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05/09/2006:
Guillermo
E. Barrantes:
Caminata Profunda Hola, hace poco y a raiz de algo que lei
reviví este relato que surge de un hecho ocurrido hace mas de 40
años. Saludos.
CAMINATA PROFUNDA
Pasar por la zona donde hoy se levantan un
edificio de la Universidad Católica, una Escuela, y unas torres de
viviendas colectivas en ese limite difuso que separa y confunde
Colegiales con Palermo, me produce una rara mezcla de admiración por
todo lo que pudo hacerse donde antes no había nada – o casi nada- y
la vez nostalgia porque las transformaciones hacen que las huellas
del pasado solo se mantengan intactas en mi memoria y no pueda
mostrárselas a otros, a menos que se las relate, lo cual no es lo
mismo.
Es que en esa zona a la que volví descubriéndola transformada cuando
mis hijos asistieron a la citada escuela antes de irnos de Buenos
Aires, ocurrieron cosas que se ligan a situaciones de muertes que
marcaron mi pasado.
Antes que estas edificaciones hubo un asentamiento precario. Lo que
solemos llamar villa miseria. Por ese tema me interesé años más
tarde, dado que allí vivió Rosita Saavedra, alias "la gata" algo de
cuya historia relato aparte, pero ligada al sitio y a la segunda de
esas muertes. La primera ocurrió bastante tiempo antes, en la misma
zona aunque fue tal vez accidental. En la época a la que me remonto,
ese sector era un espacio que aunque dentro del ámbito de la Capital
Federal, parecía pleno campo porque resultaba extenso, había calles
que se cortaban al llegar al área y el suelo parecía virgen. Con los
pastizales y arbustos que a mi me gustaba imaginar intactos desde
tiempos coloniales. Se podía acceder desde distintos puntos, pero
nosotros lo hacíamos caminando por la calle Martínez ya que Delgado
se cortaba al llegar a Jorge Newbery.
Tras el entonces Mercado comenzaba esa tierra de nadie y a la vez de
tantos que la utilizaron por un tiempo. Disimulado entre esos pastos
altos, algunos escombros y latas estaba el acceso. Yo nunca lo
hubiese hallado, ni tampoco se me hubiese ocurrido la existencia de
este tipo de circuitos en las profundidades.
Pero Demetrio Sirniek los conocía.
No recuerdo ni imagino como es que supo de su
existencia pero ya lo había visitado en dos oportunidades y una
tarde nos contó lo que había visto allí abajo. Entonces varios de
los que escuchábamos su relato quisimos ir también. Pretendíamos
hacerlo en aquel mismo momento pero finalmente acordamos dejarlo
para el siguiente día porque era algo tarde y además cada uno tenía
que llevar una linterna o fabricarse una antorcha, para lo cual
Demetrio sugería usar una vieja escoba a la que embeberíamos en algo
de aceite quemado del taller de su tío. Los cuatro que finalmente
mantuvimos el interés por conocer aquello tan desconocido que nos
había descrito nuestro amigo, nos encaminamos una mañana nublada
finalizando las vacaciones, a principios de marzo. El acceso estaba
efectivamente tan oculto que incluso él dudó en dos o tres
oportunidades si estábamos o no en el lugar correcto. Hasta que dio
con la boca. Se trataba de un caño metálico por cuyo interior ni
siquiera el más pequeño de nosotros cabría parado y que mostraba un
notorio declive hacia abajo, hacia la profundo.
Ninguno aceptó la invitación a tomar la
delantera por lo que "Deme" siguió oficiando de guía. Tras
arrastrarnos alrededor de veinte o veinticinco metros, percibimos
que ingresábamos a un tubo algo mayor, bastante mayor; ya no era
precisamente un tubo - salvo por la forma- sino un túnel de paredes
de ladrillo en cuya parte inferior una canaleta de unos cincuenta
centímetros de ancho dejaba ver y oler un agua oscura que apenas se
movía.
