fenómeno astronómico, dando lugar a muchas tradiciones que hoy
perviven, transformadas algunas, adaptadas otras pero que se
hilvanan en el rasgo común de nuestra humanidad felizmente todavía
primitiva e incrédula.
Estas tradiciones tal vez dieron lugar a determinadas ceremonias
basadas en el fuego, para conferir fuerzas al sol que parecía estar
perdiéndolas o quizá para saludar su renacimiento. Ritos, que se han
mantenido con sorprendente persistencia.
No es casual que se
utilice la Noche de San Juan o la de su víspera para conmemorar ese
momento astronómico y estelar, porque en la tradición cristiana el
fenómeno se transmite como un símbolo del
triunfo de la luz
sobre las tinieblas. Nosotros, bajo la línea del Ecuador también
podemos amoldar la Navidad como la llegada o el triunfo de la Luz,
en los momentos en que las noches son realmente muy cortas.
Nuestro Sol en apariencia vencido por las fuerza de la oscuridad,
vuelve a aparecer glorioso al siguiente día y expone su
magnificencia venciendo a las sombras.
Por eso se dice que la Noche de San Juan es un momento propicio para
la iniciación, ya que también simboliza una muerte mística y un
renacimiento a una nueva vida.
Hay quienes creen que esa noche se abre la puerta que nos introduce
al conocimiento del futuro y a las dimensiones mágicas de la
realidad.
"Es la noche en que los entierros arden, el Diablo anda suelto y los
campos son bendecidos por el Bautista" según dijera alguno.
Cuando
la cristiandad adoptó y modificó esta celebración de origen anterior
a Cristo, la puso bajo la advocación de Juan el Bautista
como digno sustituto al festival pagano que
estaba demasiado arraigado como para abolirse por decreto. La
explicación podría argumentarse con más de un motivo:
aparece el agua, porque fue Juan quien bautizó a Jesús, su primo; y
aparece el fuego porque según el Evangelio de Lucas – el padre de
Juan que fue Zacarías - había enmudecido por dudar que su esposa
Isabel estuviera encinta. Pero cuando Juan nació (aparentemente seis
meses antes que Jesucristo, es decir en junio) la recuperó
milagrosamente, como le había predicho el arcángel Gabriel. En
agradecimiento Zacarías encendió hogueras para anunciar la gran
noticia a parientes y amigos.
Tal vez por eso los solsticios y equinoccios se han concebido desde
siempre como "puertas que se abren para dar paso a la comitiva solar
en su desplazamiento a lo largo del año". El fuego estaría encargado
de iluminar el itinerario nocturno del sol. Pero tal vez por eso
mismo es creíble que en tales ocasiones, "queden también abiertas
las puertas del más allá, a través de las cuales podrían hacerse
presentes, en nuestro mundo, toda clase de extrañas criaturas:
demonios, hadas, espíritus y duendes".
El folclore de todo el mundo recoge apariciones de esos seres en
esas fechas concretas, para bien o para mal.
Serrat
lo canta cuando melodiosamente nos cuenta que "en la Noche de San
Juan, todos comparten su pan, su mujer y su galán, gentes de cien
mil raleas....pues cae la noche y ya se van nuestras miserias a
dormir..."
Es que en la Noche de San Juan todo puede ocurrir.....
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"Carlitos
tenía un sótano prácticamente vacío en su casa. Se ingresaba por una
puerta trampa disimulada en la pinotea del piso. Y allí abajo bien
visible al pie de la escalera, descansaba endurecida la soga que
habíamos utilizado el año anterior. La habíamos comprado juntando el
dinero entre varios. Once metros. Era todo lo que nos alcanzó con lo
que reunimos, pero resultaba suficiente...
...desde la ferretería de Sanguinetti nos fuimos directamente hasta
la calle Delgado, donde crecían los mejores árboles. Carlitos anudó
un trozo de baldosa a un extremo y comenzó a probar suerte. Llevaba
la soga arrollada en su mano izquierda y el extremo pesado en la
otra. Revoleó la piedra aflojándole en cada vuelta un poquito más de
soga, formando un circulo zumbante a un costado de su cuerpo;
repentinamente y con un leve movimiento de esquive en su cadera,
abrió su derecha y dejó que el extremo se elevase buscando ese punto
al que él hábilmente había apuntado. Pero la piedra golpeó la base
de la rama y con un seco "toc" rebotó cayendo casi a nuestros pies.
