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15/01/2008 Miguel Angel
Gasparini Juan de Dios Filiberto Me agradó y emocionó encontrar la página, y entrar en Barracas.
En 1963 y 1964, cumplí con el servicio militar en la Policía Federal, en la
Comisaría 26a. Cuando tenía el turno de 6,00 a 12,00 hs, llegaba de Banfield
en el San Vicente o en el Cañuelas y desayunaba en el inolvidable Bar La
Banderita. Los primeros meses, dirigía el tránsito en la garita que estaba en Montes
de Oca y Suárez la mayor parte de los días, y también en las garitas
ubicadas en Montes de Oca y Martín García o en Martín García y Patricios. La mayor parte de los meses estuve en una parada en Irala y Rocha, en La
Boca, a una cuadra de la Plaza Matheu, frente a la cual, en calle Magallanes
vivía todavía don Juan de Dios Filiberto, con quien hablé en un día de esos,
y me invitó a pasar a la casa, empujado él en su silla de ruedas, con su
infaltable boina negra. Al seguirlo hacia el interior vi en la pared de la
galería un conjunto de siluetas negras recortadas en chapa de hierro, que
simbolizaban bailarines de tango representando algunas de las canciones de
su autoría. Al fin llegamos a un pequeño cuarto en el fondo de la casa, donde
me mostró un armonio y pilas de partituras musicales. Me dijo que era anarquista y me preguntó si la Policía Federal no le
haría alguna observación por eso. Era evidente que ya su pensamiento, no
estaba en el momento que estaba transcurriendo, sino quién sabe en qué
épocas. Al comentarle que mi padre había llegado de Italia a la Patagonia y que
tenía como canción preferida su tango Caminito, me preguntó si su música se
conocía en la Patagonia, a lo que le respondí "Pero don Juan de Dios, su
música se conoce en todo el mundo", recibiendo de él una mirada entre
inquisidora, incrédula y asombrada. Me despedí, y luego en casa le conté emocionado a mi padre el encuentro. Cuando don Juan de Dios falleció, estando yo lejos de mi Buenos Aires
querido y de mi Banfield, mi padre me contó que había concurrido a su
sepelio. Conservo un long play con la portada mostrando a don Juan de Dios parado
en la calle, con su echarpe y su boina negra, con los conventillos de chapa
acanalada como fondo, y sus canciones El Pañuelito, Caminito, A mi madre, La
maleva, etc. ejecutadas por la orquesta dirigida por él. Hace algunos años llevé a mi esposa, una de mis hijas y su esposo, a
conocer el Tortoni. Estábamos sentados en la mesa, y mi esposa miraba todo
con asombro, cuando me preguntó señalando hacia la entrada de Avda. de Mayo
"¿De quién será ese busto que está al lado de la puerta?". Giré en la silla, y al mirarlo desde la mesa, el corazón me dio un vuelco
y un nudo me atenazó la garganta. Sin decir palabra, me levanté, avancé
hacia el busto en su pedestal, lo miré y las lágrimas me ardieron en los
ojos, mientras volvía atrás en el tiempo, y escuchaba nuevamente su voz en
aquél encuentro. Era el busto de don Juan de Dios Filiberto. Cuando me
recompuse, volví a la mesa y les expliqué que era el busto de una gloria de
la música de Buenos Aires que en su tango Caminito, el favorito de mi padre,
le cantaba incomparablemente al amor de un hombre hacia una mujer. Muchos años después, luego de fallecer mi madre, mi padre se suicidó el
Día del Camino. ¿Casualidad? Dicen que la casualidad es una carta que Dios no ha querido
firmar.
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10/11/2007 Mabel Crego
Memorias de Barracas y mi niñez Los recuerdos se agolpan estrepitosamente en mi mente, se entrecruzan, se
combinan, se mezclan y siento la irresistible necesidad de “congelarlos en
el tiempo” de plasmarlos sobre éstas hojas para que queden impregnadas de
mis alegrías y tristezas, para que mis emociones afloren apaciblemente y no
en este torbellino inusitado de recuerdos. La cuadra de mi casa natal era la desaparecida calle Lamadrid entre
Hornos y Herrera. Digo desaparecida, porque la autopista “tiró abajo” todos mis lugares de
la niñez, cosa que jamás le perdonaré a Cacchiatore. Calle de casas bajas y antiguo empedrado, sus anchas veredas de lajas
desparejas, ostentaban árboles muy añosos refugio de los pájaros, que en
primavera nos aturdían con sus cantos, y en otoño nos regalaban un colchón
de hojas amarillas que daba gusto pisar.