A través del tubo por el cual habíamos
ingresado llegaba un halo de luz pero nuestra vista no alcanzaba a
divisar los limites más alejados, ni el principio ni el final del
túnel. En cambio si era notorio unos metros mas adelante un cono
luminoso proveniente de la parte superior que al invadir ese espacio
le otorgaba un efecto dramático, casi de escenografía.
"Enciendan una antorcha" dijo entonces
Demetrio. Ricolla se apresuró a encender la suya para cedérsela ante
un gesto a Deme, quien sin mediar palabras la dejó flotando en la
canaleta con agua.
"Sigamos la luz! " gritó entonces nuestro
guía obedeciendo él mismo sus propias palabras y mientras la
antorcha se alejaba flotando en el agua, comenzó a trotar saltando
alternativamente a uno y otro lado del canal apoyando un pie a cada
lado de la brecha....
"Tengan cuidado que está
resbaloso!".....agregó ya a unos diez metros de distancia. La luz y
la silueta de un Demetrio brincante que alternativamente nos dejaba
o nos impedía ver la luz de la antorcha flotante nos iban dejando
atrás por lo que lo imitamos y en un aprendizaje veloz en el que no
faltó pisar el agua en una o dos ocasiones cada uno, lo terminamos
alcanzando. Los conos luminosos resultaron ser bocas de tormenta de
los cruces de calle y nos bastó pasar por debajo del segundo para
descubrirlo porque en ese preciso instante un vehículo atravesó por
encima nuestro oscureciendo momentáneamente el canal. Esos segundos
de observación bastaron para que la escoba se alejara nuevamente de
nuestra posición hasta que la vimos apagarse.
"Enciendan otra antorcha"....me apresuré a
sugerir yo entonces, porque no me agradaba la oscuridad que se
producía entre cuadra y cuadra.
Repetimos la trotada a un paso un poco más
veloz porque el agua - que ahora parecía llegar al borde superior de
la canaleta- había alcanzado mayor velocidad. Seguimos de esta forma
unos minutos y aunque cansados ninguno se atrevió a detenerse por
miedo a quedar solo. Primero percibimos lo que parecía un rumor
grave que luego se fue haciendo un sonido más claro, cristalino, con
reverberaciones. Llegamos. Si el túnel por el que veníamos corriendo
nos había parecido grande este era mucho mayor. Estábamos en lo que
años después supe que era el entubamiento del arroyo Maldonado. La
aventura de aquella mañana concluía en este punto del recorrido. Una
reja de gruesos barrotes se interponía y solo podíamos ver una parte
del gran túnel que corría bajo la Avenida Juan B. Justo. El arroyo
no nos era visible porque desde nuestro punto de observación apenas
divisábamos una brecha en el piso pero el agua corría algo más abajo
y junto a nosotros también se apoyaban contra la reja cajones de
madera, latas, trapos, algunas bolsas de arpillera, y las dos
antorchas consumidas. Permanecimos algunos minutos jugando con el
eco. Nuestros gritos reverberaban en las cañerías y el mayor de los
conductos parecía llevarse nuestro mensaje hacia otras direcciones.
Pero nadie respondió.
Volver, fue mucho más trabajoso. Nos consumió
las dos antorchas que quedaban bastante antes de llegar al tubo de
acceso que finalmente reconoceríamos porque había signos y palabras
escritas con tizas blancas y coloradas. Posiblemente nuestros ojos
se habrían acostumbrado a esa penumbra de a tramos, y la luz que
cada esquina nos traspasaba nos sirvieron para ir contabilizando
cuanto habíamos hecho y cuanto nos faltaba: catorce cuadras fueron
en total. Ricolla contó la aventura en su casa con la consiguiente
preocupación de su padre, quien lo retó y amenazó con ir a
contárselo a nuestros progenitores por el peligro que eso implicaba.
"Te podría haber agarrado un degenerado y
matarte allí mismo por lo que nunca te hubiésemos podido
encontrar!!" nos contó que le dijo, y también " Si el nivel del agua
subía se podrían haber ahogado!!!... y nunca los podríamos haber
encontrado!!". Desconozco cual de las preocupaciones de Ricolla
padre era mayor: si la imaginada muerte del hijo o la posibilidad de
no hallar su cadáver.
