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Estimada Sra, una vez al año visito Barracas, paso por
Juventud Unida, en la calle Iriarte, Sportivo Pereyra que nadie
lo nombra, ¡qué bailes y qué lujo! La comisión de fiestas que
integré con otros amigos inolvidables, las mejores orquestas
pasaron, cuando el famoso Club del Clan, la pizzería de DiVita
en Santa Elena y Alvarado, el otro club olvidado el famoso
Terremoto, en la calle Osvaldo Cruz esquina Santa Elena, con una
muy buena cancha de pelota frontón, los carnavales, la juventud
hermosa que había, me ofrezco para compartir con mucho gusto con
alguien que le interese el presente y el pasado. Gracias. Luis
Amarillo
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06/08/2007 Lic. ALBERTO
H.CAFFERATA Agradecimiento Estimada Mónica: He recibido la ilustrativa explicación de la Sra.
Inés Alvarez de Toledo, que despeja todas las dudas planteadas.
Quiero agradecerle a Ud. y por su intermedio a la Sra. Inés la amabilidad
que han tenido, y también manifestar mi total acuerdo a que dicha residencia
debería ser declarada Monumento Histórico y rescatada del proceso de
degradación que a simple vista se percibe.
Atentamente
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06/08/2007 Inés Álvarez
de Toledo: Palacio Díaz Vélez Me dirijo a Vd., en mi carácter de Vicepresidenta de la Comisión
Permanente de Homenaje al General Eustoquio Díaz Vélez, en relación a la
búsqueda de datos sobre la Quinta Díaz Vélez solicitada por Alberto Horacio
Cafferata.
Tiene razón el visitante al sostener la existencia de impresiones ya que han
aparecido en Internet páginas que incurren en una gran cantidad de
inexactitudes -que se bien pueden ser propias de una leyenda- no se condicen
absolutamente con la realidad o la verdad.
Efectivamente la mansión situada en la actual Avenida Montes de Oca 110, de
la Ciudad de Buenos Aires, fue la vivienda de don Eustoquio Díaz Vélez hijo
(h). Aquí hago una primera corrección. El nombre de pila de don Eustoquio es
Eustoquio, con “o” y no Eustaquio, con “a” como frecuente e incorrectamente
figura nombrado. Así surge tanto de los registros oficiales, cuanto de su
denominación corriente ya que sus cuatro propias nietas lo llamaban “tata
Eustoquio”.
El nombre Eustoquio se debe a que su padre fue el General Eustoquio
Antonio Díaz Vélez (1782-1856), prócer de la Independencia Argentina, Mayor
General de las batallas de Tucumán y Salta, quien tuvo tres hijos: dos
mujeres y un varón, Eustoquio, el menor.
Otro error que incurren las publicaciones es la ubicación temporal de los
hechos. Los datan arbitrariamente en el año 1930. El propio Eustoquio (h) y
su mujer doña Josefa Cano Díaz Vélez de Díaz Vélez (quien era sobrina de don
Eustoquio (h) por ser hija de una hermana de éste, doña Carmen Díaz Vélez de
Cano) falleció en el año 1910, precisamente en la fecha del Centenario, y
muy poco tiempo después, su viuda, que no pudo soportar su fallecimiento. O
sea, que hay veinte años de diferencia entre lo incorrectamente narrado y la
realidad.
Es verdad que don Eustoquio (h) era millonario; efectivamente fue uno de los
más importantes terratenientes y uno de los más grandes estancieros de la
Provincia de Buenos Aires de fines de siglo XIX y dos veces Presidente del
Club del Progreso.
Asimismo el Palacio Díaz Vélez fue una de las principales quintas de la
Calle Larga de Barracas que con el tiempo fue reformado por la familia y
convertido en un espléndido edificio de líneas francesas rodeado por un
hermoso parque.
Pero aparte de estos datos que son correctos no existe la leyenda de los
leones que devoraron al yerno del propietario ya que don Eustoquio (h) tuvo
solamente dos hijos varones llamados Carlos Segundo y Eugenio
Cristóbal. No tuvo, por lo tanto, ninguna hija mujer, ni ésta ningún novio,
ni hubo ningún novio comido por león alguno ni ninguna hija suicidada.