Un mortecino farolito pendiente del cable que cruzaba la calle nos iluminaba
en las calurosas noches de verano, para jugar a las “escondidas” con mis
amigas de la cuadra, (Adriana, Graciela, Liliana Yaconis, Claudia Cohen y
Teresita Solavaggione) mientras los vecinos se sentaban en las veredas
a tomar el fresco del anochecer en sus sillones de mimbre o en las sillas
del patio, conversando de vereda a vereda las noticias del día. Yo vivía en una casa alquilada estilo chorizo modificado, en Lamadrid el
N° 1757 “departamento A”, porque al fondo había otro “departamento” que era
el “B” donde vivía “mi tía Irene López”, en realidad no era mi tía de
sangre, pero en ese tiempo los niños teníamos una relación muy especial con
los vecinos y mi tía Irene era súper especial para mí, era
verdaderamente mi tía del corazón.
Era la mujer mas pulcra que conocí en mi vida, muy bonita con unos hermosos
ojos azules y su cabello rizado, arreglada y perfumada siempre, tenía un
carácter muy maternal y alegre y aunque ya era cuarentona vivía con su mamá
“la abuela Rosa” que estaba en silla de ruedas, yo pasaba parte de la tarde
con ella (para que no se aburriera), porque mi tía se iba a trabajar a
la fábrica de “Medias Paris”.
Pero en realidad yo la pasaba estupendo porque la abuela me contaba
historias de su patria, me enseñaba a chiflar, me cantaba en italiano
y comíamos unas galletitas deliciosas que la tía Irene había horneado para
nosotras. A las cinco de la tarde sonaban las sirenas de las fábricas
y sabíamos que en un ratito volvería la tía Irene con su eterna sonrisa, yo
la veía llegar por el corredor con sus tacos altos y su pollera tubo negra e
impecable blusa, siempre alegre me preguntaba por la abuela nos despedíamos
y volvía a mi casa adelante. Mamá me esperaba para tomar la leche y yo le contaba todo lo que la
abuela me decía mientras mamá tejía abstraída en el comedor, parece que a
los cinco años ya era una niñita muy charlatana y preguntona, que me la
pasaba bailando en puntas de pie (como las bailarinas clásicas) cosa que a
los grandes parecía resultarles agradable y que yo explotaba para ganarme su
afecto. Nosotros compartíamos el “departamento “A” con otras personas, Don Pedro
con doña Ángela un matrimonio muy mayor (o a mí me lo parecían) que ocupaban
lo que sería la sala mas grande de la casa al frente, con dos hermosos
balcones a la calle con rejas forjadas y mármol de carrara. Pero la “vieja”
como le decía mi mamá estaba “medio loca”, así que prácticamente sólo
la saludábamos teníamos prohibido hablarle, tenían una cocinita al fondo de
la casa y algunos días que le daba “la chifladura” se disfrazaba con cosas
en la cabeza y pasaba apuradita y hablando sola atravesando el patio hacia
su cocina.
También compartíamos el baño que como en todas las casas antiguas estaba
bien al fondo, allí también había un piletón de mampostería con unas
patas en forma de león y azulejos blancos, por encima del piletón
había una escalera con baranda de hierro forjado que terminaba en un
cuartito pequeño con dos ventanitas que daban a la terraza, a la cual se
subía por una escalera de madera que había construido papá, desde el
descanso del cuartito de Demetrio.
Sí, ese era el nombre de “el Polaco” el otro inquilino, era afecto a las
copas, y siempre andaba solo, se decía en el barrio que había desertado de
la guerra y no podía regresar a su país, era un hombre muy callado y vivía
solamente para trabajar y tomarse sus “vinitos” volvía casi siempre al
anochecer cantando, tambaleando y nunca embocaba la llave en la cerradura,
pero a nosotros jamás nos molestó, me daba tristeza verlo siempre tan sólo,
porque era atento y educado.
A mí me parecía muy buena persona porque como trabajaba en Bagley siempre
nos traía galletitas, ópera, merengadas, criollitas y unas “alargaditas” que
no recuerdo el nombre, pero que eran una delicia y como se la vendían a un
“precio muy barato” según mamá, nos traía no un paquete sino ¡un kilo de
cada una!.
Con mi hermano nos deleitábamos a la tarde cuando tomábamos el café con
leche y como no teníamos televisión a veces mamá nos dejaba ir a la casa de
Carlitos, un vecino que ya la habían comprado (calculen que en el año
sesenta todavía no se vendía masivamente como ahora, eran muy pocas las
familias que la podían comprar en el barrio).