Quizá por aquel reto concluimos en que fue
una experiencia interesante pero a ninguno pareció entusiasmarnos lo
suficiente como para intentar repetirla.
Salvo a Demetrio.
El "Deme" siempre había sido un personaje
cuyo comportamiento lindaba con la marginalidad. En aquellos años
eso podía significar que era siempre el que conseguía los
rompeportones de mayor tamaño, el que siempre se agarraba a
trompadas, el primero que trajo cigarrillos para fumar a escondidas
en el terrenito baldío de Delgado o quien primero nos mostró
revistas pornográficas. Pero un tiempo después y pese a ser todavía
un adolescente, ya había cambiado de amistades y solíamos verlo –
las pocas veces que se dejaba ver- en compañía de adultos o jóvenes
mucho mayores que nosotros. Por su desarrollo físico, Demetrio
podría haber pasado por alguien de mayor edad, pero en aquel
entonces tenía dieciséis años.
Una mañana nos enteramos que habían
encontrado cosas robadas en los terrenos de Gandulfo, que era un
gran lote con salida a dos calles: Álvarez Thomas y Delgado. Allí
donde antes había funcionado un corralón de materiales con
carpintería incluida, en los huecos por donde corrieran las correas
de las sierras y las cepilladoras habían aparecido algunos
ventiladores, planchas, licuadoras y otros artefactos
electrodomésticos. Pero se rumoreaba que ni eso era todo el botín ni
que tampoco estaban las armas con las que aparentemente habían
asesinado a un sereno. Entre los tantos rumores que escuchamos se
decía también que Demetrio tenía algo que ver. Pero nuestro amigo no
aparecía. Ninguno lo había visto en las ultimas semanas y ahora
nadie sabía donde ubicarlo.
La presencia de dos autos policiales en la
puerta de su casa, donde la madre con ampulosos gestos y a los
gritos defendía la inocencia de su pobre hijo, nos dio la pauta que
efectivamente algo de cierto debía haber en aquellos comentarios.
Entonces alguien recordó aquel final de un verano y el periplo
subterráneo adonde nos había guiado "Deme" una mañana nublada. Pero
ya en los terrenos se levantaban viviendas precarias y ninguno
recordaba donde podría encontrarse el caño de acceso, si es que aún
existía.
Hubieron de pasar meses para desentrañar
parte de la historia, lo cual nos facilitó imaginar que el caño no
solo estaba en el mismo sitio sino que Demetrio lo habría vuelto a
utilizar.
Esa debió ser su última vez. Los sombríos
presagios del papá de Ricolla parecieron hacerse reales pasado tanto
tiempo. Por lo que pudimos conjeturar más adelante, Demetrio debió
haber vuelto a aquellos túneles como guarida y cuando supo que lo
buscaba la policía decidió esconderse una vez más. Eso ocurrió a
principios de septiembre, y aún cuando Santa Rosa había quedado
atrás, todos la responsabilizamos por las copiosas lluvias que
azotaron Buenos Aires en esa primera semana del mes.
Tiempo después la crónica de algunos diarios
daría cuenta de un cadáver que apareció posiblemente ahogado y
arrastrado por la corriente, cuando una cuadrilla Municipal ingresó
para destapar algunas de las rejas de contención. La noticia lo
consignaba como un N.N. "Posiblemente uno de los tantos cirujas que
deambulan por las entrañas subterráneas de Buenos Aires", explicaba
la crónica. Junto al cuerpo se encontraron gran cantidad de residuos
como también – algo que llamó mucho la atención- algunos aparatos de
radio, dos o tres televisores, y una bolsa que se dijo contenía
armas.....
Para nosotros, no cabía duda. Nunca volvimos
a ver a Demetrio desde entonces.
Guillermo Ernesto Barrantes - Valle de Andorra
-2002
Ushuaia - Provincia de Tierra del Fuego Antártida e
Islas del Atlántico Sur
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