"Dejame
a mi....dejame a mi...."- se apuró entonces el otro Carlos
apropiándose del extremo que Carlitos había revoleado, y notó
enseguida que la piedra se había soltado con el golpe. Cachito nos
obligó a ser un poco más pacientes, y demostró ser el más prolijo de
todos. Destrenzó unos quince centímetros de los hebras del cáñamo y
luego las fue atando sobre la piedra, envolviéndola de modo tal que
ese extremo quedó como una pequeña red que sujetaba el peso.
Acordamos disponer de tres intentos cada uno. A Carlitos le quedaban
dos. Tuvo mejor suerte en su segundo. Seguimos con la mirada el
ascenso preciso de este segundo tiro. Ayudó a la soga con un hábil
tirón en el instante exacto. Tal como el pescador que presiente como
y cuando debe tensar la línea para clavar el anzuelo al sentir el
pique. La soga voló bien impulsada y ese extremo giró y se enroscó
en la rama a la altura ideal para nuestro propósito: ni muy arriba,
en cuyo caso solo hubiésemos podido arrancar la punta ; ni muy cerca
del nacimiento lo cual podía significar la imposibilidad de sacarla
y tener que recuperarla trepando al árbol o perdiendo algunos
metros de soga al cortarla. Sin necesidad de dar orden alguna todos
nos acomodamos en fila y comenzamos a tirar acompasadamente.
Una
cinchada desigual. Siete chicos que sumábamos menos de ochenta años
entre todos contra un árbol de cuarenta y pico. El árbol primero se
quejó dejando caer algunos racimos de semillas secas que conservaba,
y al cuarto envión percibimos el particular crujido del quiebre.
Ronco al principio, agudo al final. La rama cedió y como en cámara
lenta se desplomó sobre la vereda con un seco ruido que pareció
aumentar los segundos de silencio y expectativa que siguieron.
Percibimos que tras los vidrios esmerilados de la puerta de la
cochera alguien estaba intentando abrir.
"Rajemos!"- gritó uno y todos obedecimos, pero sin soltar la soga
que aún sosteníamos entre nuestras manos. Un nuevo sonido monótono y
acompasado acompañó nuestra escapada. La rama rebotaba sobre las
vainillas de las baldosas imitando el ruido de un motor, mientras
alcanzábamos la esquina de Céspedes y doblábamos en dirección a la
avenida dueños ya del botín de esa mañana.
Atrás
se quedaron doña Fermina y otra vecina que había cruzado la calle
observando la blanca cicatriz del árbol, con una mano tapándose de
costado la boca, gesto que podría traducirse como un mudo mensaje de
: "que bárbaros!!.. estos chicos son unos delincuentes!".Seguimos
después en otra cuadra lejos de la posible aparición de la vecina de
Delgado, y la escena se repetiría casi a diario durante las dos o
tres semanas previas a la fecha.
Ese
año habíamos podido mejorar nuestro depósito y si bien todavía
conservábamos dos o tres árboles clave donde acopiábamos ramas y
cajones de madera, teníamos acceso al terrenito baldío contiguo a la
panadería, en cuyo fondo íbamos acumulando todo lo que obteníamos.
Esto nos permitió disponer de un sitio escondido, donde nuestra pila
no era visible desde la calle, y a la vez nos otorgó cierta
tranquilidad el hecho que Gallego, hijo menor del panadero, era "de
los nuestros" y podía vigilar desde su propia casa y avisarnos sobre
cualquier movimiento extraño.
Hasta
que llegó el día.