Carlos Díaz Vélez, quien era ingeniero, contrajo matrimonio con doña
Mathilde Álvarez de Toledo mientras que su hermano Eugenio, quien era
arquitecto, con doña María Escalada.
Ambos matrimonios tuvieron dos hijas cada uno: Carlos, a Carmen (su nombre
completo era María del Carmen Felicitas, llamada coloquialmente “Tita”) y
Mathilde (su nombre completo era María Mathilde, llamada coloquialmente
“Patina”). Por su parte Eugenio tuvo dos mujeres también: María Eugenia y
Josefina. Las cuatro primas nacidas en la última década del siglo XIX.
La familia de Eugenio continuó viviendo en el Palacio Díaz Vélez mucho
después del fallecimiento de Eustoquio (h) y su esposa. Carlos y su famlia
se trasladó a un bello petit hotel de la calle Paraguay 1535, aún existente.
Recién con el fallecimiento de don Eugenio, su viuda María Escalada, vende
el Palacio y su gran parque al Estado en la década de 1930, el que pasó a
integrar la Casa Cuna, luego cedido a la Fundación Vitra, para la
rehabilitación de pacientes con problemas respiratorios. Sus dos hijas
vivieron en dos magníficos edificios adyacentes a la plaza Grand Bourg: uno,
en el más puro modernismo de su época, que es hoy sede del Fondo Nacional de
las Artes (que fuera la vivienda de doña Victoria Ocampo, íntima amiga de
Mathilde Díaz Vélez) y el otro, construido en los años 1950, que es una gran
casa de tres pisos en la Avenida Figueroa Alcorta denominada hoy la Casa del
Lapacho, llamada así por tener un magnífico ejemplar de lapacho colorado,
hecho plantar especialmente por la familia Díaz Vélez, que sí se destaca por
haber incluido en sus viviendas importantes especies vegetales.
De manera tal que, mal que le pese a unos cuantos y en contra de un relato
inventado, no existen sollozos ni llantos de ninguna hija de Eustoquio (h)
porque el millonario no tuvo ninguna hija mujer.
Espero que tenga la amabilidad de publicar esta aclaración a fin de traer
luz a una historia que no es tal y dar precisión al visitante. Finalmente es
necesario que breguemos para que el Palacio Díaz Vélez sea devuelto y se le
de una adecuada conservación y destino a esta magnífica residencia del
barrio de Barracas, tal vez la última de su tipo, la que –junto a su
centenario parque- debería ser declarada monumento histórico nacional por su
características patrimoniales y estéticas únicas que posee una belleza
singular que amerita ser adecuadamente conservada para las generaciones
futuras.
Cordialmente.
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19/07/2007 Alberto
Horacio Cafferata: Buscando datos sobre la
Quinta Díaz Vélez Estoy buscando antecedentes y datos sobre la Quinta Díaz Vélez (Av.Montes
de Oca al 100, donde hoy funciona la Fundación Vitra) pero sólo encuentro
datos generales e imprecisos, como la leyenda del yerno del propietario, que
según la misma, fue devorado por los leones que el Sr. Díaz Vélez criaba
como mascotas. Incluso el nombre del mismo, que generalmente aparece
nombrado como EUSTAQUIO, de acuerdo con los datos biográficos, habría muerto
en 1856, y la construcción de que hablamos es de alrededor de 1880.
Como ven, todo es impreciso. Si alguien posee datos más fidedignos, le
estaría muy agradecido.