Nosotros ocupábamos las contiguas dos habitaciones muy grandes, que daban a
un hall de entrada con puerta y mampara de vidrios de colores una y a
un patio largo la otra, donde papá había construido una cocinita muy linda
(sólo para nosotros) frente a una de las piezas, con pileta de agua
caliente, electricidad y gas natural, éramos muy humildes,
mamá no trabajaba y papá trabajaba en el Otto Krause como maestranza y los
sábados también trabajaba en la casa de mi abuela en un tallercito
estampando pantallas, en Tacuarí 1287.
A papá lo veíamos llegar muy tarde porque en la escuela hacía doble turno y
los sábados tampoco estaba, así que los domingos eran la gloria para mí,
(porque yo era su consentida) nos quedábamos en la “cama grande” hasta
cerca de las 11 y después de comer salíamos a pasear, íbamos al Parque
Lezama a “rodar” por las lomaditas, a la placita Virrey Vértiz, ó
simplemente a caminar por la costanera Sur. Al lado de casa había un bar muy antiguo donde se reunían los hombres y
los viejos del barrio, atendido por el “gallego” y su mujer doña Hilda gente
buena, de trabajo.
Daba a la esquina del pasaje Jenner, estaba siempre abierto hasta los
domingos por la mañana y allí en esa atmósfera de humo y alcohol se reunían
los vecinos a tomar sus ginebritas ó cervezas, jugar las cartas ó
simplemente charlar y masticar constantemente maníes o palitos salados.
Tres grandes escalones de mármol (siempre sucios) indicaban la entrada por
la esquina y cuatro ventanales con rejas por el pasaje Jenner
mostraban su interior.
Varios pequeñas mesas con sillas tonet que estaban bastante rotas,
astilladas y descoloridas ubicadas cerca de las ventanas, un enorme
mostrador de madera oscura (no se si por falta de limpieza o era su color)
un barral de bronce lo rodeaba a la altura de los pies y varios taburetes
giratorios muy altos lo acompañaban, detrás un exhibidor de madera también
oscura con estantes y espejo empañado que ocupaba toda la pared hasta el
techo repleto de botellas de ginebra, caña y otras bebidas, un viejo reloj
que también tenía una propaganda de café y un almanaque grande con los
números que se quitaban por día, era todo el mobiliario. Los pisos de
damasco blanco y negro con baldosas rotas y mugre pegada sólo lo baldeaban
los domingos. Pero era un centro de reunión donde los vecinos del barrio (todos
hombres) comentaban sus vidas, fumaban sus cigarros, escupían sin que nadie
los reprendiera, encontraban amigos con quien charlar o mitigaban sus penas
en alcohol como Demetrio.
Mis padres nos tenían prohibido entrar al bar, aunque el “gallego” siempre
nos decía a los chicos de la cuadra que entremos que nos regalaba palitos
salados. Nosotros la mandábamos a Teresita Solabaggione que era media
“machona” a buscarlos y luego nos dábamos un festín con los palitos
conversando sentados en el umbral de cualquier puerta de la cuadra de casa. Teresita era temeraria y su hermano menor Enriquito peor aún, un día que
el “gallego” le regaló junto con los palitos salados dos grandes puñados de
chapitas de cerveza para que las repartiera con todos nosotros, por supuesto
el “reparto” no fue equitativo y empezaron las discusiones y Teresita no
tuvo mejor idea que revolear las chapitas por el aire y una de ellas le dio
en la ceja a mi hermano Hugo, ¡cómo sangraba! . Tenía todo el ojo lleno de sangre y le corría por la mejilla, nos
asustamos y fuimos todos corriendo con mi hermanito llorando a la rastra a
casa para contarle a mamá, pero Teresita Solabaggione y Enriquito se
escondieron en su casa y por unos días no los volvimos a ver.
Nunca supe si mamá le pidió explicaciones a la mamá de Teresita por el
corte de mi hermanito, pero en aquel momento fue un gran susto el que nos
dimos. Fueron 16 años vividos en ese mundo estrecho y pintoresco, en el que
aprendí muchas cosas; alegrías y tristezas, trabajo y holgazanería, amor y
odio, vida o muerte. Era un pequeño mundo donde sólo los pequeños con la
inocencia de la niñez mostrábamos una sonrisa fresca, sin comprender o darle
importancia a las privaciones. Hoy con 52 años sigo viviendo en Barracas y espero seguir aquí, porque
éste es mi barrio y es adonde pertenezco.
Mabel Alicia Crego - Maestra de
sección - Escuela N° 15 D.E. 5°
Y Vecina del Barrio
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