Cerca
de las cinco de la tarde nos fuimos reuniendo en el baldío, hasta
conformar un grupo numeroso. Organizamos una cadena en la que
algunos se encargaron de arrojar por encima de la cerca hacia la
vereda todo lo acumulado. El segundo grupo se encargó de transportar
los montones atados que llevaron a la rastra y el tercero comenzó a
darle forma a la fogata. Clariseti ya había vuelto a sacar el
adoquín, valiéndose de una barreta del taller de su padre, y el palo
mayor, que había sido seleccionado desde la misma tarde en que
pudimos arrancar esa rama larguisima y recta, ocupó su sitial
rodeado con todas las viejas cubiertas que nos regaló esa misma
tarde el sereno de las cocheras de Álvarez Thomas.
En un
principio, - según yo recordaba - la fogata se realizaba sobre la
misma calle Céspedes, casi a mitad de cuadra del 3400 frente al
depósito de la carpintería que luego dejaría paso al primer edificio
alto de esa zona, pero con la aparición de algunos autos y las
quejas de los vecinos, se adoptó un punto de la bocacalle de
Céspedes y Delgado, algo corrido del centro, más sobre esta última y
muy cercano - en mi opinión- a la propia casa de Cachito.
Los
vecinos comenzaron a observar y algunos participaron tímidamente al
principio, ayudando a arrastrar algo pesado, acercando algún cajón,
maderas, o simplemente avisando que en la puerta de su casa había
cosas para quemar.
Más
tarde ya casi noche, la fogata había adquirido su forma cónica pero
seguíamos rellenándola introduciéndole objetos que con menor
disimulo algunos adultos nos alcanzaban. Una señora trajo un viejo
maniquí, que de inmediato reemplazó al pobre muñeco que estábamos
armando con viejas ropas y papeles de diario alrededor de unos palos
cruzados.Alguno trajo cohetes y fuegos artificiales que había
conservado desde la fiesta de año nuevo.
"Dale....empecemos!!!" – comenzaban a sugerir los más impacientes.
Habíamos acordado encenderla a las nueve y no queríamos fallarnos a
nosotros mismos.
Sin embargo varios
vecinos se habían acercando y hasta algunos, trayendo sus propias
sillas se ubicaron ordenadamente contemplando desde las cuatro
ochavas nuestro trabajo con los usuales comentarios:
"Es enorme! Este año
le van a reventar los revoques a la casa de Calderón."
"A mi me preocupan
los cables de la luz....me parece que están muy cerca..."
"No, más grande que
esta es la de Gregoria Pérez....."
"Pero no, que está
diciendo?.....si esta no será tan alta, pero es el doble de
grande....".
Repentinamente
apareció Clariseti quien en lugar de la barreta, traía ahora aceite
quemado de motor del taller paterno, y roció la fogata dando vueltas
a su alrededor. Ya era casi imposible contener a los impacientes.
Alguno incluso había encendido su vieja escoba que oficiaba de
antorcha. Entonces, como nadie quería quedarse afuera de la
ceremonia de inicio todos le seguimos los pasos, aún cuando recién
habían pasado unos minutos de las ocho y media.
Repentinamente voló
una de las antorchas cayendo casi a los pies del muñeco, que
silencioso y con triste aspecto parecía observarnos desde más de
cinco metros de altura.
"Apaguen la
luz....apaguen la luz!!!!...." vociferaba Daniel, y un certero
balinazo de Churrinche reventó la bombita del único farol de esa
esquina, mezclándose entonces el sonido de vidrios rotos con el de
los aplausos y los vítores.Otras antorchas volaron mientras que
algunas entraban y salían del vientre de la hoguera hasta que el
chisporroteo y el calor fueron tales que impidieron seguir estando
cerca.
"Agarróooo!!!.....ya
agarróoooo!!! .....".
Nos quedamos en silencio unos instantes
contemplando como toda la esquina se teñía de rojos y naranjas y
nuestras sombras bailaban en las paredes al son de las chispas y el
crepitar de las maderas. Paulatinamente el circulo de espectadores
se fue ampliando porque el calor era notorio y hasta el granito de
los cordones parecía calentarse. Sucesivamente vimos como el muñeco
se encendió, nos sorprendió con los cohetes que alguno escondió
entre sus bolsillos, y cayó marchito, envuelto en una marejada de
chispas. Las llamas parecían elevarse más allá que la más alta de
las casas, y llegamos a robarle espectadores a los de la cuadra
siguiente que aún no habían encendido su propia hoguera. Algún auto
que ingresó por Céspedes desde la avenida retrocedió ante el
espectáculo, por temor a tener un accidente. Cada tanto algún puntal
se desplomaba, y la efímera montaña oscura devenida en llamas adoptó
formas diversas, caprichosas, cuyo único y común denominador fue el
decrecer de su tamaño. Pero hubieron de pasar horas para poder
volver a acercarse. Entonces alguno valiéndose de un palo, separó
algunas cuantas brasas, que arrastradas hasta algún lugar de la
cuneta, ayudaron a cocer papas y batatas, y hasta hubo quien se asó
un poco de carne.