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- 20/05/2007 -
Amanda Lauría:
Barracas es el mejor recuerdo de mi infancia Hola, soy Amanda, tengo 36 años . Nací en Barracas, y
viví hasta los 25 años en el barrio Monseñor Espinosa - conocido como "las
Casitas" -, en la calle Perdriel entre California y Alvarado. Mis abuelos
maternos también vivían en el barrio. Mi abuelo Rodrigo García era uno de
los dueños del Restaurante La Barca de Bachicha, en el barrio de la
Boca. Fue amigo de Quinquela Martín. Tengo muchos recuerdos hermosos de los
años que vivimos en Barracas, me acuerdo cuando llegaban las fiestas, Año
Nuevo era todo una fiesta!!! Un mes antes mi mamá ya estaba cociendo la ropa
para estrenar ese día. En las Casitas, después del brindis de las
00.00 hs, todos salíamos disfrazados y a los cacerolazos a
despedir el año. Me acuerdo que íbamos casita por casita, tocando
timbre para que los vecinos salieran y mientras cantábamos la canción que ya
era tradición... "ya se la tomó, ya se la tomó y ahora le toca al
vecino...", cada vecino debía tomar un sorbo de vino de una botellón con un
pico de unos 3 metros de largo. Pasaban los años y seguíamos ansiosos
esperando ese día. También en las fechas patrias izábamos la bandera en el
mástil de "la placita del medio"...así la llamábamos los chicos del barrio.
Algunos hicimos la primaria en el colegio Luzuriaga (José Pedro Varela),
otros en el Sagrado Corazón. Me acuerdo de las tardes en que nos juntábamos
en la placita del mismo barrio, a andar en bici, a patinar, a andar en
monopatín... y esas noches estrelladas, llenas de mariposas de colores... y
el colectivo 70 y el San Vicente (el 37). En esa época había pocos
negocios, no existían los Supermercados, estaba el kiosco Don José, el
almacén de Cecilia, la fábrica de alfajores en Salom, la verdulería del
Negro (quien inventó 2kilos al precio de 1 y las bananas de casamiento).
También estaba el club Pereyra, en la calle Alvarado, donde mi papá
jugaba a las bochas, o al dominó con los vecinos del barrio. Y me acuerdo de
las familias Olivetti, Trinelli, Lértora, Aguirrezabal, Paredes, Ocampo,
Plumez, Garibaldi, Cáceres, la china y Pancho, Pereyra, la Mireya -la
francesa-, los Onsari, Canedo, Barreiro, Fany, los Mosquera, Bruzzone,
etc, etc.
BARRACAS ES EL MEJOR RECUERDO DEMI INFANCIA.
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- 26/02/2007 -
Horacio Casazza: Volver a saber de mis amigos y la gente del barrio Estimada Sra:
me causó una tremenda alegría encontrar esta página de mi viejo barrio,
aquél donde pase mi infancia en los años sesenta.
Yo vivía en calle Jorge frente a la plaza Díaz Velez, hice mis estudios
primarios en la escuela que conocíamos como "García" que estaba en San
Antonio y Río Cuarto y por supuesto jugué al fútbol en el viejo Terremoto
que un señor menciona por ahí y de cual según recuerdo no estaba en Osvaldo
Cruz sino en Villarino, casi enfrente de la estación Hipólito Irigoyen.
Si es posible y a alguien le resultan conocidas estas cosas sería un gusto
que se contactara conmigo ya que jamás volvi a saber de mis amigos y de la
gente de barrio.
La felicito por su trabajo y le mando un fuerte abrazo
Arquitecto Horacio Casazza
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- 26/11/2006
- Mónica Castell:
Carta desde Francia
Soy Mónica y hace treinta años que me fui de
Barracas, pero en realidad, nunca me alejé.
Vieytes 1445 (entre Iriarte y Rio Cuarto) era la dirección del conventillo
en el que viví hasta que los trece me trajeron la separación de mis viejos y
el encuentro obligatorio con ese otro mundo que existía fuera de la "Calla
Larga" (Montes de Oca). Ese mundo que había recorrido mil veces, sin bajar,
siendo un bebé.
Sentadas en el primer asiento del colectivo que manejaba mi papa, antes de
comprarse el taxi, mi mamá (Sarita) me soplaba tangos en el oído para
hacerme dormir mientras que hacíamos todo el recorrido.
Nunca me olvidé de Barracas.
Cada vez que vuelvo voy a buscar mi casa. ¡Cómo si pudiera volver a
aparecer…!