Alejarse ahora
significaba volver a recordar que hacía frío y que era pleno
invierno. Por lo que fuimos conformando grupos más abigarrados, que
curiosamente con muy pocas palabras compartimos esa improvisada cena
a la luz de las brasas................
No hubo magia, o al
menos no la hubo en el sentido que se espera que obre la misma.
Volví a casa tarde,
o tal vez lo evidenciaba el hecho que ya todos dormían o estaban en
sus camas. A pesar de quitarme toda la ropa y ponerme un pijama, no
pude dejar de percibir conmigo ese intenso olor a humo. Cerré los
ojos y en mi cabeza las llamas seguían adoptando formas y
movimientos. El silencio del cuarto me devolvía como en un apagado
eco los chasquidos de la madera y el bramido del fuego inicial.
Sentía calor y ardor en mis mejillas pese al frío que reinaba en el
dormitorio, entonces repentinamente percibí una presencia que
suavemente me besó la cara y me dio las gracias.
Solo lo entendí
muchos años más tarde.
Apenas si pude
dormir un par de horas. Cuando me despertaron para ir al colegio, me
obligaron a bañarme a pesar del poco tiempo que quedaba. Y desde la
puerta de calle miré hacia la esquina para descubrir que todo lo que
quedaba de la noche anterior era ahora una informe y humeante masa
gris a la que un par de barrenderos empujaban buscando achicar el
círculo...
Pero la magia si
había estado presente. Solo que no siempre es – ni tiene porque
serlo- de carácter instantáneo.
De los que estuvimos
aquella noche y jugamos con el fuego saltando las brasas y
removiendo para avivar las ultimas llamas, puedo decir que Gallego
se volvió increíblemente diestro con su guitarra y a partir de aquel
momento nos sorprendió con su maestría, siendo el único que podía
acompañarse asimismo y cantar cualquier canción de moda, para
deleite de las chicas y envidia nuestra. Hoy con otro nombre se gana
la vida con su arte y su destreza. El feo de Clariseti enamoró a la
más hermosa de las mujeres de la zona contra todos los pronósticos,
y dejamos de verlo por mucho tiempo. Robertito se llenó de plata, y
pasó de ser uno de los más humildes de la barra al más adinerado
cuando todavía era muy joven.
Pancho consiguió su
anhelado microscopio y se dedicó con muchos méritos y
reconocimientos a lo que siempre había soñado ser. Luis cambió de
carácter, se hizo cura, según él lo que siempre había deseado aún
cuando su padre se lo tenía prohibido. Hubo quienes consiguieron
otros amores, otras fortunas o adquirieron diversas virtudes o
defectos....cada cual vivió aquel rito a su manera y obtuvo en esa
noche – muchos sin saberlo - lo que internamente estaba deseando...
...cada tanto enciendo a
solas, controlado, un gran fuego en apariencia inútil y ante su
sonido y su calor divago. A pesar de tantos años, me acerco a viejo
y todavía indeciso mi deseo sigue sin pedirse, intacto. La presencia
vuelve a aparecer, de tanto en tanto, y paciente se me manifiesta de
una u otra forma, aun cuando siempre me reitera: "gracias por el
fuego, sigo esperando...."
Guillermo E.
Barrantes
(Fue aquella no solo
mi última sino la final fogata que yo recuerde se organizó en
Colegiales, en junio de 1964, y curiosamente debo aclarar, nunca la
festejamos en San Juan el día 24, sino en San Pedro y San Pablo el
día 28 por ser esa la Parroquia de la zona).
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