Se entraba por un zaguán que siempre me pareció ¡tan lindo! Los dueños (se
llamaban Martínez) tenían tres de las cuatro piezas que bordeaban el primer
patio. Dos de ellas daban a la calle. Siempre les envidié ése privilegio
pero…, ellos eran ¡tan tristes! Por mi parte, yo nunca supe si mi casa fue
chica o grande, pobre o rica. ¡Yo era tan feliz! Fuera de los momentos en
los que los viejos se peleaban, nos reíamos mucho. Como buena hija única,
siempre tuve mucho amor a mí alrededor, el resto, ¡qué me importaba! La
cuarta, era la habitación adonde Doña Maria. ("La Mari") vivía con su
"compañero" (nadie sabia si se habían casado alguna vez). Un balustrada,
separaba ése patio del nuestro. Ahí nomás, entrando, estaba la puerta de
nuestra pieza y la última era la de Susa y su mama, Doña Luisa.
Detrás se abría otro patio al que daban: sobre la izquierda el lavadero
común, sobre la derecha el baño de todos. La bañadera era grande y tenía
patas de león, pero no me acuerdo de haber tomado baños de inmersión. Seria
una cuestión de no gastar tanta agua. Yendo para el fondo, se pasaba delante
de la cocina de la Mari y después, una paresita separaba aquel patio del
fondo.
Yo detestaba nuestra cocina. Ahi estaba: oscura, de madera berreta afuera y
adentro; ventanas chicas que no dejaban entrar el sol. Menos mal que
enfrente estaba el jardín. Ah! Ese jardín sí que me gustaba. Hasta me
acuerdo de los "pensamientos" que plantaba Doña Luisa. Al fondo, no había
mas que su cocina y un galponcito abierto adonde ella metía todo lo que no
sabia adonde meter. Y ahora, todo esto desapareció, ! qué lastima, no!
El Manuel de Sarratea, mi escuela, sigue "firme junto al pueblo".
Antes de irse al laburo, la vieja me dejaba en la escuela. Julio (el
portero), me dejaba poner los borradores y las tizas en todas las aulas
porque yo llegaba! tan temprano!
La vieja era enfermera, de las de Evita, por eso yo conocí antes la Marcha
Peronista que el Padre Nuestro. La pobre, trabajaba mil horas y salía de
casa tempranísimo. Mi "jovie" era tachero y siempre había que ir a buscarlo
al Sportivo Barracas (en Iriarte y Luna) porque se veía de lejos que él
prefería jugar al billar que ir a trabajar "pa'alimentar el puchero!".
Los fines de semana los viejos se empilchaban de primera, y se iban al
bailongo.
Ganaron varias copas, me acuerdo que me encantaba mirarlas. Pero eran bien
baratelis, no había nunca nada escrito. A veces, ni llegaba a saber si las
habían ganado los dos bailando o si era el viejo, que las había ganado solo,
currando al billar. De todas maneras, para verlas había que escarbar en los
cajones porque, durmiendo los tres en una habitación de 15 metros cuadrados,
no había lugar para "exposiciones".
A bientôt, |
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05/11/2006
- Juan A. Sedano: Un ex-vecino nostalgioso
Estimados: Por favor, podrían incluir en "esquinas" la correspondiente a Pedro Luján
y Vieytes? Esa esquina no tiene ochava, lo que da muestras de lo vieja que
es la construcción original - según creo, no lo he chequeado, en Bs. As. se
empezó a construir con ochava en 1880 - y el restaurante original tenía
cancha de paleta -por Vieytes - en la que se jugaron los partidos de ese
deporte correspondientes al primer Panamericano de la historia. Los partidos
de fútbol se jugaron en la cancha de Sportivo Barracas, que en ese entonces
estaba donde hoy se encuentra el "Parque Pereyra", la esquina de Iriarte y
Vélez Sársfield. Además, el restaurante El Puentecito es una institución del barrio y la
ciudad y siempre se comió muy bien allí. También agregar el Puente Bosch, ubicado entre el Pueyrredón original y
el Victorino de la Plaza, allí se cayó el tranvía al agua en el 22 -19**- y
se filmó –entre otros en los que se puede reconocer su característica
silueta - el aviso de la camioneta Ford F100 en la que un vehículo de esa
marca salta de una a otra parte del puente, y se veían las astillas que
saltaban de las maderas de la plancha del puente cuando tocaban las ruedas -
durante muchos años pudimos ver las marcas allí. Un saludo Ex vecino nostalgioso - Juan A. Sedano DNI 13.773.924
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